»No volví a saber nada durante unos quince años. No me extrañó. Al fin y al cabo estaban muertos. Anmael y la mujer, y yo había encontrado maneras de satisfacer mis apetencias sin ellos.
»Un día aparecieron un chico y una chica. Se quedaron vigilando la casa desde un coche. Yo estaba en la bolera y me llamó mi mujer, me dijo que estaba preocupada. Llegué a casa y supe que eran ellos, te lo juro. Lo supe incluso antes de que me enseñaran las marcas en los brazos, antes de que empezaran a hablar de cosas que debían haber ocurrido antes de que ellos nacieran, conversaciones que yo había mantenido con Anmael y la mujer antes de su muerte. En serio, eran ellos, con otra forma. No me quedó la menor duda. Lo veía en sus ojos. Les hablé de mis conjeturas sobre el chico que Will y su mujer estaban criando, pero por lo visto ellos ya lo sospechaban. Por eso habían vuelto. Sabían que el chico aún vivía, que tú aún vivías.
»Así que volví a ayudarlos, y tampoco esta vez acabaron contigo.
Cerró los ojos. Pensé que se había adormilado, pero de pronto habló sin despegar los párpados.
– Lloré cuando tu padre se suicidó -continuó-. Me caía bien, a pesar de que se distanció de mí. Ojalá hubieras muerto en esa clínica. Entonces todo habría terminado allí. Simplemente te resistes a morir. -Volvió a abrir los ojos-. Pero esta vez es distinto. Ya no son chiquillos los que van detrás de ti, y han aprendido de sus errores. Eso es lo que tienen: recuerdan. Cada vez se acercan un poco más a su objetivo, pero ahora es urgente. Quieren que mueras.
– ¿Por qué?
Me miró fijamente con las cejas enarcadas. Parecía encontrar graciosa mi pregunta.
– Creo que ni siquiera ellos lo saben -contestó-. Es como preguntarle a un glóbulo blanco por qué ataca una infección. Está programado para eso: para combatir una amenaza y neutralizarla. Aunque no los míos; yo los tengo jodidos.
– ¿Dónde están?
– Sólo lo he visto a él. El otro, la mujer, no estaba allí. Él la esperaba, atrayéndola hacia sí con la fuerza de su deseo. Son así. Viven el uno para el otro.
– ¿Quién es él? ¿Cómo se hace llamar?
– No lo sé. No lo dijo.
– ¿Vino aquí?
– No, fue cuando yo estaba en el hospital, pero no hace mucho. Me llevó caramelos. Fue como ver a un viejo amigo.
– ¿Le entregaste a Jimmy?
– No, no fue necesario. Lo sabían todo sobre Jimmy desde hacía mucho tiempo.
– Por mediación tuya.
– ¿Y eso qué importa ahora?
– A Jimmy sí le importó. ¿Sabes cuánto sufrió antes de morir?
Eddie movió la mano en un gesto de indiferencia pero no me miró a los ojos.
– Descríbemelo -pedí.
Me indicó otra vez que necesitaba agua, y se la di. Tenía la voz cada vez más ronca a medida que hablaba. Ahora era apenas un susurro.
– No -contestó-. No te lo diré. Además, ¿de verdad crees que algo de esto va a servirte? No te diría nada si creyera que fuera a serte de ayuda. Me traes sin cuidado, y lo que le pasó a Jimmy también. Estoy a punto de dejar esta vida. Me han prometido una recompensa por lo que he hecho. -Levantó la cabeza del almohadón, como para confiarme un gran secreto-. Su señor es bueno y generoso -dijo casi para sí, y volvió a hundirse en la cama, exhausto. Tenía la respiración menos profunda y lo venció el sueño.
Amanda me esperaba al pie de la escalera. Tenía los labios tan apretados que se le formaban arrugas en las comisuras.
– ¿Has conseguido lo que querías de él?
– Sí. La confirmación.
– Es un viejo. Lo que haya hecho en el pasado, sea lo que sea, lo ha pagado sobradamente con su sufrimiento.
– Mira, Amanda, dudo mucho que eso sea así.
Ella se sonrojó.
– Sal de aquí. Lo mejor que has hecho en esta vida ha sido marcharte de este pueblo.
Y eso, al menos, sí era cierto.
33
La mujer que ahora era Emily Kindler sólo de nombre llegó a la terminal de autobuses de Port Authority dos días después del asesinato de Jimmy Gallagher. Tras abandonar el bar había pasado un día entero sola en su pequeño apartamento, ajena al timbre del teléfono, olvidada ya su cita con Chad, a quien había reducido a un mero recuerdo fugaz de otra vida. Llamaron una vez por el portero automático, pero no contestó. Prefirió dedicarse a reconstruir vidas pasadas y a pensar en el hombre a quien había visto en el televisor del bar, y supo que cuando lo encontrara a él, encontraría también a su amado.
Valiéndose de un atizador, se marcó cuidadosamente la carne. Sabía el punto exacto donde aplicarlo, ya que casi veía el dibujo oculto bajo la piel. Al terminar, su brazo exhibía la antigua marca.
A su debido tiempo, partió con destino a la ciudad.
En la estación de autobuses, después de simular durante casi una hora que estaba perdida, por fin alguien la abordó. Mientras se arreglaba por tercera vez en los lavabos de mujeres, una joven no mucho mayor que ella se acercó y le preguntó si se encontraba bien. Se llamaba Carole Coemer, pero todo el mundo la llamaba Cassie. Era rubia, guapa y limpia, y aparentaba diecinueve años pese a tener en realidad veintisiete. Su misión consistía en rastrear la estación de autobuses en busca de recién llegadas, en particular de aquellas que parecían perdidas o solas, y trabar amistad con ellas. Les decía que ella misma acababa de llegar a la ciudad, y las invitaba a un café o a comer algo. Cassie siempre llevaba una mochila, aunque llena de periódicos, con unos vaqueros y un poco de ropa interior y camisetas encima por si tenía que abrirla para convencer a las jóvenes extraviadas más escépticas.
Si no tenían dónde alojarse, o si nadie las esperaba en la ciudad, les proponía que pasaran la noche en casa de un amigo suyo y que al día siguiente ya buscarían un sitio fijo. El amigo de Cassie se llamaba Earle Yiu y tenía varios apartamentos baratos en distintas partes de la ciudad, pero el principal se hallaba en la esquina de la calle Treinta y ocho con la Novena Avenida, encima de un bar mugriento, la Perla Amarilla, también propiedad de Earle Yiu. Era una pequeña broma por parte de Earle, ya que él tenía sangre japonesa, y «Perla Amarilla» sonaba vagamente a «Peligro Amarillo». Earle poseía un don especial para juzgar la vulnerabilidad de las jóvenes, aunque en ese terreno no estaba a la altura de Cassie Coemer, quien, como debía admitir incluso el propio Earle, era una depredadora de primera línea.
Así pues, Cassie llevaba a la chica -o a las chicas, si había sido un día especialmente productivo- a conocer a Earle, y éste les daba la bienvenida, y les encargaba comida a domicilio o a veces, si estaba de humor, les preparaba algo él mismo. Solía ser algo sencillo y rico, como arroz teriyaki. Las invitaba a cerveza y a un poco de hierba, o incluso a algo más fuerte. Luego Earle, si consideraba que la recién llegada era apta y suficientemente vulnerable, les ofrecía a ella y a Cassie el apartamento durante un par de días, diciéndoles que se lo tomaran con calma, que conocía a alguien que necesitaba camareras. Al día siguiente Cassie desaparecía y dejaba sola a la recién llegada.
Al cabo de dos o tres días, Earle cambiaba de talante. Llegaba a primera hora de la mañana, o ya entrada la noche, y despertaba a la chica. Exigía un pago por su hospitalidad, y cuando la chica no pagaba -y nunca podían pagar tanto como para satisfacer a Earle-, él daba el paso siguiente. La mayoría acababa haciendo la calle después de haber sido estrenadas, caso de ser necesario, por Earle y sus compinches, generalmente en alguno de los otros apartamentos de Earle. A las candidatas más prometedoras las vendían a otros o las trasladaban a ciudades y pueblos donde escaseaba la carne nueva. Las más desafortunadas desaparecían sin más de la faz de la tierra, ya que Earle conocía a hombres (y a algunas mujeres) con necesidades muy concretas.