Выбрать главу

Rebecca miró la fotografía pero no la tocó. Se le vidriaron los ojos; luego se le humedecieron al contemplar a la niña que fue en otro tiempo.

– ¿Dónde la ha encontrado? -preguntó.

– En la caravana de Raymon Lang.

– ¿Había más?

– Sí, pero ninguna como ésta. Ésta era la única donde se veía la muñeca.

Apretó la foto con la mano, cubriendo la forma del hombre que se alzaba sobre ella de niña, tapando el cuerpo desnudo de Daniel Clay.

– Rebecca -pregunté-, ¿dónde está su padre?

Se levantó y se dirigió a la puerta detrás de la mesa de la cocina. La abrió y pulsó un interruptor. La luz iluminó unos peldaños de madera que descendían al sótano. Sin mirar hacia atrás, empezó a bajar, y yo la seguí.

El sótano se empleaba como trastero. Había una bicicleta, ya demasiado pequeña para su hija, y diversos tipos de cajas, pero todo parecía intacto e inmóvil desde hacía mucho tiempo. Olía a polvo, y el suelo de cemento había empezado a agrietarse en algunos lugares, largas líneas oscuras que se extendían como venas desde un punto en el centro. Rebecca Clay estiró un pie descalzo y señaló el suelo con los dedos de los pies.

– Está ahí abajo -dijo-. Ahí lo dejé.

Ese viernes, ella había estado trabajando en Saco, y cuando volvió a su apartamento se encontró con un mensaje en el contestador. Su canguro, Ellen, que cuidaba a tres o cuatro niños cada día, había tenido que ir al hospital tras una amenaza de infarto, y el marido de Ellen había llamado para decir que, obviamente, no podría recoger a ninguno de los niños en el colegio. Rebecca comprobó su móvil y advirtió que se había quedado sin batería mientras estaba en Saco. En su ajetreo diario, no se había dado cuenta. Por un momento sintió pánico. ¿Dónde estaba Jenna? Telefoneó al colegio, pero todo el mundo se había marchado. Después llamó al marido de Ellen, pero no sabía quién se había llevado a Jenna del colegio. Él le sugirió que se pusiera en contacto con el director, o la secretaria del colegio, ya que habían informado a ambos de que ese día no irían a recoger a Jenna. En lugar de eso, Rebecca telefoneó a su mejor amiga, April, cuya hija, Carole, iba a la misma clase que Jenna. Tampoco ella tenía a Jenna, pero sabía dónde estaba.

– La ha recogido tu padre -dijo-. Por lo visto, la escuela ha encontrado su número en el listín y lo ha llamado al enterarse de lo de Ellen y no poder localizarte a ti. Él se ha presentado y se la ha llevado a su casa. Lo he visto en la escuela cuando ha ido a buscarla. Tu hija está bien, Rebecca.

Pero Rebecca pensó que ya nada volvería a estar bien. Sintió tal pavor que vomitó camino del coche, y vomitó otra vez cuando iba a casa de su padre, arrojando pan y bilis en una bolsa de supermercado mientras esperaba en un semáforo. Cuando llegó a la casa, su padre rastrillaba hojas muertas en el jardín, y la puerta de entrada estaba abierta. Apresuradamente pasó ante él sin dirigirle la palabra y encontró a su hija en la sala de estar, haciendo lo mismo que hacía en ese momento: ver la televisión desde el suelo y comer un helado. No entendía por qué su madre estaba tan alterada, por qué la abrazaba y lloraba y la reñía por estar con su abuelo. Al fin y al cabo, ya había estado otras veces con él, aunque nunca sola, siempre con su madre. Era el abuelo. Él le había comprado patatas fritas y un perrito caliente y un refresco. La había llevado a la playa y habían cogido conchas. Luego le había dado un cuenco enorme de helado de chocolate y la había dejado ver la tele. Había pasado un día agradable, dijo a su madre, aunque habría sido mejor aún si su madre hubiese estado allí con ella.

En ese momento apareció Daniel Clay en la puerta del salón preguntando qué pasaba, como si fuera un abuelo normal y un padre normal, y no el hombre que se había acostado con su hija desde los seis hasta los quince años, siempre amable y delicado, procurando no hacerle daño, y a veces, cuando estaba triste o bebido, disculpándose por la noche que permitió a otro hombre tocarla. Porque él la quería. Siempre se lo decía: «Soy tu padre, y te quiero, y nunca permitiré que eso vuelva a ocurrirte».

Oí las notas graves de la televisión vibrar por encima de nuestras cabezas. Luego quedó en silencio, y supe, por el sonido de sus pasos, que Jenna subía al piso de arriba.

– Es su hora de irse a dormir -explicó Rebecca-. Nunca tengo que decírselo. Se va ella sola a la cama. Le gusta dormir. La dejo cepillarse los dientes y leer un rato y luego voy a darle las buenas noches. Siempre le doy un beso después de acostarse, porqué así sé que está a salvo.

Se recostó contra la pared de ladrillo del sótano y se pasó los dedos por el pelo, apartándoselo de la frente y dejando laxara al descubierto.

– Él no la había tocado -dijo-. Había hecho exactamente lo que ella dijo que había hecho, pero entendí lo que ocurría. Hubo un momento, justo antes de pasar a su lado y llevarme a Jenna a casa, en que lo vi en sus ojos, y él supo que yo lo vi. Se sentía tentado por ella. Todo volvía a empezar. Él no tenía la culpa. Era una enfermedad. Estaba trastornado. Era como un mal que había permanecido en estado latente, y de pronto resurgía.

– ¿Por qué no se lo ha contado a nadie? -pregunté.

– Porque era mi padre y lo quería -contestó. No me miraba al hablar-. Supongo que le parecerá ridículo después de lo que me hizo.

– No -respondí-. Ya nada me parece ridículo.

Hurgó el suelo con el pie.

– Pues es la verdad, por si sirve de algo. Yo lo quería. Lo quería tanto que esa noche volví a la casa. Dejé a Jenna con April. Le dije que tenía trabajo y le pregunté si Jenna podía quedarse a dormir con Carole. Lo hacían a menudo, así que no era nada anormal. Luego vine aquí. Mi padre abrió la puerta y le dije que teníamos que hablar sobre lo ocurrido ese día. Él se rió como restándole importancia. Estaba trabajando en el sótano y yo lo seguí hasta aquí abajo. Iba a poner un suelo nuevo, y ya había empezado a levantar el cemento antiguo. Por entonces ya habían empezado a correr los rumores y prácticamente se había visto obligado a anular todas sus citas. Estaba convirtiéndose en un verdadero paria, y lo sabía. Intentaba disimular el disgusto que eso representaba para él. Decía que así tendría tiempo para hacer toda clase de trabajos en casa con los que venía amenazando desde hacía tiempo.

»Así que siguió levantando el cemento del suelo mientras yo le chillaba. Pero él se negaba a escucharme. Era como si yo me lo estuviera inventando todo, todo lo que me había pasado, todo lo que me había hecho y lo que, empezaba a sospechar, quería volver a hacer, pero esta vez a Jenna. Sólo decía que todo lo que había hecho lo había hecho por amor. "Eres mi hija", decía. "Te quiero. Siempre te he querido. Y también quiero a Jenna."

»Y cuando dijo eso, algo se rompió dentro de mí. Él tenía un pico en las manos y, haciendo palanca, intentaba levantar una placa de cemento. Vi un martillo en el estante a mi lado. Estaba de espaldas a mí y le golpeé en la coronilla. No se desplomó, no en un primer momento. Sólo se agachó y se llevó la mano al cuero cabelludo, como si se hubiese dado contra una viga. Le di un segundo martillazo y cayó. Creo que le golpeé otras dos veces. Empezó a desangrarse en la tierra y lo dejé allí. Subí a la cocina. Tenía la cara y las manos salpicadas de sangre y me lavé. También limpié el martillo. Quedaban restos de pelo, recuerdo, y tuve que retirarlos con los dedos. Lo oí moverse en el sótano, y creí que intentaba decir algo, pero no pude volver a bajar.