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En Gerritsen, Caroline estaba a gusto: vivía cerca del mar y de la playa de Kiddie, de uso exclusivo para los vecinos del barrio. Quizás, incluso se vio a sí misma jugando allí en la arena con su hijo, comiendo hs días de verano en el chiringuito, escuchando las orquestas en el escenario y presenciando el gran desfile del día de los Caídos. Pero si imaginó ese futuro para ella y su hijo aún por nacer, nunca habló de ello. Tal vez no quisiera gafar sus deseos expresándolos en voz alta, o acaso -y eso fue lo que la señora Gallagher le dijo a su hijo por teléfono cuando llamó un día para preguntar por la chica- no viera un futuro para sí misma.

– Es buena chica -afirmó la señora Gallagher-. Callada y respetuosa. No fuma ni bebe, y eso es bueno. Pero cuando intento hablar con ella de sus planes para cuando nazca su hijo, sonríe y cambia de tema. Y no es una sonrisa de felicidad, Jimmy. Está siempre triste. Peor aún: está asustada. La oigo llorar cuando duerme. Dios santo, Jimmy, ¿por qué la persigue esa gente? Parece incapaz de hacer daño a una mosca.

Pero Jimmy Gallagher no conocía la respuesta; tampoco Will Parker. Éste, por su parte, tenía sus propios problemas.

Su mujer volvía a estar embarazada.

Will la vio florecer conforme avanzaba la gestación. A pesar de los numerosos abortos sufridos en el pasado, Elaine le dijo que esta vez se sentía distinta. En casa, la sorprendía tarareando en la silla junto a la ventana de la cocina, con la mano derecha apoyada en el vientre. Podía quedarse así durante horas, viendo cómo las nubes se deslizaban por el cielo y las últimas hojas caían lentamente en espiral de hs árboles en el jardín a medida que el invierno empezaba a instalarse. Casi tenía gracia, pensaba él. Se había acostado con Caroline Carr tres o cuatro veces, y había quedado embarazada. Ahora su esposa, después de tantos abortos, había logrado llegar al séptimo mes con su hijo nonato. Parecía brillar por dentro. Nunca la había visto tan feliz, tan satisfecha de sí misma. Sabía lo culpable que se había sentido después de las pérdidas anteriores. El cuerpo la había traicionado. No había actuado como debía. No poseía fortaleza suficiente. Ahora, por fin, tenía lo que quería, lo que los dos habían deseado durante tanto tiempo.

Y eso a él lo atormentaba. Iba a tener un segundo hijo con otra mujer, y la conciencia de la traición lo corroía. Caroline le había asegurado que no quería nada de él, aparte de mantenerla a salvo hasta el nacimiento del niño.

– ¿Y después?

Pero Caroline, como en sus conversaciones con la madre de Jimmy Gallagher, se negaba a contestar a esa pregunta.

– Ya veremos -decía, y se daba media vuelta.

El niño debía nacer un mes antes de que su mujer saliera de cuentas. Los dos serían hijos suyos, pero ü sabía que tendría que dejar ir a uno, que si quería salvar su matrimonio -y quería, más que nada en el mundo-, no podría formar parte de la vida de su primer hijo. Ni siquiera tenía la certeza de poder ofrecerle, con su salario de policía, más que un mínimo sostén económico, por más que Caroline insistiera en que no quería su dinero.

Y sin embargo no quería dejar que ese niño desapareciera sin más. Pese a sus defectos, era un hombre de honor. Nunca antes había engañado a su mujer, y sentía su culpabilidad por acostarse con Caroline como un dolor tan intenso que le producía náuseas. Más que nunca, lo asaltó el impulso de confesar, pero una noche, acabada la ronda, fue Jimmy Gallagher quien lo disuadió después de su cerveza en el Cal's.