Eso era, pensó Kozelek. A aquel hombre todo le daba igual. Su reputación y su carrera pendían de un hilo. Tenía las manos manchadas de sangre. Cuando empezasen a esclarecerse las circunstancias del homicidio, la prensa pediría su cabeza a gritos, y dentro del departamento habría quienes estarían dispuestos a echar a Will Parker a los perros a modo de sacrificio, una manera de demostrar que el departamento no toleraba a asesinos en el cuerpo. Esa discusión ya había empezado, como Kozelek sabía: hombres con reputaciones que proteger se planteaban la conveniencia de capear el temporal y dar apoyo a su agente, exponiéndose a la posibilidad de empañar así aún más la reputación de un departamento ya de por sí poco querido y aún tambaleante a causa de una serie de investigaciones por corrupción.
– ¿Dice usted que no conocía a esos chicos? -preguntó Kozelek. Aquella pregunta ya había sido formulada más de una vez en esa sala, pero Kozelek había captado un atisbo de vacilación en el semblante de Parker cada vez que negaba conocerlos, y volvió a verlo ahora.
– La cara del chico me sonaba, pero creo que no lo conocía.
– Se llamaba Joe Dryden. Natural de Birmingham, Alabama. Llegó aquí hará un par de meses. Tenía antecedentes: delitos de poca monta en su mayor parte, pero iba camino de cosas más serias.
– Como he dicho, no lo conocía personalmente.
– ¿Y la chica?
– Nunca la había visto.
– Missy Gaines. Era de una familia bien de Jersey. Sus padres denunciaron la desaparición hace una semana. ¿Tiene idea de cómo acabó con Dryden en Pearl River?
– Eso ya me lo ha preguntado. Y yo ya he contestado: no lo sé.
– ¿Quién fue a su casa ayer por la noche?
– No lo sé. No estaba allí.
– Tenemos un testigo que dice haber visto entrar a un hombre en su casa anoche. Se quedó un rato. Al testigo le dio la impresión de que ese hombre llevaba un arma en la mano.
– Como he dicho, no sé de qué me habla, pero su testigo debe de estar equivocado.
– Creo que el testigo es digno de confianza.
– ¿Por qué no avisó a la policía?
– Porque su mujer abrió la puerta y lo dejó entrar. Por lo vista lo conocía.
Will se encogió de hombros.
– No sé nada de eso.
Kozelek dio una última calada al cigarrillo y luego lo aplastó en el cenicero agrietado.
– ¿Por qué ha apagado la grabadora? -preguntó Will.
– Porque Asuntos Internos no sabe nada de ese hombre armado -respondió Kozelek-. Esperaba que usted me dijera por qué pensó que su familia corría peligro y necesitaba protección, y qué relación existe entre eso y los dos chicos a quienes ha matado.
Pero Will no contestó, y Kozelek, al comprender que la situación difícilmente cambiaría, desistió por el momento.
– Si Asuntos Internos se entera, interrogarán a su mujer. Tiene que buscar una versión más coherente. Dios santo, ¿cómo no se le ocurrió dejar un arma allí? De haber dejado un arma en el coche, todo esto sería innecesario.