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Epstein se alejó en dirección al metro. Jimmy telefoneó a su sobrino desde una cabina. Luego volvió al Cal's, donde bebió y charló aunque con la mente muy lejos de las acciones de su cuerpo y los labios moviéndose por cuenta propia; se quedó allí hasta que llegó la noticia de que Will Parker había matado a tiros a dos chicos en Pearl River, y lo habían encontrado después en el vestuario de la comisaría del Distrito Noveno con el rostro bañado en lágrimas, esperando a que fueran por él.

Y cuando le preguntaron por qué había regresado a la ciudad, sólo dijo que quería estar entre los suyos.

23

Habría podido acudir a sus compañeros de la policía, naturalmente, pero ¿qué les habría dicho? ¿Que dos chicos iban a matar a su hijo? ¿Que esos dos chicos eran huéspedes de otras entidades, espíritus malignos que ya habían matado a la madre del chico y ahora volvían para asesinar al hijo? Tal vez habría podido concebir una mentira, algo así como que habían amenazado a su familia; o habría podido hacerles llegar la información de que un coche parecido al que ellos conducían había sido visto cerca de la consulta del director de la clínica después de su muerte, y existían testigos de que una pareja de jóvenes había salido de su casa la noche en que fue asesinado. Todo eso habría bastado para retenerlos en el supuesto de que los encontraran, pero él no se conformaba con que los retuvieran: quería que desaparecieran para siempre.

El rabino hizo hincapié en que no debía matarlos, y Will no había pasado por alto la advertencia. De hecho, al oírla se había roto algo dentro de él. Antes se creía capaz de sobrellevar cualquier cosa -asesinatos, pérdidas, una niña asfixiada bajo un montón de abrigos-, pero ya no estaba tan seguro de eso. No quería creer lo que el rabino le había dicho, porque darle crédito habría sido renunciar a todas sus certidumbres sobre este mundo. Podía aceptar que alguien, una agencia aún desconocida, deseara matar a su hijo. Era un objetivo horrendo, que escapaba a su comprensión, pero podía afrontarlo en la medida en que sus agentes fuesen humanos. Al fin y al cabo, no había prueba alguna de que las palabras del rabino fueran ciertas. El hombre y la mujer que habían perseguido a Caroline estaban muertos. El los había visto morir a los dos, y había contemplado sus cuerpos después de la muerte.

Pero ¿acaso no ofrecían un aspecto muy distinto? Los muertos siempre muestran un aspecto distinto: se los ve más pequeños, en cierto modo, y encogidos. Les cambia la cara y el cuerpo se desmorona. Con el paso de los años había acabado convencido de la existencia del alma humana, aunque sólo fuera por contraste con la ausencia que había percibido en los cadáveres. Algo abandonaba el cuerpo en el momento de la muerte, alterando los restos, y la prueba de ello estaba en la apariencia de los muertos.

Y sin embargo, y sin embargo…

Volvió a pensar en la mujer. Las lesiones que le habían causado la muerte eran menores que las del hombre. A éste las ruedas del camión lo habían dejado irreconocible; ella, en cambio, estaba físicamente intacta salvo por los orificios donde la habían alcanzado los balazos de Jimmy, todos en la mitad superior del cuerpo. Al mirarla a la cara después de sacarla del agua, Parker se había quedado atónito por el cambio. Costaba creer que fuera la misma mujer. La crueldad que antes daba vida a sus facciones había desaparecido, más aún, su apariencia se había suavizado, como si los huesos se hubiesen achatado, como si los pómulos, la nariz y el mentón fuesen menos angulosos. La máscara imperfecta que había cubierto su rostro durante mucho tiempo, basada en su propia fisonomía y, sin embargo, sutilmente modificada, se había desprendido desintegrándose en las frías aguas del riachuelo. Al mirar a Jimmy había percibido en él esa misma reacción. Pero, a diferencia de él, Jimmy la había expresado en voz alta.