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– Regresaremos -susurró-. Regresaremos una y otra vez hasta conseguirlo.

Will no contestó. Se limitó a apuntarla y descerrajarle un tiro en el pecho.

Cuando ella murió, Will se fue al coche y dejó el revólver encima del capó. Se encendieron luces en los porches y los recibidores de las casas cercanas, y vio a un hombre de pie en su jardín, mirando los dos coches. Los labios le sabían a sal, y pensó que quizás había llorado, pero de pronto sintió el dolor y se dio cuenta de que se había mordido la lengua.

Aturdido, subió al coche y se puso en marcha. Al pasar por delante del hombre en el jardín, supo por la expresión de su cara que éste lo había reconocido, pero no le importó. Ni siquiera sabía adónde iba hasta que aparecieron ante él las luces de la ciudad, y entonces lo comprendió.

Se iba a casa.

Después de llevarlo de regreso a Orangetown, lo interrogaron durante casi toda la noche. Le dijeron que se había metido en un lío por abandonar el lugar de un homicidio, y en respuesta él les ofreció la mentira menos complicada que se le ocurrió: cuando se dirigía a casa, alguien, un vecino de la zona cuyo nombre él ignoraba, lo reconoció en un cruce y lo alertó de la presencia de un vehículo en un descampado. Cuando Will pasaba por delante, el coche hizo señas con las luces, y le pareció oír también el claxon. Se detuvo para ver qué ocurría. El chico lo provocó haciendo ademán de sacar algo de la cazadora: un arma, quizá. Will le avisó primero y después disparó y mató al chico y a la chica. Después de repetir la historia por tercera vez, Kozelek, el investigador de la fiscalía de Rockland County, pidió quedarse un momento a solas con él, y los otros policías, tanto de Asuntos Internos como de las fuerzas locales, se lo permitieron. Cuando se fueron, Kozelek apagó la grabadora y encendió un cigarrillo. No le ofreció otro a Will.

– No conducía su propio coche -señaló Kozelek.

– No, me lo ha prestado un amigo.

– ¿Qué amigo?

– Un amigo. No está implicado. No me encontraba bien. Quería volver a casa lo antes posible.

– Y ese amigo le ha prestado el coche.

– No lo necesitaba. Yo iba a devolvérselo mañana en la ciudad.

– ¿Dónde está ahora ese coche?

– ¿Y eso qué más da?

– Ha sido empleado en un homicidio.

– No me acuerdo. No me acuerdo de gran cosa después de lo sucedido. Sencillamente me he marchado. Quería alejarme de allí.

– Estaba traumatizado. ¿Es eso lo que quiere decir?

– Será eso. Nunca había matado a nadie.

– No tenían armas -dijo Kozelek-. Lo hemos comprobado. Estaban desarmados, los dos.

– Yo no he dicho que fueran armados. He dicho que me ha parecido que tal vez el chico iba armado.

Kozelek dio una calada al cigarrillo y examinó a través del humo al hombre sentado frente a él. Lo había notado ajeno a todo el proceso desde el principio del interrogatorio. Quizá fuera por efecto de la conmoción. Los inspectores de Asuntos Internos habían llegado con copias de la hoja de servicio de Will Parker. Como él acababa de decir, nunca había matado a nadie, ni oficialmente ni, por lo que podía determinar Kozelek, extraoficialmente. (El mismo había pertenecido al Departamento de Policía de Nueva York durante veinte años, y no se llevaba a engaño sobre esas cuestiones.) Su responsabilidad en la muerte a tiros de dos jóvenes le sería difícil de aceptar. Pero, por lo que Kozelek veía, el problema no se reducía a eso: más que hallarse bajo los efectos de la conmoción, Will Parker parecía querer acabar con aquello cuanto antes, como un condenado que sólo aspira a que lo lleven directo del juzgado al patíbulo. Incluso su descripción del suceso, que Kozelek no se creía, no resultaba convincente. A Parker le traía sin cuidado si le creían o no. Ellos querían una declaración, y él se la había dado. Si querían encontrar lagunas, allá ellos. Le daba igual.