– Poned las manos donde pueda verlas, los dos.
Ellos obedecieron, el chico apoyándolas en el volante, la chica colocando las uñas pintadas en el salpicadero.
– Permiso de conducir y papeles del coche -ordenó Will.
– ¿Es usted policía? -preguntó el chico. Hablaba de un modo desganado, arrastrando las palabras, y a la vez sonreía, insinuando a Parker que todo aquello era una farsa-. Tal vez tenga que identificarse antes.
– Cállate. Permiso de conducir y papeles.
– Están detrás de la visera.
– Sácalos lentamente con la mano izquierda.
El chico se encogió de hombros pero obedeció y enseñó el carnet de conducir al policía en cuanto lo sacó.
– Alabama. Estás muy lejos de casa.
– Siempre he estado muy lejos de casa.
– ¿Qué edad tienes?
– Dieciséis -respondió el chico-. Y alguno que otro más…
Will lo miró fijamente y vio la oscuridad en sus ojos.
– ¿Qué hacéis aquí?
– Nada. Pasando el rato con mi chica preferida.
Ella ahogó una risita, pero no fue un sonido agradable. Parker pensó que parecía el burbujeo de un líquido en un cazo sobre un viejo fogón, algo que lo escaldaría a uno si llegaba a tocarle la piel.
Parker retrocedió.
– Salid del coche.
– ¿Por qué? No hemos hecho nada. -El tono de voz del chico cambió, y Parker oyó asomar al adulto que había en él-. Además, aún no se ha identificado. Puede que ni siquiera sea policía. Podría ser un ladrón, o un violador. No vamos a movernos hasta que veamos la placa.
El chico vio temblar un momento el haz de la linterna y supo que el policía vacilaba. Tenía sus sospechas, pero no le bastaban para actuar, y al chico le divertía provocarlo, aunque no tanto como le divertiría verlo descubrir que había sido incapaz de salvar la vida de su hijo.
Pero fue la chica quien habló, y eso los condenó.
– ¿Qué va a hacer ahora, agente Parker? -dijo entre risas.
Se produjo un momento de silencio.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
La chica ya no reía. El chico se humedeció los labios. Tal vez la situación aún tenía remedio.
– Supongo que alguien nos lo ha dicho alguna vez. Por aquí hay muchos policías. Un hombre me reveló cómo se llamaban algunos.
– ¿Qué hombre?
– Uno que conocimos. Aquí la gente es amable con los forasteros. Por eso sé cómo se llama usted.
Volvió a humedecerse los labios.
– Y yo sé quiénes sois vosotros -dijo Parker.
El chico fijó la mirada en él y cambió. Llevaba dentro la rabia de un adolescente, la incapacidad para controlarse en circunstancias adultas. Ahora, mientras el policía lo desafiaba, la vieja esencia dentro de él se reveló por un instante, una esencia hecha de ceniza y fuego y carne chamuscada, una esencia de una belleza infinita y una fealdad sin límites.
– Anda y que te jodan, a ti y a tu hijo -replicó el chico-. No tienes ni idea de lo que somos.
Giró un poco la muñeca izquierda, y Will, a la luz de la linterna, vio el símbolo en su brazo.
Y en ese instante lo que había empezado a fracturarse dentro de Will Parker se rompió para siempre, y supo que ya no podía soportar nada más. La primera bala mató al chico, penetrando justo por encima del ojo derecho y saliendo por la nuca, para incrustarse en el asiento trasero, entre sangre y pelo y materia gris. No había necesidad de rematarlo, pero Will volvió a disparar igualmente. La chica abrió la boca y gritó. Se inclinó a un lado y acunó la cabeza destrozada de su amante; luego miró a quien se lo había vuelto a arrebatar.