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Esa noche, en el Cal's, habían encontrado un rincón tranquilo lejos de los demás, aislados del resto por un estridente grupo de hombres y mujeres trajeados que celebraban un ascenso. Al día siguiente, Will Parker estaría muerto y Jimmy Gallagher ya nunca volvería a poner los pies en el Cal's. Tras la muerte de Will, descubrió que era incapaz de recordar los buenos tiempos allí vividos. Habían desaparecido extirpados de la memoria. Sólo quedaba Will, con una jarra fría junto al codo, la mano en alto para decir algo que quedaría por siempre inexpresado, demudándose su semblante cuando miró por encima del hombro de Jimmy y vio quién había entrado en el bar. Jimmy se volvió para ver qué miraba, pero Epstein ya estaba a su lado, y Jimmy supo que algo grave ocurría.

– Tiene que irse a casa -dijo Epstein a Will. Sonreía, pero sus palabras contradecían su sonrisa, y al hablar no miró a Will. Un observador ajeno habría pensado que simplemente examinaba las botellas detrás de la barra para elegir su bebida antes de sumarse al grupo. Llevaba una gabardina blanca abrochada hasta el cuello, y en la cabeza lucía un sombrero marrón con una pluma roja en la cinta. Había envejecido mucho desde la última vez que Jimmy lo vio en el entierro de Caroline Carr.

– ¿Qué pasa? -preguntó Will-. ¿Qué ha ocurrido?

– Aquí no -respondió Epstein a la vez que recibía un empujón de Perrson, un sueco enorme que representaba la figura central de la Unidad de Vigilancia de Locales Nocturnos. Era un jueves por la noche y el Cal's estaba hasta los topes. Perrson, más alto que cualquiera de los presentes, repartía copas por encima de las cabezas de quienes tenía detrás, bautizándolos de paso alguna que otra vez.

– Dios te bendiga, hijo mío -contestó a las quejas de alguien. Soltó una carcajada, riéndose de su propia broma, y de pronto reconoció a Jimmy.

– ¡Vaya! ¡El cumpleañero!

Pero Jimmy ya se alejaba de él, siguiendo a otro hombre, y Perrson creyó que se trataba de Will Parker, pero después, cuando lo interrogaron, declaró que se había equivocado, o había confundido la hora. Quizá fuera más tarde cuando vio a Jimmy, y Will no podía estar con él porque a esa hora iba ya de camino a Pearl River.

Fuera hacía frío. Los tres hombres tenían las manos hundidas en los bolsillos mientras se alejaban del Cal's, de la comisaría, de las caras familiares y las miradas especulativas, y no se detuvieron hasta llegar a la esquina de St. Mark's.

– ¿Se acuerda de Franklin? -dijo Epstein-. Era el director de la clínica de Gerritsen. Se jubiló hace dos años.

Will asintió. Recordó al hombre de semblante preocupado en el pequeño despacho, parte de una conspiración de silencio que aún no acababa de entender.

– Murió asesinado anoche en su casa. Alguien, usando una navaja, se ensañó, con él para obligarlo a hablar antes de morir.