– Siempre llevo dos ramos de flores -prosiguió Will-. Uno para Caroline y otro para el niño que enterraron con ella. Epstein dijo que era importante. Tenía que dar la impresión de que lamentaba la muerte de los dos, por si acaso.
– Por si acaso ¿qué?
– Por si acaso vigilan -respondió Will.
– Ya no están en este mundo -dijo Jimmy-. Los viste morir a los dos.
– Epstein cree que puede haber otros. Peor aún…
Se interrumpió.
– ¿Qué podría ser peor? -preguntó Jimmy.
– Que, no sé cómo, sean capaces de volver.
– ¿Qué quieres decir con eso de «volver»?
– Da igual. Son fantasías del rabino.
– Dios mío. Por supuesto que son fantasías.
Jimmy levantó la mano para pedir otra ronda.
– ¿Y la mujer, la que maté? ¿Qué hicieron con ella?
– Incineraron el cuerpo y dispersaron las cenizas. ¿Sabes qué? Ahora pienso que me habría gustado disponer de un minuto con ella antes de su muerte.
– Para preguntarle por qué -dijo Jimmy.
– Sí.
– No te habría contado nada. Lo vi en sus ojos. Y…
– Sigue.
– Te parecerá extraño.
Will se echó a reír.
– Después de todo lo que hemos visto, ¿qué podría parecerme extraño?
– Nada, supongo.
– ¿Y entonces?
– Esa mujer no tenía miedo de morir.
– Era una fanática. Los fanáticos están tan locos que no conocen el miedo.
– No, era más que eso. Justo antes de disparar, tuve la impresión de que me sonreía, como si le diera igual si la mataba o no. Y aquello de estar «por encima de vuestra ley». Dios santo, esa mujer me puso la carne de gallina.
– Estaba segura de haber cumplido su misión -dijo Will-. Por lo que ella sabía, Caroline estaba muerta y el bebé también.
Jimmy arrugó la frente.
– Es posible -contestó, aunque no parecía creérselo, y pensó en lo que Epstein le había dicho a Will, que podían volver, pero no alcanzaba a entender qué había querido decir con eso, y Will no iba a aclarárselo.
En los años posteriores apenas hablaron del tema. Epstein no se puso en contacto con Will ni con Jimmy, aunque Will creía haber visto alguna vez al rabino cuando llevaba a su familia a la ciudad de compras, al cine o al teatro.
Epstein nunca reconoció su presencia en esas ocasiones, y Will no se acercó él, pero tenía la sensación de que Epstein, en persona y por mediación de otros, vigilaba a Will, a su mujer y, sobre todo, a su hijo.
Sólo rara vez le hablaba Will a Jimmy de cómo iban las cosas con su mujer. La relación nunca había llegado a recobrarse de su traición, y él sabía que eso nunca ocurriría, pero al menos seguían juntos. Sin embargo, había ocasiones en que su mujer estaba muy distante, tanto emocional como físicamente, semanas y semanas. Además, Elaine tenía dificultades para sobrellevar la presencia del niño; «Tu hijo», como echaba en cara a Will cuando sucumbía a la rabia y el dolor. Pero eso, lentamente, empezó a cambiar, ya que el niño no conocía a más madre que a ella. Will pensó que el punto de inflexión se produjo cuando Charlie, a los ocho años, fue atropellado por un coche cuando aprendía a montar su nueva bicicleta en el barrio. Elaine estaba en el jardín en ese momento, vio cómo el coche embestía la bicicleta y el niño salía volando y caía violentamente en la calle. Cuando echó a correr, lo oyó llamarla: a ella, no a su padre, a quien parecía acudir de manera natural para tantas cosas. Se había roto el brazo izquierdo -lo vio nada más acercarse a él- y la sangre le manaba de una herida en la cabeza. Hacía un gran esfuerzo para conservar el conocimiento, y Elaine se dio cuenta de que para él era importante estar a su lado, no cerrar los ojos. Ella repitió su nombre, una y otra vez, mientras cogía un abrigo que le tendió el conductor del coche y, con delicadeza, lo colocaba bajo la cabeza del niño. Elaine lloraba, y Charlie vio que lloraba.