Выбрать главу

Extraje la pistola de la funda. Medía poco más de quince centímetros y pesaba bastante menos de un kilo.

– Una Kimber Ultra Diez Dos -explicó-. Cargador de diez balas. Cuidado con el ángulo posterior de la culata: es muy afilado.

Volví a enfundar la pistola y se la entregué.

– Estás de broma -dijo.

– Nada más lejos. Quiero recuperar la licencia. Si me cogen con un arma sin registrar, estoy acabado. Me despellejarán vivo y luego echarán los restos al mar.

Ángel salió de la cocina. Traía una cafetera.

– ¿Crees que el que se cargó a Wallace lo torturó para averiguar sus gustos musicales? -preguntó-. Le pincharon para sacarle lo que sabía de ti.

– De eso no estamos seguros.

– No, como tampoco lo estamos de la teoría de la evolución, o del cambio climático, o de la ley de la gravedad. Lo mataron en tu antigua casa, mientras investigaba sobre ti, y después alguien firmó su obra con sangre. Pronto ese alguien intentará hacer contigo lo que hizo con Wallace.

– Por eso Louis va a pegarse a mí esta noche.

– Claro -dijo Louis-, porque si me cogen a mí con un arma, no pasa nada. Los negros siempre salimos impunes de cualquier acusación por tenencia de armas.

– Sí, eso he oído -comentó Ángel-. Es algo relacionado con la defensa propia, creo: un delito de hermano contra hermano.

Alcanzó la bolsa de la panadería, la rompió para abrirla y la dejó en la mesa de centro pequeña y rayada. Luego me sirvió una taza de café y se sentó al lado de Louis mientras yo les contaba todo lo que había descubierto por mediación de Jimmy Gallagher.

El Centro Orensanz no había cambiado desde mi última visita unos años antes. Dominaba aún su tramo de Norfolk Street, entre East Houston y Stanton, un edificio neogótico proyectado por Alexander Seltzer en el siglo XIX para los judíos llegados de Alemania, inspirándose en la gran catedral de Colonia y los principios del romanticismo alemán. Por entonces se conocía como el Anshei Cheshed, el «Pueblo de la Bondad», antes de que la feligresía se uniera a la del Templo de Emanuel, coincidiendo con el traslado al Upper East Side de los judíos alemanes de Kleine Deutschland, en el Lower Manhattan. Su lugar lo ocuparon los judíos del este y el sur de Europa, y el barrio se convirtió en un laberinto densamente poblado, donde la mayoría pugnaba aún por abrirse camino en este nuevo mundo tanto desde el punto de vista social como desde el lingüístico. Anshei Cheshed se convirtió en Anshei Slonim, por el nombre de un pueblo polaco, y así se llamó hasta la década de 1960, cuando el edificio empezó a deteriorarse. Después lo rescató el escultor Ángel Orensanz y lo convirtió en un centro cultural y educativo.

Yo ignoraba qué relación tenía el rabino Epstein con el Centro Orensanz. Fuera cual fuese su posición allí, era extraoficial pero poderosa. Había visto algunos de los secretos que el centro escondía bajo su hermoso interior, y Epstein era su custodio.

Cuando entré, dentro sólo había un anciano que barría el suelo. Ya lo vi allí en mi última visita, y también entonces barría. Supuse que estaba siempre allí: limpiando, sacando brillo, vigilando. Me miró y movió la cabeza en un gesto de reconocimiento.

– El rabino no está -informó, deduciendo intuitivamente que sólo ésa podía ser la razón de mi presencia en aquel lugar.

– Lo he llamado por teléfono -dije-. Me espera. Vendrá.

– El rabino no está -repitió con un gesto de indiferencia.

Tomé asiento. Me pareció que no tenía sentido prolongar la discusión. El hombre suspiró y siguió barriendo. Transcurrió media hora, una hora. Epstein no daba señales de vida. Cuando al final me levanté para marcharme, el anciano se hallaba sentado junto a la puerta, sosteniendo la escoba en alto entre las rodillas, como un portaestandarte viejo y olvidado.

– Ya se lo había dicho -insistió.

– Sí, así es.

– Debería escuchar más atentamente.

– Eso me dicen a menudo.

El anciano movió la cabeza en ademán pesaroso.

– El rabino ya no viene mucho por aquí.

– ¿Por qué?

– Ha caído en desgracia, creo. O quizás ahora resulta demasiado peligroso para él, para todos nosotros. Es una lástima. El rabino es un buen hombre, un hombre sabio, pero algunos dicen que sus actos son impropios de esta… esta Bet Shalom.

Debió de advertir mi perplejidad.

– Casa de la paz -explicó-. Nada de Sheol. Aquí ya no.

– ¿Sheol?

– El infierno -contestó-. Aquí no. Ya no.

Y taconeó elocuentemente en el suelo, indicando los lugares ocultos debajo. En mi última visita al Centro Orensanz, Epstein me había enseñado una celda debajo del sótano del edificio. En ella retenía a una criatura que se hacía llamar Kittim, un demonio que deseaba ser hombre, o un hombre que se creía demonio. Ahora, si lo que decía el anciano era verdad, Kittim ya no estaba allí, expulsado junto con Epstein, su captor.

– Gracias -dije.

– Bevakashah -contestó-. Betakh ba-Adonai va'aseitov.

Lo dejé allí y salí a la fría noche de primavera. Por lo visto, había ido para nada. Epstein ya no se sentía cómodo en el Centro Orensanz, o el centro ya no estaba dispuesto a tolerar su presencia. Eché una ojeada alrededor, medio esperando verlo cerca, pero no había ni rastro de él. Había sucedido algo: no iba a venir. Intenté localizar a Louis, pero tampoco advertí el menor indicio de su presencia. Aun así, sabía que no andaba lejos. Bajé por la escalinata y me dirigí hacia Stanton. Al cabo de un minuto, noté que alguien caminaba a mi lado. Miré hacia la izquierda y vi a un joven judío con kipá y una holgada cazadora de cuero. Mantenía la mano derecha en el bolsillo. Me pareció distinguir la forma de la mira de una pequeña pistola marcada en el cuero. Detrás de mí, otro joven me seguía los pasos. Los dos parecían fuertes y rápidos.

– Se ha entretenido mucho ahí dentro -comentó el hombre a mi izquierda con un ligerísimo acento-. ¡Quién habría dicho que tiene tanta paciencia!

– He estado ejercitándome -respondí.

– Por lo que tengo entendido, buena falta le hacía.

– Bueno, sigo ejercitándome, así que tal vez quiera decirme adónde vamos.

– Hemos pensado que quizá le apetecería comer algo.

Me llevó por Stanton. Entre una tienda de comida preparada que no parecía haber renovado existencias desde el verano anterior a juzgar por la cantidad de insectos muertos esparcidos entre las botellas y los tarros del escaparate y una sastrería que, al parecer, consideraba la seda y el algodón modas pasajeras que acabarían sucumbiendo ante las fibras artificiales, había una pequeña cafetería kosher. Tenuemente iluminada, contenía cuatro mesas con la madera oscurecida y rayada por décadas de tazas de café caliente y cigarrillos encendidos. Un letrero en hebreo e inglés pegado al cristal anunciaba que estaba cerrada.

Sólo había una mesa ocupada. Sentado en una silla de cara a la puerta estaba Epstein, dando la espalda a la pared. Vestía un traje negro con camisa blanca y corbata negra. Un abrigo oscuro colgaba de una percha detrás de su cabeza, coronado por un sombrero negro de ala estrecha, como si su ocupante, en lugar de hallarse sentado debajo, se hubiera desintegrado recientemente, dejando sólo la ropa como prueba de su anterior existencia.

Uno de los jóvenes cogió una silla y la sacó a la acera, donde se sentó de espaldas a la entrada. Su compañero, el que me había hablado en la calle, tomó asiento dentro pero al otro lado de la puerta. No nos miró.

Había una mujer detrás del mostrador. Debía de tener poco más de cuarenta años, pero en la penumbra de la pequeña cafetería aparentaba diez menos. Tenía el pelo muy oscuro, y cuando pasé por delante de ella no le vi ni una sola cana. Además era hermosa, y olía ligeramente a clavo y canela. Me saludó con la cabeza, pero no me sonrió.