Los dos se detuvieron.
– ¿Hermana? -repitió Will.
– Sí, la hermana. -La enfermera advirtió la expresión de Will y al instante se puso a la defensiva-. Se ha identificado con un carnet de conducir. Era el mismo apellido. Carr.
Pero Will y Jimmy ya estaban en movimiento, no hacia la izquierda, sino hacia la derecha.
– Oigan, ya les he dicho que no pueden entrar -vociferó la recepcionista. Al ver que no le hacían caso, alcanzó el teléfono y llamó a seguridad.
La puerta de la habitación número ocho estaba cerrada cuando llegaron, y el pasillo vacío. Llamaron pero no hubo respuesta. Cuando Jimmy hizo ademán de coger el picaporte, su madre dobló el recodo del pasillo.
– ¿Qué haces? -preguntó.
En ese momento la mujer vio las armas.
– ¡No! Acabo de ir al lavabo. Yo…
La puerta estaba cerrada por dentro. Jimmy dio un paso atrás y, a la segunda patada, la cerradura cedió y la puerta se abrió de par en par, una ráfaga de aire frío les dio en la cara. Caroline Carr yacía en una camilla alta, con la cabeza y la espalda reclinadas contra unas almohadas. Tenía la parte delantera del camisón empapada de sangre, pero aún vivía. El frío de la habitación se debía a que la ventana estaba abierta.
– ¡Trae a un médico! -exclamó Will, pero Jimmy ya pedía ayuda a gritos.
Will se acercó a Caroline e intentó abrazarla, pero ya tenía convulsiones. Vio las heridas que tenía en el abdomen y en el pecho. Una navaja, pensó; alguien le había clavado una navaja a ella y al niño. No, no alguien indefinido: la mujer, la que había visto morir a su amante bajo las ruedas de un camión. Caroline posó la mirada en él. Lo agarró de la camisa, manchándosela de sangre.
Y enseguida aparecieron médicos y enfermeras. Lo apartaron de ella, lo obligaron a abandonar la habitación, y cuando la puerta se cerró, él la vio desplomarse contra las almohadas y quedarse inmóvil, y supo que agonizaba.
Pero el niño sobrevivió. Se lo sacaron mientras moría. La cuchilla le había pasado a medio centímetro de la cabeza.
Y mientras lo traían al mundo, Will y Jimmy fueron a dar caza a la mujer que había asesinado a Caroline Carr.
En cuanto salieron de la clínica oyeron arrancar un motor, y segundos después, a su izquierda, un Buick negro abandonaba a toda velocidad el aparcamiento dispuesto a doblar por la Avenida Gerritsen. La luz de una farola iluminó la cara de la mujer en el momento en que se volvía a mirarlos. Will fue el primero en reaccionar y disparó tres veces en el mismo momento en que la mujer, al reparar en su presencia, doblaba a la izquierda en lugar de la derecha para no tener que pasar por delante de ellos. La primera bala hizo añicos la ventanilla del lado del conductor, y la segunda y la tercera alcanzaron la puerta. El Buick se alejó rápidamente mientras Will disparaba una cuarta vez corriendo detrás del automóvil, mientras Jimmy se apresuraba a ir en busca de su propio coche. De pronto, ante los ojos de Will, el Buick pareció bambolearse sobre sus ejes y empezó a desviarse a la derecha. Topó con el bordillo frente a la iglesia luterana, se subió a la acera y fue a detenerse contra la reja del camposanto.
Will siguió corriendo. Ahora tenía al lado a Jimmy, que había desechado la idea de ir a por su vehículo al ver que el otro coche se detenía. Mientras se acercaban, se abrió la puerta del conductor y la mujer salió tambaleándose, obviamente herida. Con una navaja en la mano, se volvió hacia ellos. Will no vaciló. Quería matarla. Descerrajó otro tiro. La bala dio en la puerta, pero para entonces la mujer, ya en movimiento, se apartaba del coche arrastrando la pierna izquierda. Torció apresuradamente por Bartlett a la vez que sus perseguidores acortaban la distancia por momentos. Cuando doblaron la esquina, allí estaba ella, como paralizada bajo una farola, con la cabeza vuelta, la boca abierta. Will apuntó, pero la mujer, incluso herida, era de una rapidez asombrosa. Tambaleante, se fue hacia la derecha por un estrecho callejón llamado Canton Court.