Esa noche sólo había dormido tres o cuatro horas, pero no estaba cansado. Cuanto más pensaba en lo que me había contado Caswell antes de morir, más me convencía de que Raymon Lang había participado en el secuestro de Lucy Merrick. Caswell me había dicho que había visto a Lucy tendida en el suelo, moribunda o ya muerta. La cuestión era: ¿cómo lo sabía Caswell? ¿Cómo pudo verla cuando despertó? Al fin y al cabo, de haber estado en la casa con ella, también él habría muerto. No se había quedado dormido allí. Dormía en su propia casa, y eso significaba que disponía de una manera de observar el interior de la otra casa desde allí. Había una cámara. Las marcas en el rincón indicaban dónde estuvo instalada. ¿Y a quién conocíamos dedicado a la instalación de cámaras? Raymon Lang, con la ayuda de su viejo amigo Jerry Legere, que lamentablemente ya no se encontraba entre nosotros. A-Secure, la empresa para la que trabajaba Lang, también había colocado el sistema de seguridad en casa de Daniel Clay, lo que ahora ya no parecía casualidad. Me pregunté cómo se tomaría Rebecca la noticia de la muerte de su ex marido. Dudaba que la embargase el dolor, pero ¿quién sabía? Había visto a esposas deshacerse en llanto hasta sumirse en un estado de estupor junto al lecho de muerte de maridos que las maltrataban, y a niños llorar como histéricos en los entierros de padres que les habían desgarrado la carne de los muslos y las nalgas con un cinturón. A veces, sospecho, ni siquiera entendían el porqué de sus lágrimas, pero para ellos la pena era una explicación tan válida como cualquier otra.
Supuse que Lang era asimismo el otro implicado en el asesinato de Frank Merrick. Según los testigos presenciales, un coche plateado o gris había abandonado el lugar del crimen, y desde donde yo estaba se veía el Sierra plateado de Lang, resplandeciente entre los árboles. La policía no lo había detectado en la carretera al Refugio de Old Moose cuando se dirigía hacia el norte, pero eso no significaba nada. En el pánico después del tiroteo, la policía debió de tardar un tiempo en recoger las declaraciones de los testigos, y para entonces Lang habría llegado ya a la autopista. Incluso si alguien había informado ya de la presencia del coche en el momento mismo de denunciar el hecho a la policía, Lang habría tenido tiempo para llegar al menos hasta Bingham, y allí habría podido elegir entre tres rutas: la 16 en dirección norte, la 16 hacia el sur, o seguir por la 201. Probablemente habría tomado hacia el sur, pero pasado Bingham había suficientes carreteras secundarias para permitirle evitar, si tenía suerte y conservaba la calma, a docenas de policías.
Aparcado junto a una gasolinera, a unos quince metros al oeste del camino de acceso de Lang, me tomaba un café y leía el Press Herald. Había un Dunkin' Donuts contiguo a la gasolinera, con cabida sólo para un puñado de clientes, por lo que no era raro ver a gente comer en el coche. Por eso mismo, difícilmente llamaría la atención mientras vigilaba la parcela de Lang. Al cabo de una hora, Lang salió de la caravana y la mancha plateada empezó a moverse hacia la carretera principal, donde dobló en dirección a Bath. Segundos después, Louis y Ángel lo siguieron en el Lexus. Yo tenía el móvil a mano por si se trataba de un desplazamiento corto, aunque Lang, camino del coche, cargaba con la caja de herramientas. Aun así, le di media hora, no fuera que decidiese volver por algún motivo, y después dejé mi coche donde estaba y atajé entre los árboles hacia la caravana.
Al parecer, Lang no tenía perro, y mejor así. No es fácil allanar una morada mientras un perro intenta hincarte los dientes en la garganta. La puerta de la caravana no parecía gran cosa, pero yo carecía de la destreza de Ángel para forzar una cerradura. Para ser sincero, es mucho más difícil de lo que parece, y no quería pasarme media hora en cuclillas delante de la puerta de Lang intentando abrirla con una ganzúa y una herramienta de tensión. Antes tenía un rastrillo eléctrico, que cumplía con su cometido igual de bien, pero lo perdí cuando mi viejo Mustang quedó para el arrastre en un tiroteo hacía unos años y ya no me molesté en sustituirlo. De todos modos, la única razón por la que un investigador privado podía llevar un rastrillo en el coche era entrar ilegalmente en una casa ajena, y si la policía llegaba a registrar mi coche por alguna razón, causaría una mala impresión e incluso podía ser motivo para perder la licencia.
No necesitaba la ayuda de Ángel para entrar en la caravana de Lang, porque mi intención era que a Lang no le quedara la menor duda de que alguien había registrado su casa. En el peor de los casos, lo pondría nervioso, y yo lo quería nervioso. A diferencia de Caswell, Lang no parecía la clase de hombre que fuera a buscar una soga cuando las cosas se complicaran. Por el contrario, si la suerte que corrió Merrick servía de indicativo, era de los que contraatacaban. La posibilidad de que Lang no fuera culpable de nada ni siquiera se me pasó por la cabeza.
Llevaba una palanca debajo del abrigo para entrar en la caravana de Lang. La introduje en el resquicio de la puerta y empujé hasta reventar la cerradura. Dentro, lo primero que me llamó la atención fue el calor sofocante. Lo segundo fue el orden, cosa que no esperaba en la caravana de un hombre soltero. A la izquierda había una cocina compacta y, poco más allá, en la parte inferior de la caravana, una mesa rodeada por tres de sus lados de un sofá. A la derecha, justo antes del dormitorio, había una butaca ergonómica y un televisor de pantalla panorámica Sony muy caro, con un DVD, una grabadora DVD y un vídeo de la misma marca debajo. A su lado vi cintas de vídeo y DVD en una estantería: películas de acción, unas cuantas comedias, e incluso un par de clásicos de Bogart y Cagney. Más abajo guardaba una selección de porno en DVD y vídeo. Eché un vistazo a algunos de los títulos, pero tuve la impresión de que era material bastante corriente. No incluía nada relacionado con niños, pero supuse que las películas con niños debían de estar en estuches con carátulas falsas para aparentar otra cosa muy distinta; o eso, o las imágenes mismas estaban insertadas en otras cintas o discos para que no las encontraran en un registro superficial. Encendí el televisor y cogí una película porno al azar, pulsando la tecla de avance rápido por si salía algo fuera de lo normal, pero era, en efecto, lo que anunciaba. Podía haber pasado el día entero revisando todas las películas con la esperanza de encontrar algo, pero no tenía sentido. Además, era un tanto deprimente.
Al lado del televisor había una mesa de ordenador de Home Depot y un PC nuevo. Intenté acceder al ordenador, pero estaba protegido con contraseña. Lo apagué y examiné los libros en los estantes, así como las revistas amontonadas bajo una rinconera. Tampoco allí encontré nada, ni siquiera porno. Era posible que Lang tuviese más material escondido en otra parte, pero después de registrar toda la caravana no encontré el menor rastro. Sólo me quedaba el cesto de la ropa sucia en el cuarto de baño impecable, que parecía lleno de camisetas, calzoncillos y calcetines usados. Lo vacié en el suelo, por si acaso, pero no encontré más que una pila de ropa sucia y olor a sudor rancio. Por lo demás, Lang estaba limpio. Me llevé una decepción, y por primera vez empecé a dudar de mis acciones en relación con él. Tal vez tendría que haber avisado a la policía. Si había material incriminatorio en su ordenador, ellos podían encontrarlo. Además, yo había contaminado la caravana con mi presencia, de modo que aunque encontraran alguna prueba de que Lang había intervenido en el asesinato de Merrick -un bate de béisbol ensangrentado o una palanca manchada-, no haría falta un gran abogado para alegar que yo podía haber colocado allí las armas, eso en el supuesto de que confesase lo que sabía a la policía. De momento, parecía que Lang era un callejón sin salida. Tendría que esperar a ver cómo reaccionaba al allanamiento.
Miré por la ventana para asegurarme de que nadie se acercaba, abrí la puerta y me dispuse a regresar al coche. Sólo cuando pisé la grava y eché un vistazo a la valla, caí en la cuenta de que si bien había registrado el interior de la caravana, no había mirado debajo. La rodeé hasta la parte de atrás, donde no se me veía desde la carretera, y allí me arrodillé y escudriñé entre las estacas.
Debajo de la caravana había un gran contenedor metálico, de entre dos y tres metros de largo y algo más de un metro de alto. Parecía atornillado a la parte inferior. Lo recorrí todo con la linterna y no vi el menor indicio de una puerta, lo que significaba que la única vía de acceso estaba dentro de la caravana. Volví a entrar y examiné el suelo, cubierto de pared a pared con una tupida moqueta marrón que parecía pelo de perro mojado. La palpé con los dedos y noté trozos ásperos y huecos. Hinqué los dedos en uno de los huecos y tiré. Oí cómo crepitaba un cierre de velcro al separarse y la moqueta se desprendió. Tenía ante mí una trampilla de cincuenta por cincuenta centímetros, con cerraduras a ambos lados. Me quité el abrigo y me dispuse a emplear la palanca, pero esta vez no me fue tan fácil como con la puerta. Era de acero y, por mucho que lo intenté, no pude levantarla lo suficiente para acoplar bien la palanca. Me senté en el suelo y analicé mis opciones. Podía dejar las cosas tal como estaban, volver a colocar la moqueta e intentar regresar en otro momento, lo que daría a Lang sobradas oportunidades de retirar todo el material incriminatorio en cuanto viera que alguien había entrado en su casa. Podía llamar a la policía y, en tal caso, habría tenido que explicar quién me había creído que era para allanar una caravana. En el supuesto de que fueran capaces siquiera o estuvieran dispuestos a conseguir una orden para registrar la caravana de Lang, la caja metálica tal vez contenía sólo el manuscrito de su gran novela o los vestidos y las joyas de su difunta madre, y entonces me arriesgaría a una condena de prisión, aparte de todo lo demás.
Telefoneé a Ángel.
– ¿Dónde está?
– En la Fundición Bath -respondió-. Lo veo desde donde nos encontramos. Parece que hay un problema con los monitores del sistema de vigilancia. Está comprobando cables y abriendo trastos. Tiene para rato.
– Inutilizadle el coche -dije-. Basta con dos neumáticos. Luego volved aquí.
Media hora más tarde estaban conmigo en la caravana de Lang. Señalé a Ángel la trampilla en el suelo y se puso manos a la obra. No despegó los labios ni una sola vez, ni siquiera cuando, al cabo de cinco minutos, cedió la primera cerradura y, poco después, la segunda. No habló cuando apareció a la vista una bandeja metálica plana con cintas de vídeo, DVD, cedés y carpetas de plástico con páginas transparentes en el interior, y en cada página imágenes de niños desnudos, a veces con adultos y a veces con otros niños. No habló cuando desprendió la bandeja tirando de un par de asas, una a cada lado, y al levantarla reveló un zulo donde yacía encogida una niña envuelta en varias mantas, entre muñecas viejas, barras de chocolate, galletas y una caja de cereales. Al iluminarla la luz, parpadeó. Ángel no habló cuando vio el cubo que debía usar como retrete, ni la abertura circular en la pared, cubierta por una rejilla, que servía de respiradero en su encierro.
Sólo habló al inclinarse y tender la mano a la niña asustada.
– Tranquila -dijo-. No permitiremos que nadie vuelva a hacerte daño.
Y la niña abrió la boca y soltó un alarido.