– Nada -respondí-. No pasará nada.
Levantó la cabeza.
– ¿No va a decírselo a la policía?
– No.
No había nada más que decir. La dejé en el sótano, sentada al pie de la tumba que ella había cavado para su padre. Subí al coche y me alejé acompañado por el murmullo del mar, como un número infinito de voces que me ofrecía callado consuelo. Fue la última vez que oí el mar en aquel lugar, ya que nunca regresé allí.
37
Quedaba otro vínculo, otra conexión por explorar. Después de Galaad, conocía la conexión que existía entre Legere y Lang, y a su vez la conexión que existía entre Lang y, por un lado, Galaad, y por otro Daniel Clay. No era sólo un lazo personal, sino también profesionaclass="underline" la empresa de seguridad, A-Secure.
Joel Harmon estaba en su jardín cuando llegué, y fue Todd quien abrió la puerta y me acompañó al atravesar la casa para reunirme con él.
– Tienes pinta de haber pasado un tiempo en el ejército, Todd -comenté.
– Debería romperte la cara por eso -contestó con buen talante-. En la marina. Cinco años. Era encargado de señales, y desde luego se me daba bien.
– ¿Os tatuáis en la marina?
– Por supuesto -respondió. Se arremangó la chaqueta y reveló en el brazo derecho una enmarañada masa de anclas y sirenas-. Soy muy tradicional. -Dejó caer la manga-. ¿Lo preguntas por algo?
– Simple curiosidad. Me fijé en cómo manejabas la pistola la noche de la fiesta. Daba la impresión de que no era la primera vez que empuñabas una.
– Ya, bueno, el señor Harmon es un hombre rico. Quería a alguien que cuidase de él.
– ¿Has tenido que cuidar de él alguna vez, Todd? -pregunté.
Se detuvo cuando llegamos al jardín y me miró de hito en hito.
– Todavía no -contestó-. No en el sentido a que se refiere.
Ese día los hijos de Harmon estaban en casa, y Harmon, en medio del jardín, les señalaba los cambios que esperaba introducir en las flores y los arbustos llegada la primavera.
– Le encanta el jardín -comentó Todd siguiendo la dirección de mi mirada y, al parecer, impaciente por abandonar el tema de la pistola y sus obligaciones, reales o potenciales, respecto a Harmon-. Todo lo que hay ahí lo ha plantado él mismo, o ayudado a plantarlo. También los chicos le echaron una mano. El jardín es tan de ellos como de él.
Pero yo no miraba a Harmon, ni a sus hijos, ni al jardín. Miraba las cámaras de vigilancia que permanecían atentas en el jardín y en las entradas de la casa.
– Parece un sistema caro -le indiqué a Todd.
– Lo es. Las propias cámaras pasan de imagen en color a blanco y negro cuando la iluminación es escasa. Tienen funciones de enfoque y zoom, direccionamiento horizontal y vertical, conmutador de modo cuádruple, que permite ver las imágenes de todas las cámaras de forma simultánea. Hay monitores en la cocina, en el despacho del señor Harmon, en el dormitorio y en mis dependencias. Nunca se es demasiado precavido.
– No, supongo que no. ¿Quién instaló el sistema?
– Una empresa llamada A-Secure, de South Portland.
– Ajá. Allí trabajaba Raymon Lang, ¿no?
Todd dio un respingo, como si acabara de recibir una suave descarga eléctrica.
– Sí, supongo. -La muerte de Lang y el descubrimiento de la niña bajo su caravana había sido noticia de primera plana. Difícilmente podía haberle pasado inadvertida a Todd.
– ¿Ha estado aquí alguna vez, para revisar el sistema, quizá? Seguro que necesita mantenimiento una o dos veces al año.
– No sabría decirte -respondió Todd. Ya estaba a la defensiva, preguntándose si había hablado más de la cuenta-. A-Secure manda a alguien regularmente como parte del contrato, pero no siempre es el mismo técnico.
– Claro. Eso cuadra. Tal vez Jerry Legere vino aquí en lugar de él. Me imagino que la compañía tendrá que buscar a otro que cuide del sistema, ahora que los dos están muertos.
Todd no contestó. Hizo ademán de acompañarme hasta donde estaba Harmon, pero le dije que no era necesario. Abrió la boca para protestar, pero levanté la mano y volvió a cerrarla. Tenía inteligencia suficiente para saber que estaba sucediendo algo que él no acababa de entender, y lo mejor que podía hacer era observar y escuchar, e intervenir sólo en caso de absoluta necesidad. Lo dejé en el porche y crucé el jardín. Pasé al lado de los hijos de Harmon cuando ellos volvían a la casa. Me miraron con curiosidad, y el hijo de Harmon pareció a punto de decir algo, pero los dos se relajaron un poco cuando les sonreí a modo de saludo. Eran chicos atractivos: altos, sanos, bien vestidos, aunque de manera informal, en distintos tonos de Abercrombie & Finch.
Harmon no me oyó acercarme. Estaba arrodillado junto a un arriate del jardín alpino, salpicado de piedra caliza erosionada, las rocas firmemente engastadas en la tierra, con la veta hacia dentro, y esquirlas de piedra esparcidas alrededor. Entre las rocas asomaban plantas de escasa altura, de hojas violáceas y verdes, plateadas y broncíneas.
Mi sombra se proyectó sobre Harmon y levantó la vista.
– Señor Parker -dijo-. No esperaba compañía, y se ha presentado usted a hurtadillas por mi lado malo. No obstante, ya que está aquí, me da la oportunidad de disculparme por lo que le dije por teléfono la última vez que hablamos.
Se levantó con cierta dificultad. Le ofrecí mi mano derecha y la aceptó. Cuando lo ayudé a ponerse en pie, le sujeté el brazo con la mano izquierda, le remangué la camisa y el jersey para dejar a la vista el antebrazo. Por un instante alcancé a ver las garras de un ave en su piel.
– Gracias -dijo. Vio en qué me estaba fijando y se bajó la manga.
– Nunca le he preguntado cómo perdió el oído -señalé.
– Es un poco bochornoso -contestó-. Siempre oí un poco peor del lado izquierdo. No era muy grave, y no representaba un obstáculo en mi vida. Quería combatir en Vietnam. No quería esperar a que me llamaran a filas. Tenía veinte años y rebosaba entusiasmo. Me mandaron a Fort Campbell para la instrucción básica. Esperaba incorporarme al 173 Regimiento Aerotransportado. Ya sabe, el 173 fue la única unidad que llevó a cabo un asalto por aire a una posición enemiga en Vietnam. La Operación Junction City en el sesenta y siete. Yo habría podido participar, pero un obús estalló demasiado cerca de mi cabeza en el periodo de instrucción. Me destrozó el tímpano. Me dejó casi sordo de un oído y me afectó al sentido del equilibrio. Me dieron de baja, y eso fue lo más cerca que estuve del combate. Me faltaba una semana para acabar la instrucción.
– ¿Fue allí donde se tatuó?
Harmon se frotó la camisa en la parte del brazo donde tenía el tatuaje, pero no volvió a enseñar la piel.
– Sí, pequé de optimismo. Puse la carreta antes que los bueyes. No
pude añadir debajo los años de servicio. Ahora me abochorna. No lo enseño mucho. -Me escrutó-. Veo que ha venido cargado de preguntas.
– Tengo más. ¿Conocía usted a Raymon Lang, señor Harmon?
Se paró a pensar por un momento, y lo observé.
– ¿Raymon Lang? ¿No es el hombre al que ha matado la policía de un tiro en Bath? ¿El que tenía a la niña escondida debajo de su caravana? ¿Por qué habría de conocerlo?
– Trabajaba para A-Secure, la empresa que instaló su sistema de vigilancia. Se dedicaba al mantenimiento de cámaras y monitores. Pensé que tal vez usted lo había conocido por su trabajo.
Harmon se encogió de hombros.
– Es posible. ¿Por qué?
Me volví y miré hacia la casa. Todd hablaba con los hijos de Harmon. Los tres me observaban. Recordé un comentario de Christian, que sostenía que un pederasta podía cebarse en los hijos de los demás y sin embargo no tocar nunca a los suyos, que su familia podía ignorar por completo sus impulsos, cosa que le permitía preservar la imagen de padre y marido afectuoso, una imagen que, en cierto sentido, era a la vez verdadera y falsa. Cuando hablé con Christian, era a Daniel Clay a quien tenía en mente, pero me equivocaba. Rebecca Clay sabía exactamente cómo era su padre, pero había otros niños que no lo sabían. Acaso hubiera muchos hombres con águilas tatuadas en el brazo derecho, incluso hombres que habían abusado de niños, pero los vínculos entre Lang y Harmon y Clay, por endebles que fuesen, eran innegables. ¿Cómo sucedió?, me pregunté. ¿Cómo llegaron a reconocer Lang y Harmon que había algo en el otro, que tenían una debilidad parecida, una avidez compartida por los dos? ¿Cuándo decidieron abordar a Clay y usarlo como medio de acceso para seleccionar a aquellos que eran especialmente vulnerables, o a aquellos a quienes tal vez nadie creería si presentaban acusaciones de abusos? ¿Sacó el tema Harmon cuando Clay, aquella noche de borrachera, le permitió abusar de Rebecca? ¿Lo utilizó Harmon como medida de presión contra el psiquiatra? Ya que era él el segundo hombre que estuvo en la casa la noche en que Daniel Clay, por primera y última vez, compartió a su hija con otro, y en su estado de ebriedad permitió que se sacaran fotos del encuentro. Empleándolas con cautela, Harmon habría podido arruinar la vida a Clay con ellas asegurándose al mismo tiempo de que él quedaba con las manos en apariencia limpias. Incluso habría bastado con un envío anónimo por correo a la policía o al colegio de médicos.