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– Quizá fuese una persona cercana a usted -aventuré-. Jimmy me habló de la reunión en la clínica. Alguno de los presentes podría haberse ido de la lengua, a propósito o sin querer.

– No, eso es imposible -replicó Epstein, y lo dijo con tal convicción que no lo discutí-. E incluso si yo dudara de ellos, y no es el caso, ninguno estaba al corriente de la gravedad de la amenaza que pesaba sobre Caroline Carr hasta su muerte. Sólo sabían que era una joven en apuros y necesitada de protección. Es posible que se filtrase el secreto de quién era la verdadera madre de usted. Eliminamos los detalles de la hija muerta de Elaine Parker de su historial médico, y ella puso fin a todo contacto con el hospital y el obstetra que la trataron en las fases iniciales del embarazo. Posteriormente se limpiaron los archivos de éstos. Su grupo sanguíneo fue un problema, pero eso debería haber sido un asunto confidencial entre su familia y su médico, y el comportamiento de éste fue irreprochable en todos los sentidos. Por otra parte, advertimos a su padre que debía permanecer siempre alerta, y él rara vez desatendió nuestras advertencias.

– Hasta la noche en que disparó su arma en Pearl River -dije.

– Sí, hasta entonces.

– Usted no tenía que haberle dejado volver allí solo.

– No sabía lo que iba a hacer -respondió Epstein-. Yo quería cogerlos vivos. Así podríamos haberlos retenido y acabado con esto.

Se puso el sombrero y el abrigo e hizo ademán de marcharse.

– Recuerde lo que he dicho. Creo que alguien que conocía a su padre lo traicionó. Puede que también usted corra el riesgo de ser traicionado. Lo dejo al cuidado de su amigo.

Y él y sus guardaespaldas se marcharon y me dejaron con la muda de cabello oscuro que sonrió tristemente antes de empezar a apagar las luces.

Sonó un timbre en algún lugar al fondo de la cafetería, y una bombilla roja empezó a parpadear por encima del mostrador para que la mujer la viera. Ella se llevó un dedo a los labios, indicándome que guardara silencio; luego desapareció detrás de una cortina. Al cabo de unos segundos, con una seña, me pidió que me acercara a ella.

Una pequeña pantalla de vídeo mostraba una figura en el exterior, ante la puerta trasera. Era Louis. Le dije que lo conocía y que podía dejarlo entrar. Ella abrió.

– Hay un coche aparcado delante -dijo Louis-. Por lo visto han seguido a Epstein hasta aquí. Dentro hay dos hombres trajeados. Parecen federales más que policías.

– Podrían habérseme llevado mientras hablaba con Epstein.

– Quizá no sea ésa su intención. Quizá sólo quieran averiguar dónde te alojas.

– A mi casero eso no le gustaría.

– Por eso tu casero está aquí ahora, pelándose de frío.

Di las gracias a la mujer y salí con Louis. Ella cerró la puerta a nuestras espaldas.

– No habla mucho -comentó Louis.

– Es sordomuda.

– Eso lo explica. Pero es guapa, si te gustan calladas.

– ¿Te has planteado alguna vez asistir a un curso de sensibilidad?

– ¿Crees que me serviría de algo?

– Seguramente no.

– Pues ahí tienes.

Al final de la calle, Louis se detuvo y echó un vistazo a la otra esquina. Apareció un taxi. Lo paró y nos marchamos sin que en apariencia nos siguiese nadie. El taxista parecía más interesado en su conversación por Bluetooth que en nosotros, pero, por si acaso, cambiamos de taxi antes de regresar a la seguridad del apartamento.

30

Erróneamente, Jimmy Gallagher siempre había pensado que no sabía guardar secretos. No se correspondía con su manera de ser. Era parlanchín. Le gustaba beber, contar anécdotas. Cuando bebía, se le soltaba la lengua y sus filtros se desintegraban. Decía cosas y se preguntaba de dónde salían, como si se viese desde fuera y oyese hablar a un desconocido. Pero conocía la importancia de mantenerse callado respecto a los orígenes del hijo de Will Parker, e incluso estando como una cuba partes de su propia vida permanecían ocultas. Aun así, después del suicidio de Will se había distanciado del niño y su madre. Más valía estar lejos de ellos, pensaba, que arriesgarse a decir algo delante del chico que pudiera levantar sus sospechas, u ofender a la madre aludiendo a cosas que era mejor dejar ocultas en corazones pesarosos y ya saturados. Y pese a sus muchos defectos, durante los largos años desde que Elaine Parker se marchó a Maine con su hijo ni una sola vez había hablado de lo que sabía.

Pero siempre había sospechado que Charlie Parker iría a buscarlo. Era propio de él cuestionar las cosas, ir en pos de la verdad. Era un cazador y poseía una tenacidad que en último extremo, pensaba Jimmy, le costaría la vida. En algún momento del futuro rebasaría la línea y revolvería asuntos que era mejor no tocar, y algo alargaría la mano y lo destruiría. Jimmy estaba seguro de eso. Quizá su error sería ahondar en la naturaleza de su propia identidad y en el secreto de su ascendencia.

Apuró el vino y jugueteó con la copa, formando dibujos en las paredes con los reflejos de las velas. Quedaba aún media botella al lado del fregadero. Una semana antes se la habría acabado y tal vez habría abierto otra por si acaso, pero ese día no. Parte del deseo de beber más de lo que debía se había extinguido. Era consciente de que tenía que ver con el hecho de haber descargado la conciencia. Había contado a Charlie Parker todo lo que sabía, y ahora estaba absuelto.

Y sin embargo, al confesar, sentía que se había roto un vínculo entre ellos. No era exactamente un lazo de confianza, ya que Charlie y él nunca habían mantenido una estrecha relación, ni la mantendrían. Había percibido que, desde muy temprana edad, el chico se sentía incómodo en su presencia. Pero era cierto que Jimmy nunca había sabido tratar a los niños. Su hermana tenía quince años más que él, y había crecido sintiéndose hijo único. Además, sus padres eran muy mayores cuando él nació. Muy mayores. Se rió. ¿Cuántos años tenían? ¿Treinta y ocho, treinta y nueve? En todo caso, pese a que Jimmy deseara con toda su alma que no fuera así, entre sus padres y él siempre hubo poca comprensión, y la brecha entre ellos se agrandó con los años. Nunca hablaron de su sexualidad, aunque él siempre sospechó que su madre, y quizá también su padre, sabía que él nunca se casaría con ninguna de las chicas que de vez en cuando lo acompañaban a los bailes o al cine.

Y si bien él sí reconocía sus impulsos, nunca los había materializado. En parte por miedo, pensaba. No quería que sus compañeros de trabajo supieran que era homosexual. Ellos eran su familia, su auténtica familia. No quería hacer nada que lo distanciase de ellos. Ahora, jubilado, seguía siendo virgen. Resultaba curioso, pero le costaba establecer una correspondencia entre esa palabra y un hombre de casi setenta años. Describía a jóvenes de ambos sexos a un paso de nuevas experiencias, no a personas mayores. La verdad era que aún se sentía con energía, y a veces todavía pensaba que podría ser -¿agradable?, ¿interesante?- iniciar una relación, pero ése era el problema: no sabía por dónde empezar. No era una novia ruborizada en espera de ser desflorada. Era un hombre con cierto conocimiento de la vida, tanto del lado bueno como del malo. Ya era demasiado tarde, pensaba, para entregarse a alguien con mayor experiencia en cuestiones de sexo y amor.

Cerró herméticamente la botella de vino tinto y la dejó en el frigorífico. Era un truco que había aprendido en la bodega del barrio, y daba resultado siempre y cuando se acordase de dejar el vino a temperatura ambiente durante un rato antes de volver a beber al día siguiente. Apagó las luces, echó el doble cerrojo de las puertas delantera y trasera, y se acostó.

Al principio incorporó el ruido a su sueño, como hacía a veces cuando sonaba el despertador y estaba tan profundamente dormido que en sus sueños empezaban a sonar campanas. En este sueño, una copa de vino caía de la mesa y se hacía añicos contra el suelo. Pero no era su copa de vino, ni era exactamente su cocina, aunque se parecía. Ahora era más amplia y los rincones oscuros se extendían hasta el infinito. Las baldosas del suelo eran las baldosas de la casa donde se había criado, y su madre estaba cerca. La oía cantar, pese a que no la veía.