– Lo siento mucho -dijo Epstein.
– No quiero su compasión -repuso Will-. Quiero a mi hijo.
Epstein guardó silencio.
– Lo que usted propone no es…
– No me salga con eso -atajó Will-. Haga lo que sea necesario para que sea posible. Vaya a ver a su amigo, ese hombre tan callado del traje bonito, y dígale lo que quiero. O de lo contrario le juro que haré tanto ruido que a todos ustedes les sangrarán las orejas. -De pronto, la energía empezó a escapar de su cuerpo. Deseaba meterse a rastras en la cama y abrazar a su mujer, abrazar a su mujer y a su hijo muerto-. Oiga, me ha dicho que alguien tenía que cuidar de ese niño. Yo puedo cuidar de él. Esconderlo conmigo. Tenerlo escondido a la vista de todos. Por favor.
Epstein suspiró.
– Hablaré con nuestros amigos -dijo por fin-. Deme el nombre del médico que atiende a su mujer.
Will se lo dio. El número estaba en la agenda junto al teléfono.
– ¿Dónde está su mujer ahora?
– Dormida en el piso de arriba. Ha tomado unas pastillas.
– Le llamaré dentro de una hora -dijo Epstein, y colgó.
Al cabo de una hora y cinco minutos sonó el teléfono. Will, que estaba sentado en el suelo, al lado del aparato, lo cogió antes de que sonara por segunda vez.
– Cuando despierte su mujer, señor Parker, debe contarle la verdad -instó Epstein-. Pídale que le perdone y luego plantéele lo que nos ha propuesto.
Esa noche Will, en lugar de dormir, lloró la muerte de Caroline Carr, y cuando amaneció, dejó de lado su dolor por ella y se preparó para lo que, como sabía con certeza, sería la muerte de su matrimonio.
– Me llamó esa mañana -contó Jimmy-. Me dijo lo que pretendía hacer. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo por la posibilidad de quedarse con el niño: su carrera, su matrimonio, la felicidad de su mujer, e incluso su cordura. -Hizo ademán de servirse más vino, pero se detuvo-. No puedo beber más. El vino parece sangre. -Apartó la botella y la copa-. En todo caso, ya casi hemos acabado, por ahora. Terminaré de contarte esta parte, y luego me iré a dormir. Podemos seguir hablando mañana. Si quieres, puedes quedarte a dormir. Hay una habitación de invitados.
Abrí la boca para protestar, pero él levantó la mano.
– Créeme, cuando haya acabado esta noche, tendrás mucho en que pensar. Me agradecerás que haya parado. -Se echó hacia delante, ahuecando las manos ante sí. Le temblaban-. Así pues, tu padre esperaba junto a la cama cuando tu madre despertó…
A veces pienso en lo que debieron de sentir mi padre y mi madre ese día. Me pregunto si él no actuó movido por cierta forma de locura, espoleado por el miedo de verse condenado a perder a dos hijos, uno a manos de la muerte y el otro destinado a una existencia anónima entre aquellos con quienes no tenía lazos de sangre. Debía de saber, mientras estaba allí junto a mi madre, dudando si despertarla o dejarla dormir, retrasando el momento de la confesión, que aquello arruinaría la relación con ella para siempre. Estaba a punto de infligirle dos heridas: el dolor de su traición y el sufrimiento acaso mayor de descubrir que él había logrado con otra lo que ella no había conseguido darle. Llevaba un niño muerto en el vientre, mientras que su marido, sólo horas antes, había visto a su propio hijo, nacido de una madre muerta. Quería a su mujer, y ella lo quería a él, y ahora iba a causarle tal daño que ella nunca se recobraría por completo.
Él no contó a nadie lo que ocurrió entre ellos, ni siquiera a Jimmy Gallagher. Lo único que sé es que mi madre lo abandonó durante un tiempo y escapó a Maine, augurio de la huida permanente que tendría lugar tras la muerte de mi padre, y eco lejano de mis propias acciones cuando me arrebataron a mi mujer y mi hija. Ella no era mi madre natural, y ahora entiendo las razones de la distancia que existió entre nosotros, incluso hasta su muerte, pero nos parecíamos más de lo que ninguno de los dos había imaginado. Después de los homicidios de Pearl River me llevó al norte, y su padre, mi querido abuelo, se convirtió en una fuerza rectora en mi vida, pero mi madre también ejerció un papel más importante cuando llegué a la adolescencia. Creo, a veces, que sólo después de la muerte de mi padre ella fue capaz de perdonarlo sinceramente, y quizá de perdonarme a mí las circunstancias de mi nacimiento. Poco a poco nos acercamos más el uno al otro. Ella me enseñó los nombres de los árboles, las plantas y los pájaros, ya que aquélla era su tierra, ese estado del norte. Si bien yo entonces no valoré plenamente los conocimientos que intentaba impartirme, creo que comprendí las razones de su deseo de transmitírmelos. Los dos nos hallábamos sumidos en el dolor, pero ella no tenía intención de dejarme sucumbir a él. Así que cada día dábamos un paseo, al margen del tiempo que hiciera, y a veces hablábamos y a veces no, pero nos bastaba con estar juntos, y estábamos vivos. Durante esos años yo me convertí en su hijo, y ahora, cada vez que pronuncio para mis adentros el nombre de un árbol, o de una flor, o de una pequeña criatura reptante, es un pequeño acto en su memoria.
Elaine Parker llamó a su marido al cabo de una semana y hablaron durante una hora. El subcomisario encargado de asuntos jurídicos, Frank Mancuso, le concedió a Will un permiso sin paga, autorizado, para perplejidad de algunos en la comisaría. Will viajó al norte para reunirse con su mujer, y volvieron a Nueva York con un niño y la historia de un parto prematuro y difícil. Le pusieron el nombre de Charlie, como el tío de su padre, Charles Edward Parker, que había muerto en Monte Cassino. Los amigos secretos se mantuvieron a distancia, y pasaron muchos años hasta que Will volvió a saber de ellos. Y cuando se pusieron en contacto con él, enviaron a Epstein, fue Epstein quien le anunció que aquello que temían desde hacía tiempo se les echaba otra vez encima.