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– Mamá -dijo-. Mamá, lo siento.

– No -contestó ella-. Yo lo siento. No ha sido culpa tuya. Tú no has tenido la culpa de nada.

Y se quedó con él, arrodillada a su lado, susurrando su nombre, acariciándole la cara con la palma de la mano; y en la ambulancia se sentó junto a él; y mientras lo intervenían para darle unos puntos de sutura en el cuero cabelludo y reducirle la fractura del brazo, permaneció sentada frente al quirófano; y la suya fue la primera cara que él vio al volver en sí.

A partir de ese momento, las cosas mejoraron entre ellos.

– ¿Mi padre te contó todo eso?

– No -contestó Jimmy-. Me lo contó ella después de morir tu padre. Dijo que tú eras lo único que le quedaba de él. Pero ésa no era la razón por la que te quería. Te quería porque eras su hijo. Ella era la única madre que tú conocías, y tú eras el único hijo que ella tenía.

Dijo que a veces lo había olvidado, o que se había negado a creerlo, pero con el paso del tiempo tomó conciencia de que así era.

Se levantó para ir al cuarto de baño. Yo me quedé sentado pensando en mi madre y en sus últimos días de vida, tendida en la cama del hospital, tan transformada por la enfermedad que no la reconocí cuando entré por primera vez en su habitación, creyendo que la enfermera se había equivocado al darme las indicaciones. Pero de pronto, dormida, hizo un mínimo gesto, levantando la mano derecha, e incluso enferma la elegancia de sus movimientos me resultó familiar, y en ese momento supe que era ella. En los días posteriores, mientras yo esperaba su muerte, sólo tuvo unas pocas horas de lucidez. Casi no le quedaba voz, y parecía dolerle hablar, así que le leía trozos de mis libros de la universidad: poesía, cuentos, fragmentos del periódico que sabía que le interesarían. Su padre había venido de Maine y charlábamos mientras ella dormitaba entre nosotros.

¿Se planteó acaso, mientras sentía que la oscuridad le nublaba la conciencia como tinta propagándose en el agua, contarme todo lo que me había ocultado? Estoy seguro de que sí, pero ahora entiendo por qué no lo hizo. También es posible que disuadiera a mi abuelo de decírmelo, porque pensaba que si yo conocía la verdad, empezaría a indagar.

Y si empezaba a indagar, atraería a esa gente hacia mí.

Cuando Jimmy volvió del cuarto de baño, vi que se había remojado la cara, pero no se había secado bien y las gotas caían como lágrimas.

– Esa última noche… -empezó a decir.

Estaban en el Cal's, Jimmy y Will, celebrando el cumpleaños de Jimmy. En el Distrito Noveno habían cambiado algunas cosas, pero muchas seguían igual. Había galerías donde en otro tiempo hubo tugurios y edificios abandonados, y se proyectaban chocantes películas underground en locales vacíos empleados ahora como salas de arte y ensayo. Muchos de los antiguos establecimientos continuaban allí, aunque también tenían los días contados, y pronto las sombras envolverían su recuerdo. En el cruce de la Segunda Avenida con la calle Cinco, el Binibon servía aún una ensalada de pollo grasienta, pero ahora la gente veía el Binibon y recordaba que, en 1981, tenía por cliente a Jack Henry Abbott, escritor y ex presidiario apadrinado por Norman Mailer, quien hizo campaña por su puesta en libertad. Una noche Abbott entabló una discusión con un camarero, le pidió que saliera a la calle y lo mató de una puñalada. Jimmy y Will se encontraban entre los que intervinieron después del hecho, ambos, como el distrito donde trabajaban, cambiados y sin embargo iguales, con su aspecto alterado pero todavía de uniforme. Nunca habían llegado a sargento ni llegarían. Ese fue el precio que pagaron por lo ocurrido la noche que murió Caroline Carr.

No obstante, aún eran buenos policías, y se contaban entre los pocos agentes municipales, guardias urbanos y vigilantes de los complejos de viviendas que hacían algo más que cumplir el expediente, resistiéndose a la apatía general que corrompía a las fuerzas del orden, en parte como consecuencia de la extendida creencia de que los altos mandos del Palacio del Puzzle, como se conocía One Police Plaza, la jefatura, no dejaban pasar ni una a los agentes de a pie. Eso no era del todo falso. Si uno realizaba demasiadas detenciones por drogas, atraía la atención de sus superiores por razones que no le convenían. Si uno atrapaba a demasiados delincuentes, debido a las horas extra necesarias para procesarlos y llevarlos ante los tribunales, lo acusaban de quitar el dinero del bolsillo a los otros policías. Más valía mantener la cabeza agachada y jubilarse anticipadamente al cumplir los veinte años de servicio. El resultado era que cada vez había menos policías de cierta edad para actuar como mentores de los reclutas nuevos. En virtud de sus años en el cuerpo, Jimmy y Will casi pasaban por los ancianos del lugar. Se habían incorporado a la Unidad Contra el Crimen como agentes de paisano, un puesto peligroso que implicaba patrullar en zonas con altos índices de delincuencia en busca de alguna señal de que algo estaba a punto de desencadenarse, normalmente un tiroteo. Por primera vez los dos hablaban de la jubilación anticipada.