Caroline abrió la puerta. Will entró. Cuando alargó el brazo hacia la muchacha, ésta se apartó.
– Los he visto -dijo ella-. He visto que venían por mí.
– Lo sé -confirmó él-. Yo también los he visto.
– El que han atropellado…
– Está muerto.
Ella negó con la cabeza.
– No.
– Está muerto, te lo aseguro. Tenía el cráneo aplastado.
Estaba apoyada contra la pared. Will la agarró por los hombros.
– Mírame -dijo. Ella obedeció, y él vio un conocimiento oculto en el fondo de sus ojos. Por tercera vez repitió-: Está muerto.
Caroline dejó escapar un profundo suspiro. Desvió la mirada hacia la ventana.
– Como tú digas -contestó, y Will supo que no se lo creía, aunque no entendía por qué-. ¿Y la mujer?
– Se ha ido. -Volverá.
– Te llevaré a otro sitio.
– ¿Adónde?
– A un sitio seguro.
– Se suponía que éste era un sitio seguro.
– Me equivocaba.
– No me creías.
Will asintió.
– Es verdad. No te creía. Pero ahora sí. No sé cómo te han encontrado, pero me equivocaba. Dime, ¿has hecho alguna llamada? ¿Le has dicho a alguien, a una amiga, un pariente, dónde estabas?
Volvió a mirarlo. Se la veía cansada. No temerosa ni colérica, sólo agotada.
– ¿A quién iba a llamar? -preguntó-. Sólo te tengo a ti.
Y Will, como no podía recurrir a nadie más, telefoneó a Jimmy Gallagher, de modo que mientras la policía tomaba declaración a los testigos, Jimmy llevaba a Caroline a un motel en Queens, pero no sin antes pasarse horas dando vueltas en coche, con la intención de deshacerse de quienquiera que pudiera seguirlos. Cuando la instaló en el motel, esperó a que se durmiera y luego se quedó viendo la televisión hasta el amanecer.
Mientras tanto, en el lugar de los hechos, Will mentía a los agentes. Les contó que estaba en esa parte de la ciudad visitando a un amigo y de pronto vio a un hombre cruzar la calle con un arma en la mano. Le dio el alto, y el hombre reaccionó volviéndose hacia él y apuntándolo con la pistola; en ese momento lo atropelló el camión. Ninguno de los otros testigos recordaba a la mujer que lo acompañaba; de hecho, los otros testigos ni siquiera recordaban haber visto al hombre cruzar la calle. Para ellos, era como si hubiese salido de la nada. Incluso el camionero declaró que la calle estaba vacía ante él y que de repente se dio cuenta de que acababa de arrollar a un hombre. El conductor se encontraba en estado de shock, pese a que no podía atribuírsele culpa alguna: respetaba el límite de velocidad y tenía el semáforo en verde.
Después de prestar declaración, Will aguardó un rato en la cafetería, vigilando la entrada del edificio de apartamentos ahora vacío y el ajetreo en el lugar donde había muerto el hombre, con la esperanza de ver a la mujer de ojos oscuros y rostro sin maquillar, pero no apareció. Si lloraba la muerte de su compañero, lo hacía en otro sitio. Finalmente desistió y se reunió con Jimmy y Caroline en el motel, y mientras ella dormía, se lo contó todo a Jimmy.
– Me habló del embarazo, la mujer, el muerto -dijo Jimmy-. Describía una y otra vez al hombre, en un esfuerzo por identificar qué había de raro en su aspecto.