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Una mano en un fogón, y el suave silbido mientras el gas empezaba a salir, como había salido décadas antes en una casa propiedad de una tal Jackie Carr; esperando la chica a que murieran los Faraday, al lado de una ventana abierta justo lo suficiente para que ella pudiera tomar bocanadas de aire nocturno. Y de pronto un ruido en el dormitorio, el cuerpo desplomándose en el suelo: Kathy Faraday, casi vencida por los efluvios, intentando arrastrarse hasta la cocina para apagar el fogón, su marido ya muerto junto a ella. La chica se había visto obligada a sentarse sobre la espalda de Kathy, tapándose la boca para protegerse de las inhalaciones, hasta asegurarse de que la mujer ya no…

Dejando señales; grabando un nombre -su nombre, su verdadero nombre-en lugares donde otros pudieran encontrarlo. No, otros no: el Otro, su Amado, el que a su vez la amaba a ella.

Y la muerte: la muerte mientras las balas penetraban en ella y caía al agua fría; la muerte mientras el Otro se desangraba sobre ella, mientras ella se desmoronaba en el asiento del coche y su cabeza acababa apoyada en el regazo de él. La muerte, una y otra vez, y sin embargo el eterno retorno…

Una mano le tiró del brazo.

– Tú, mala puta, te he dicho…

Pero Emily no lo escuchaba. Aquéllos no eran sus recuerdos. Pertenecían a otra, una que aún no era ella y sin embargo estaba dentro de ella, y por fin comprendió que la amenaza de la que había huido durante tanto tiempo, la sombra que había convertido su vida en tormento, no era una fuerza externa, una agencia existente fuera de ella. Había estado en su interior desde el principio, aguardando el momento de aflorar.

Emily se llevó las manos a la cabeza y se presionó el cráneo a los lados con los puños. Apretó los párpados y los dientes mientras se resistía a las nubes cada vez más espesas, intentando en vano salvarse, aferrarse a su identidad, pero era demasiado tarde. Estaba produciéndose la transformación. Ya no era la chica que en otro tiempo creyó ser, y pronto dejaría de existir para siempre. Se representó la imagen de una mujer ahogándose, tal como se había ahogado Melody McReady luchando para no caer en el olvido, y ella era esa mujer y a la vez la que la mantenía hundida, obligándola a permanecer bajo el agua. La mujer moribunda salió a la superficie por última vez y alzó la vista, y en sus ojos apareció reflejado un ser viejo y terrible, una criatura negra y asexuada con alas oscuras que se desplegaban en su espalda, obstruyendo el paso de toda luz, una cosa tan horrenda que casi era hermosa, o tan hermosa que no tenía cabida en este mundo.

Ello.

Y Emily murió bajo su mano, ahogándose en unas aguas negras, perdida para toda la eternidad. Siempre había estado perdida, desde el mismísimo instante de su nacimiento, cuando ese espíritu extraño y errante eligió su cuerpo como morada, escondiéndose en las sombras de su conciencia, esperando a que la verdad acerca de sí mismo saliera a la luz.

Ahora la criatura en la que se había convertido contempló al hombrecillo que la sujetaba del brazo. Ya no comprendía lo que le decía, sus palabras eran un simple zumbido en los oídos. Daba igual. Sus palabras carecían de importancia. Lo olió y percibió dentro de él la malevolencia causante del hedor que exudaban sus poros. Un maltratador de mujeres. Un hombre rebosante de odio y apetitos extraños y violentos.

Sin embargo no lo juzgó, del mismo modo que no habría juzgado a una araña por devorar a una mosca, o a un perro por devorar un hueso. Eso formaba parte de su naturaleza, y ella encontraba su eco dentro de sí misma.

El hombre le apretó aún más el brazo. Espumarajos de saliva escapaban de su boca, pero ella sólo veía el movimiento de sus labios. Él hizo ademán de levantarse, pero se detuvo. Pareció comprender que algo había cambiado, que lo que consideraba una situación habitual de pronto se había vuelto atrozmente ajena. Ella se desprendió de la mano de aquel hombre y se arrimó a él. Le cogió la cara entre las palmas de las manos y se inclinó para besarlo, plantando la boca abierta en la suya, indiferente al sabor amargo, al aliento fétido, a los dientes podridos y a las encías amarillentas. Él forcejeó un momento, pero nada pudo hacer ante la fuerza de aquella mujer. Ella exhaló dentro de él, con la mirada fija en la suya, mostrándole lo que sería de él después de la muerte.

Shelley no la vio irse, ni Harbaruk, ni ninguno de los otros que trabajaban con ella. Si los recuerdos de esa noche se hubiesen rebobinado y proyectado en una pantalla para que todos ellos vieran lo sucedido, en el momento de marcharse la chica habrían visto una masa grisácea cruzar el bar, una forma vacía con un vago parecido a un ser humano.

El hombre corpulento de la camiseta con la flecha regresó del lavabo. Su amigo estaba sentado donde lo había dejado, de espaldas a la barra, con la mirada perdida, fija en la pared.

– Ya es hora de irse, Ronnie -dijo. Le dio una palmada en la espalda, pero su amigo no se movió-. Eh, Ronnie.

Se situó ante él y enmudeció. Pese a su estado de ebriedad, comprendió que su amigo no tenía salvación.

Ronnie lloraba lágrimas de sangre y agua, y movía los labios formando las mismas palabras una y otra vez. Se le habían reventado los capilares de los ojos y los tenía totalmente enrojecidos, dos soles negros idénticos recortándose contra sus cielos. Aunque hablaba en susurros, su amigo lo oía.

– Lo siento -decía Ronnie-. Lo siento, lo siento, lo siento…

29

A una señal de Epstein, la mujer había servido más café, de nuevo con un poco de leche para mí y solo para él. Entre nosotros seguían los dos símbolos.

– ¿Qué significan? -pregunté.

– Son letras del alfabeto enoquiano, o adámico, transmitidas supuestamente al mago inglés John Dee y sus compañeros a lo largo de varias décadas del siglo XVI.

– ¿Transmitidas?

– Mediante mecanismos ocultos, aunque puede ser una lengua artificial. Sean cuales sean sus orígenes, este primer símbolo es la letra enoquiana «Und», equivalente a nuestra «A». En este caso representa un nombre: Anmael.

Jimmy Gallagher, esforzándose por recordar: «Animal… No, no es eso…».

– ¿Y qué es Anmael?

– Anmael es un demonio, uno de los Grigori, o los «Hijos de Dios» -contestó Epstein-. También se conoce a los Grigori como los «Vigilantes» o «los que nunca duermen». Según ciertos textos apócrifos, y el Libro de Enoc en particular, son seres gigantescos que, en una de las versiones, precipitaron la gran Caída de los ángeles por el pecado de la lujuria.

Levantó las dos manos ante él, pero mantuvo el pulgar de la mano derecha escondido tras la palma.

– Nueve órdenes de ángeles -prosiguió-. Todos asexuados, de conducta irreprochable. -Desplegó el pulgar, añadiéndolo al resto-. La décima orden son los Grigori, diferentes en esencia a los demás, afines al hombre en su forma y apetito sexual, y ésta es la orden que cayó. En el Génesis, son los Grigori quienes ansiaban la carne y «tomaban esposas» de entre las hijas de los hombres. Dichas teorías siempre han sido motivo de disputas. El gran rabino Simeon ben Yohai, alabado sea su nombre, prohibió a sus discípulos hablar de estos asuntos, pero yo, como puede usted ver, no tengo esa clase de escrúpulos.