Выбрать главу

Me senté delante de Epstein pero ladeado para estar también de espaldas a una pared y ver la puerta.

– Podría haberme dicho que es persona non grata en el Centro Orensanz -protesté.

– Podría, pero no habría sido verdad -dijo Epstein-. Se tomó una decisión, una decisión con pleno acuerdo por ambas partes. Demasiadas personas cruzan las puertas del centro. No era justo, ni sensato, ponerlas en peligro. Lamento haberle hecho esperar, pero existía un motivo: vigilábamos las calles.

– ¿Y han encontrado algo?

A Epstein le brillaron los ojos.

– No, pero de habernos adentrado más en las sombras quizás algo, o alguien, nos habría encontrado a nosotros. Sospechaba que no vendría usted solo. ¿Me equivocaba?

– Louis ronda por aquí.

– El enigmático Louis. Es bueno tener amigos como él, pero malo necesitarlos demasiado.

La mujer nos sirvió comida: baba ghanoush con trozos de pan de pita; burekas; y pollo con vinagre, aceitunas, pasas y ajo, acompañado por un poco de cuscús. Epstein señaló la comida, pero no la probé.

– ¿Qué? -preguntó.

– En cuanto al Centro Orensanz, no me creo que esté usted en tan buenas relaciones con ellos.

– ¿Ah, no?

– No tiene usted fieles. No da clases. Va a todas partes con un pistolero como mínimo. Hoy lleva dos. Y una vez, hace mucho tiempo, le oí decir algo. Estábamos hablando y usted empleó el término «Jesucristo». Nada de eso me parece muy ortodoxo. No puedo evitar la impresión de que se ha ganado cierto rechazo.

– ¿Ortodoxo? -Se echó a reír-. No, soy un judío muy poco ortodoxo, pero judío en todo caso. Usted es católico, señor Parker…

– Un mal católico -rectifiqué.

– No soy quién para juzgar esas cosas. Aun así, me consta que hay distintos grados de catolicismo. Me temo que hay muchos más grados de judaísmo. El mío es menos claro que otros, y a veces me pregunto si no he pasado demasiado tiempo alejado de mi propio pueblo. Me descubro utilizando términos que no tengo por qué usar, lapsus que me abochornan, y peor aún, albergando dudas que no debería albergar. Así que en realidad quizá podría decirse que abandoné Orensanz antes de que me pidieran que me marchase. ¿Con eso se siente más cómodo? -Volvió a señalar los platos-. Ahora coma. Está bueno. Y nuestra anfitriona se ofenderá si no prueba lo que ha preparado.

No había quedado con Epstein para entretenerme con juegos semánticos ni para catar la cocina local, pero él sabía manipular las conversaciones a su entera satisfacción, y yo estaba en desventaja desde el momento mismo en que me dirigí hasta allí para reunirme con él. Aun así, no me había quedado elección. Ni Epstein ni sus custodios habrían permitido un punto de encuentro alternativo.

Por lo tanto, comí. Me interesé cortésmente por la salud de Epstein y su familia. Él me preguntó por Sam y Rachel, pero no ahondó en nuestra situación doméstica. Estaba al corriente de que Rachel y yo ya no vivíamos juntos, según me dijo. De hecho, tuve la impresión de que eran pocos los aspectos de mi vida que Epstein desconocía, y que siempre había sido así, desde el momento en que mi padre acudió a él para que le aclarase el significado de la marca del hombre que murió bajo las ruedas de un camión, cuya compañera había matado posteriormente a mi madre natural.

Cuando acabamos, sirvieron baklava. A mí me ofrecieron café, y lo acepté. Le eché un poco de leche, traída en un envase cerrado, y Epstein suspiró.

– Eso sí es un lujo -comentó-, poder disfrutar de un café con leche tan poco tiempo después de una comida.

– Tendrá que perdonar mi ignorancia…

– Una de las leyes del kashrut -aclaró Epstein-. Tenemos prohibido comer productos lácteos hasta seis horas después de consumir carne. Éxodo: «No cocerás el cabrito en la leche de su madre». Como ve, soy más ortodoxo de lo que cabría pensar.

La mujer permanecía cerca, esperando. Le di las gracias por su amabilidad y por la comida. A mi pesar, había comido más de lo que pretendía. Esta vez, ella sonrió pero no habló. Epstein le dirigió un parco gesto con la mano izquierda, y ella se apartó.

– Es sordomuda -explicó Epstein cuando ella nos volvió la espalda-. Lee los labios, pero no leerá los nuestros.

Miré a la mujer. Había vuelto el rostro en otra dirección y, con la cabeza gacha, examinaba un periódico.

Cuando por fin llegó el momento de encararme con él, sentí disiparse parte de mi ira. El rabino había mantenido muchas cosas ocultas durante mucho tiempo, igual que Jimmy Gallagher, pero tenía razones para ello.

– Sé que ha estado haciendo preguntas -dijo-. Y sé que ha recibido respuestas.

Cuando hablé, me pareció que adoptaba el tono de un adolescente malhumorado.

– Debería habérmelo contado cuando nos conocimos.

– ¿Por qué? ¿Porque ahora cree que tenía derecho a saberlo?

– Tuve un padre y dos madres. Todos murieron por mí.

– Por eso precisamente nadie podía contárselo -repuso Epstein-. ¿Qué habría hecho? Cuando nos conocimos, usted era aún un hombre colérico y violento: destrozado por el dolor, resuelto a vengarse. No era de fiar. Algunos opinan que aún no es de fiar. Y recuerde una cosa, señor Parker: cuando nos conocimos, yo acababa de perder a mi hijo. Era él quien me preocupaba, no usted. No posee el patrimonio exclusivo de la pena y el dolor.

»No obstante, tiene razón. Deberíamos habérselo contado antes, pero quizás ha elegido usted mismo el momento que más le convenía. Decidió cuándo empezar a hacer las preguntas que lo han traído hasta aquí. La mayoría ya han obtenido respuesta. Haré lo que pueda para aclararle las demás.

Ahora que había llegado el momento, no sabía bien por dónde empezar.

– ¿Qué sabe de Caroline Carr?

– Prácticamente nada -contestó-. Era de lo que ahora es un barrio residencial de Hartford, Connecticut. Su padre murió cuando ella tenía seis años. No quedan parientes vivos. Si la hubiesen concebido para ser anónima, no habría podido pedirse más.

– Pero no era anónima. Alguien vino a buscarla.

– Eso parece. Su madre murió al incendiarse su casa. Posteriores investigaciones revelaron que el incendio podría haber sido provocado.

– ¿Podría haber sido?

– Un cigarrillo encendido en el fondo de un cubo de basura, con papeles apilados encima, y un fogón de gas que no estaba del todo apagado. Podría haber sido un accidente, sólo que ni Caroline ni su madre fumaban.

– ¿Una visita?

– Esa noche no tuvieron visitas, según Caroline. A veces su madre recibía a caballeros, pero la noche que murió sólo Caroline y ella dormían en la casa. Su madre bebía. Estaba dormida en el sofá cuando se declaró el incendio, y probablemente ya había muerto cuando la alcanzaron las llamas. Caroline escapó descolgándose de una ventana en el piso de arriba. Cuando nos conocimos, me dijo que vio a dos personas observar la casa desde el bosque mientras ardía: un hombre y una mujer. Estaban cogidos de la mano. Pero para entonces alguien había dado la voz de alarma; algunos vecinos corrían ya a ayudarla y los bomberos estaban en camino. Su mayor preocupación era su madre, pero la planta baja ya había sido engullida por el fuego. Cuando volvió a pensar en el hombre y la mujer, habían desaparecido.

»Me dijo que, según creía, el incendio lo había provocado la pareja del bosque, pero cuando intentó contar a la policía lo que había visto, ellos le quitaron importancia, considerando que no eran más que las imaginaciones de una joven sumida en el dolor. Pero Caroline volvió a verlos, poco después del funeral de su madre, y se convenció de que pretendían hacerle a ella lo mismo que a su madre; o de que, en realidad, el objetivo era ella desde el principio.