Me detuve a pensar un momento.
– Antes ha empleado la palabra «aparentemente» -dije-, en el sentido de que «aparentemente» eligieron como objetivo a mi madre natural. ¿Por qué dice «aparentemente»?
– Bueno, si Caroline Carr era su objetivo principal, ¿por qué volvieron al cabo de dieciséis años para acabar muriendo en Pearl River? La respuesta, cabría pensar, es que no pretendían matar a Caroline Carr sino al hijo que llevaba dentro.
– Aun así: ¿por qué?
– No lo sé, excepto que es usted una amenaza para ellos, y siempre lo ha sido. Quizá ni siquiera ellos mismos conozcan en realidad la naturaleza de la amenaza que usted plantea, pero la intuyen y reaccionan a ella, y su meta es eliminarla. Intentaban matarlo a usted, señor Parker, y probablemente creyeron que lo habían conseguido, durante un tiempo, hasta que descubrieron que estaban equivocados y que usted había permanecido oculto, de modo que se vieron obligados á regresar y enmendar su error.
– Y fracasaron por segunda vez.
– Y fracasaron -repitió Epstein-. Pero en los años posteriores usted ha empezado a captar la atención. Se ha cruzado con hombres y mujeres que tienen algo en común con esas criaturas, si no sus mismos objetivos, y puede ser que quienquiera, o lo que sea, que ha enviado a esos seres haya empezado a fijarse en usted. No es difícil extraer la conclusión necesaria, que es…
– Que volverán para intentarlo otra vez -concluí.
– No «volverán» -rectificó Epstein-. Ya han vuelto.
Y de debajo de la descripción de la avispa y sus acciones sacó una fotografía. Mostraba la cocina de Hobart Street, y el símbolo que había sido pintado con sangre en la pared.
– Ésta es la misma marca que se encontró en el cuerpo de Peter Ackerman y en el de Dryden, el chico que murió a manos de su padre en Pearl River -dijo. Luego añadió más fotografías-. Ésta es la marca que se encontró en los cuerpos de Missy Gaines y de la asesina de su madre natural. Desde entonces se ha visto en los escenarios de otros tres crímenes, uno de ellos antiguo, dos recientes.
– ¿Muy recientes? -De hace unas semanas. -Pero sin relación conmigo. -Sí, eso parece. -¿Qué están haciendo?
– Dejando señales. Entre sí y, quizás, en el caso de Hobart Street, para usted.
Sonrió, y la sonrisa reflejó compasión.
– Ya ve, algo ha regresado, y quiere que usted lo sepa.
Quinta parte
Ya que los muertos viajan deprisa.
Drácula (inspirado en «Lenore» de Burger),
Bram Stoker (1847-1912)
28
Los borrachos habían salido en tropel. Esa noche se había disputado un partido de hockey y el bar atraía a los hinchas porque uno de los propietarios, Ken Harbaruk, jugó en su día durante breves etapas con los Maple Leafs de Toronto y los Bruins de Boston antes de que un accidente de moto pusiera fin a su carrera. Solía decir que, dadas las circunstancias, aquello era lo mejor que le había pasado. Era buen jugador, pero no destacaba. Al final, como bien sabía, habría acabado en las ligas inferiores, jugando por calderilla e intentando ligar con mujeres fácilmente impresionables en bares muy parecidos al que ahora tenía. En cambio, gracias a sus lesiones, recibió una considerable indemnización e invirtió en la compra de la mitad de un bar que parecía destinado a garantizarle la clase de jubilación cómoda que le habría sido negada si hubiese continuado jugando. Además, si así lo hubiese deseado, también habría podido ligar con mujeres fácilmente impresionables, o eso se decía, pero, por lo regular, cuando las largas noches del bar se acercaban a su fin, pensaba en su tranquilo apartamento y su mullida cama. Mantenía una relación plácida pero informal con una abogada de cincuenta y un años muy bien llevados. Vivían cada uno por su lado, y los fines de semana alternaban las estancias nocturnas en casa de uno u otro, aunque él a veces habría preferido una situación un poco más clara. Le habría gustado que ella se fuese a vivir con él, pero sabía que ése no era su deseo. Ella valoraba su independencia. Al principio, Ken pensó que lo mantenía a raya a fin de comprobar la seriedad de sus intenciones. Ahora, pasados tres años, comprendía ya que esa distancia era justo lo que ella quería, y si él deseaba algo más, tendría que ir a buscarlo a otra parte. Llegó a la conclusión de que era demasiado viejo para ir a buscar a otra parte y debía dar gracias por lo que tenía. Podía considerarse razonablemente afortunado y razonablemente satisfecho.
Sí, en noches como ésa, cuando jugaban los Bruins y el bar se llenaba de hombres y mujeres demasiado jóvenes para acordarse de él, o tan mayores que recordaban lo intrascendente que había sido su carrera, Harbaruk experimentaba una molesta sensación de pesar por el derrotero que había tomado su vida, malestar que disimulaba actuando de manera más ruidosa y turbulenta que de costumbre.
«Pero así son las cosas», le había dicho a Emily Kindler después de entrevistarla para el empleo de camarera. De hecho, ella apenas había tenido que despegar los labios. Le bastó con escuchar y asentir de vez en cuando mientras él le contaba la historia de su vida, alterando la expresión debidamente para mostrar comprensión, interés, indignación o alegría, según lo exigiese el guión. Creyó reconocer a esa clase de hombre: cordial; más listo de lo que parecía pero sin llamarse a engaño sobre su inteligencia; un hombre que quizá todavía fantasease con hacerle una proposición a una chica pero que nunca lo llevaría a la práctica, e incluso se sentiría culpable sólo de pensarlo. Le habló de la abogada y mencionó el hecho de que había estado casado tiempo atrás, pero las cosas no salieron bien. Si a él le sorprendió lo mucho que estaba dispuesto a contarle, a ella no. Había descubierto que los hombres deseaban explicarle cosas. Le mostraban sus interioridades y ella no sabía por qué.
– Nunca se me ha dado bien hablar con las mujeres -dijo Harbaruk cuando concluía la entrevista-. Aunque no lo parezca, así es.
Era una chica poco común, pensó. Parecía necesitar unos kilos más y tenía los brazos tan delgados que sin duda podría rodearle los bíceps en su punto más ancho con una mano, pero era indiscutiblemente guapa, y lo que al principio había tomado por fragilidad, hasta el punto casi de descartar la posibilidad de contratarla nada más verla, se revelaba ahora como algo más complejo e indescriptible. Se advertía en ella cierta fortaleza. Quizá no física -aunque empezaba a pensar que no era tan débil como aparentaba, y si algo se le había dado siempre bien a Ken Harbaruk era juzgar la fortaleza de un adversario-, sino más bien una férrea firmeza interior. Harbaruk intuyó que la chica había pasado épocas difíciles, pero no se había venido abajo.
– Pues conmigo no le ha costado mucho hablar -dijo ella.
Sonrió. Quería el empleo.
Harbaruk cabeceó, sabiendo que ella estaba adulándolo pero sonrojándose ligeramente de todos modos. Sintió el calor en las mejillas.
– Gracias por decirlo -contestó él-. Es una lástima que no todo en la vida pueda resolverse con una entrevista ante un refresco.
Se puso en pie y le tendió la mano. Ella lo imitó y se dieron un apretón.
– Parece buena chica. Hable con Shelley, aquella de allí. Es la encargada de la barra. Le asignará los turnos y ya veremos qué tal se llevan.
Ella le dio las gracias, y así fue como se convirtió en camarera del bar restaurante Sports de Ken Harbaruk, sede local de la Liga Nacional de Hockey, como anunciaba en enormes letras blancas y negras el rótulo encima de la puerta. A su lado, un jugador de hockey de neón lanzaba el disco y luego levantaba las manos en un gesto triunfal. El jugador iba vestido de rojo y blanco, en una insinuación de la ascendencia polaca de Ken. Siempre le preguntaban si era pariente de Nick Harbaruk, que había disfrutado de una carrera de dieciséis años, desde 1961 hasta 1977, incluidas cuatro temporadas con los Penguins de Pittsburgh en la década de 1970. No era pariente suyo, pero no le molestaba que se lo preguntasen. Se sentía orgulloso de los compatriotas polacos que habían triunfado sobre el hielo: Nick, Pete Stemkowski, John Miszuk, Eddie Leier entre los de otros tiempos, y Czerkawski, Oliwa y Sidorkiewicz entre los recientes. Había fotografías de ellos en la pared bajo uno de los televisores, parte de un pequeño santuario dedicado a Polonia.