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Fue el subcomisario, Frank Mancuso, quien rompió formalmente el silencio.

– Me han dicho que es usted el padre -dijo a Will.

– Lo soy.

– Menudo lío -comentó Mancuso, muy convencido de lo que decía-. Necesitamos aclarar la historia -añadió-. ¿Me escuchan con atención?

Will y Jimmy asintieron al unísono.

– El niño ha muerto -dijo Mancuso.

– ¿Cómo? -exclamó Will.

– El niño ha muerto. Ha vivido un par de horas, pero por lo visto ha sufrido alguna lesión a causa de la herida de arma blanca en la matriz. Ha muerto… -consultó su reloj- hace dos minutos.

– Pero ¿de qué habla? -prorrumpió Will-. Acabo de verlo.

– Y ahora está muerto.

Will hizo ademán de marcharse, pero Epstein lo agarró del brazo.

– Espere, señor Parker. Su hijo está sano y en perfecto estado, pero en estos momentos sólo lo sabemos las personas aquí reunidas. Ahora mismo se lo están llevando.

– ¿Adónde?

– A un lugar seguro.

– ¿Por qué? Es mi hijo. Quiero saber dónde está.

– Piénselo, señor Parker -dijo Epstein-. Piénselo por un momento.

Will guardó silencio.

– Creen ustedes que alguien irá tras el niño -dijo por fin.

– Creemos que existe esa posibilidad. No deben enterarse de que ha sobrevivido.

– Pero si están muertos, el hombre y la mujer. Los he visto morir a los dos.

Epstein desvió la mirada.

– Puede haber otros -dijo, e incluso en medio del dolor y la confusión el policía que Will llevaba dentro se preguntó qué ocultaba Epstein.

– ¿Qué otros? ¿Quién es esa gente?

– Intentamos averiguarlo -respondió Epstein-. Nos llevará tiempo.

– Ya. Y mientras tanto, ¿qué será de mi hijo?

– A su debido tiempo se le asignará una familia -contestó Mancuso-. No necesita saber nada más.

– No, se equivoca -replicó Will-. Es mi hijo.

Mancuso enseñó los dientes.

– No escucha, agente Parker. Usted no tiene ningún hijo. Y si no se aleja de esto, tampoco tendrá una carrera por delante.

– Tiene que dejar ir a ese niño -terció Epstein con delicadeza-. Si lo quiere como a un hijo, tiene que dejarlo ir.

Will miró al desconocido que permanecía de pie junto a la pared.

– ¿Y usted quién es? -preguntó Will-. ¿Qué pinta usted aquí?

El hombre no contestó, ni se inmutó siquiera ante la mirada colérica de Will.

– Es un amigo -aclaró Epstein-. De momento le basta con saber eso.

Mancuso volvió a hablar.

– ¿Estamos conformes, agente? Más vale que nos lo diga ahora. Si este asunto asoma la cabeza fuera de estas cuatro paredes, no me andaré con tantas contemplaciones.

Will tragó saliva.

– Sí -dijo-. Me hago cargo.

– Sí, señor -corrigió Mancuso.

– Sí, señor -repitió Will.

– ¿Y usted? -Mancuso centró ahora la atención en Jimmy Gallagher.

– Estoy con él -contestó Jimmy-. Lo que él diga, vale por mí.

Cruzaron miradas unos y otros. La reunión había terminado.

– Váyase a casa -dijo Mancuso a Will-. Váyase a casa con su mujer.