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– ¿Qué?

– Es otra cosa que el rabino explicó a Will. Dijo que todos tenían nombre. -Me miró con algo cercano a la desesperación-. ¿Qué significa eso?

Y recordé a mi abuelo pronunciando esas mismas palabras en Maine cuando el Alzheimer empezó a extinguir sus recuerdos como quien apaga la llama de una vela con las yemas de los dedos. «Todos tienen nombre, Charlie», había dicho, trasluciéndose en su cara un intenso apremio. «Todos tienen nombre.» Yo no entendí a qué se refería, no entonces. Sólo después, cuando me enfrenté a criaturas como Kittim y Brightwell, empecé a comprenderlo.

– Significa que incluso las cosas peores tienen nombre -dije a Jimmy-. Y es importante conocer esos nombres.

Porque el nombre propiciaba cierta comprensión del ser.

Y la comprensión propiciaba la posibilidad de destruirlo.

La necesidad de proteger a Caroline Carr sometió a Jimmy y a Will a una considerable presión añadida cuando la ciudad vivía momentos de gran agitación y, como agentes de policía, su presencia era requerida sin cesar. En enero de 1966, los empleados del transporte público se declararon en huelga, los 34.000, y paralizaron la red de comunicaciones y causaron estragos en la economía urbana. Al final, el alcalde Lindsay, que había sucedido a Wagner ese mismo año, dio su brazo a torcer, como no podía ser de otro modo ante las protestas públicas y las provocaciones de Michael Quill, el líder sindical que desde la cárcel lo tachaba de «mequetrefe» y «niño en pantalones cortos». Sin embargo, al ceder a las exigencias de los empleados del transporte público, Lindsay -un buen alcalde en muchos sentidos, que nadie diga lo contrario-abrió las puertas a una sucesión de huelgas municipales que harían mella en su mandato. El movimiento antirreclutamiento ya estaba al rojo vivo, una situación que amenazaba con estallar desde que empezaron a caldearse los ánimos cuando cuatrocientos activistas formaron piquetes en el centro de alistamiento de Whitehall Street, llegando un par de ellos al extremo de quemar sus cartillas. No obstante, la veda seguía levantada contra los objetores, porque la mayoría de los habitantes del país respaldaba a Lyndon B. Johnson, pese a que los efectivos militares norteamericanos habían aumentado de 180.000 a 385.000 hombres, las bajas se habían triplicado, y antes de fin año morirían cinco mil soldados. La opinión pública aún tardaría un año en cambiar realmente; de momento a los activistas les preocupaban más los derechos civiles que Vietnam, aun cuando algunos fueran comprendiendo de forma gradual que las dos cosas iban de la mano, que el reclutamiento era injusto porque la mayoría de los llamados a filas por las oficinas de reclutamiento eran jóvenes negros que no podían emplear la universidad como excusa para pedir una prórroga porque, ya de entrada, no tenían acceso a la universidad. En el East Village habían surgido los «nuevos bohemios», como se dio en llamarlos, y la marihuana y el LSD estaban convirtiéndose en las drogas preferidas.

Y Will Parker y Jimmy Gallagher, también jóvenes, y no faltos de inteligencia, se ponían el uniforme a diario y se preguntaban cuándo les ordenarían romperles la cabeza a chicos de su misma edad, chicos con cuyas opiniones coincidían casi plenamente, o al menos así era en el caso de Will. Todo estaba cambiando. Se respiraba en el ambiente.

Entretanto, Jimmy lamentaba ya por entonces haber conocido a Caroline Carr. Después de la llamada de ésta a casa de Will, Jimmy tuvo que ir a buscarla en coche y llevarla otra vez a Brooklyn, donde la dejó en la casa de su madre en Gerritsen Beach, cerca del riachuelo de Shell Bank. La señora Gallagher tenía un pequeño bungalow de una planta con tejado de dos aguas, sin jardín, que se encontraba en Melba Court, una calle en el laberinto de travesías dispuestas en orden alfabético que en otro tiempo había sido un pueblo de veraneo para estadounidenses de origen irlandés, hasta que Gerritsen alcanzó tal popularidad que las casas se acondicionaron para el invierno a fin de poder ocuparlas durante todo el año. Al esconder a Caroline en Gerritsen, Jimmy, y en ocasiones Will, tenía una excusa para visitarla, porque Jimmy iba a ver a su madre al menos una vez por semana. Además, ésa era una parte de Gerritsen pequeña y cerrada al resto del mundo. Los forasteros llamarían la atención, y la señora Gallagher estaba avisada de que cierta gente andaba buscando a la chica. Ante eso, la madre de Jimmy adoptó una actitud aún más alerta que de costumbre; incluso relajada habría dado cien vueltas a la guardia personal del presidente. Cuando los vecinos le preguntaban por la joven instalada en su casa, la señora Gallagher les explicaba que era amiga de una amiga y acababa de enviudar. Una verdadera lástima, estando además embarazada. Dio a Caroline un fino anillo de oro que había pertenecido a su madre, y le dijo que se lo pusiera en el dedo anular. Su supuesta viudez mantuvo a raya incluso a los peores fisgones, y las contadas veces que Caroline acompañó a la señora Gallagher a una velada en la Antigua Orden de Hiberneses de la Avenida Gerritsen, fue tratada con una delicadeza y un respeto ante los que se sintió agradecida y a la vez culpable.