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– ¿Por qué cree que eso tiene que ver con nosotros? -preguntó Will.

– Un vecino vio a un hombre y una mujer abandonar la casa poco después de las once. Los dos eran jóvenes: veinte años como mucho. Iban en un Ford rojo. Esta mañana han entrado a robar en la consulta del doctor Anton Bergman en Pearl River. El doctor Bergman, según tengo entendido, es su médico de cabecera. Han visto aparcado cerca de allí un Ford rojo. Tenía matrícula de otro estado: Alabama. El doctor Bergman y su secretaria todavía no han confirmado qué se han llevado, pero los armarios de medicamentos estaban intactos. Sólo habían revuelto los historiales médicos. Entre los que han desaparecido se encuentran los de su familia. No sé cómo, han atado cabos. No escondimos el rastro tan bien como creíamos.

Will, aunque pálido, puso en duda sus palabras.

– Eso no tiene sentido. ¿Quiénes son esos chicos?

Epstein tardó un momento en contestar.

– Los mismos que fueron a por Caroline Carr hace dieciséis años.

– No -intervino Jimmy Gallagher-. Ni hablar. Esos están muertos. Al hombre lo aplastó un camión, a la mujer la maté yo de un tiro. Estaba presente cuando sacaron su cuerpo del riachuelo. Y aunque hubiesen sobrevivido, ahora tendrían cuarenta o cincuenta años. No serían críos.

Epstein se volvió hacia él.

– ¡No son críos! Son… -Recuperó la calma-. Hay algo dentro de ellos, algo mucho más viejo. Esos seres no mueren. No pueden morir. Se trasladan de un huésped a otro. Si el huésped muere, encuentran a otro. Renacen una y otra vez.

– Usted está loco -replicó Jimmy-. No está en su sano juicio.

Se volvió hacia su compañero en busca de apoyo, pero no lo obtuvo. Will parecía más bien asustado.

– ¿No irás a decirme que te crees una cosa así? -preguntó Jimmy-. No pueden ser los mismos. Sencillamente es imposible.

– Da igual -contestó Will-. Están aquí, quienesquiera que sean. Franklin les habrá dicho cómo se encubrió la muerte del bebé. Yo tengo un hijo de la misma edad del que supuestamente murió. Han atado cabos y los historiales médicos lo confirmarán. El rabino tiene razón: debo irme a casa.

– Enviaremos a gente a buscarlos -informó Epstein-. He hecho unas cuantas llamadas. Actuamos lo más deprisa posible, pero…

– Iré contigo -dijo Jimmy.

– No. Vuelve al Cal's.

– ¿Por qué?

Will agarró a Jimmy por los brazos y lo miró a la cara.

– Porque tengo que poner fin a esto -respondió-. ¿Lo entiendes? No quiero implicarte. Debes mantenerte al margen. Necesito que te mantengas al margen. -De pronto pareció recordar algo-. Tu sobrino, el hijo de Marie. Sigue con la policía de Orangetown, ¿verdad?

– Sí, allí está. Pero creo que no entra a trabajar hasta dentro de un rato.

– ¿Puedes telefonearlo? ¿Pedirle que vaya a mi casa y se quede con Elaine y Charlie un rato? No le digas por qué. Invéntate una excusa, algo sobre un antiguo caso, quizás un ex presidiario resentido. ¿Lo harás? ¿Crees que él se prestará?

– Sí.

Epstein entregó a Will un juego de llaves de un automóvil.

– Coja mi coche -ofreció, señalando un Chrysler viejo aparcado allí cerca. Will se lo agradeció con un gesto e hizo ademán de marcharse, pero Epstein lo sujetó por el brazo para retenerlo y añadió-: No intente matarlos. No a menos que no le quede más remedio.

Jimmy vio asentir a Will, pero éste tenía la mirada perdida. Jimmy supo lo que se proponía.