Fuera, en la sala acristalada, la cuna ya estaba vacía, y la recepcionista tenía el rostro contraído por la pena cuando Will y Jimmy pasaron ante su mesa. La labor de encubrimiento se había puesto en marcha. Sin palabras para transmitir su pesar al hombre que en una sola noche había perdido a su hijo y a la madre de su hijo, sólo pudo mover la cabeza y verlo desaparecer en la oscuridad.
Cuando Will llegó por fin a casa, Elaine lo esperaba.
– ¿Dónde has estado? -Tenía los ojos hinchados. Will se dio cuenta de que había llorado durante horas.
– Ha surgido un imprevisto -contestó-. Ha muerto una chica.
– ¡Me da igual! -exclamó ella, no sólo levantando la voz, sino profiriendo un alarido. Nunca la había visto emitir un sonido así. Esas tres palabras parecían contener un dolor y una angustia que Will nunca habría imaginado siquiera en la mujer que amaba. A continuación, ella repitió esas mismas palabras, esta vez expulsándolas una por una, escupiéndolas como flema-. Me da igual. No estabas aquí. No estabas aquí cuando te necesitaba.
El se arrodilló ante ella y le cogió las manos.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó-. Dime.
– Hoy he tenido que ir a la clínica.
– ¿Por qué?
– Algo iba mal. Lo notaba, dentro.
Él le apretó las manos, pero ella no lo miró, no pudo mirarlo.
– Nuestro bebé ha muerto -dijo en voz baja-. Llevo dentro un bebé muerto.
Will la abrazó y esperó a que ella se echase a llorar, pero ya no le quedaban lágrimas. Se limitó a apoyarse en él, muda y perdida en su dolor. Will tenía ante sí su propia imagen, reflejada en el espejo de la pared detrás de ella, y cerró los ojos para no verse.
Will llevó a su mujer al dormitorio y la ayudó a acostarse. Los médicos de la clínica le habían dado unas pastillas y él la obligó a tomar dos.
– Querían provocarlo -explicó ella antes de que el medicamento hiciese efecto-. Querían llevarse a nuestro bebé, pero no se lo he permitido. Quiero conservarlo el mayor tiempo posible.
Will asintió, pero era incapaz de hablar. El mismo lloró. Su mujer alargó el brazo y le secó las lágrimas con el pulgar.
Se quedó sentado junto a ella hasta que la venció el sueño; luego mantuvo la mirada fija en la pared durante dos horas, la mano de ella en la suya, hasta que poco a poco, con mucho cuidado, se la soltó y la dejó sobre la sábana. Elaine se movió un poco, pero no despertó.
Will bajó y marcó el número que Epstein le había dado la primera vez que se vieron. Contestó una mujer con voz soñolienta, y cuando él preguntó por el rabino, le dijo que estaba acostado.
– Ha tenido una noche muy larga -explicó.
– Lo sé -contestó él-. Yo también estaba allí. Despiértelo. Dígale que soy Will Parker.
Sin duda, la mujer reconoció el nombre. Dejó el teléfono y Will la oyó alejarse. Pasaron cinco minutos y por fin le llegó la voz de Epstein.
– Señor Parker. Debería habérselo dicho en la clínica: no conviene que nos mantengamos en contacto.
– Tengo que verlo.
– Imposible. Lo hecho, hecho está. Debemos dejar en paz a los muertos.
– Mi mujer lleva en su vientre un bebé muerto -explicó Will. Casi vomitó las palabras.
– ¿Cómo?
– Lo que oye. Nuestro hijo ha muerto en el útero. Creen que por alguna razón se le enredó el cordón umbilical en el cuello. Está muerto. Se lo dijeron ayer. Van a provocar el parto y extraerlo.