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¿O fue necesario siquiera chantajear a Clay? ¿Compartieron con él las pruebas de los abusos cometidos? ¿Fue así como alimentó sus propios deseos cuando dejó de atormentar a su propia hija, al hacerse mayor, antes de que resurgieran esos viejos impulsos, como Rebecca vio en su cara al empezar a florecer su hija?

Me volví otra vez hacia Harmon. Le había cambiado la expresión. Era el rostro de un hombre que sopesaba los pros y los contras, que evaluaba hasta qué punto debía arriesgarse y exponerse.

– Señor Parker -dijo-, le he hecho una pregunta.

No le hice caso.

– ¿Cómo lo hicieron? -proseguí-. ¿Qué los unió a usted y a Lang, a Caswell y a Legere? ¿La mala suerte? ¿La admiración mutua? ¿Qué fue? Luego, después de la desaparición de Clay se agotó el suministro, ¿no? Entonces tuvieron que buscar en otra parte, y eso los puso en contacto con Demarcian y sus amigos de Boston, y quizá también con Mason Dubus, ¿o lo habían visitado ya mucho tiempo antes, usted y Clay? ¿Se arrodillaron a sus pies y lo veneraron? ¿Le hablaron de su Proyecto: los abusos sistemáticos a los niños más vulnerables, los trastornados, o aquellos con menos credibilidad, todos seleccionados gracias a la información directa de Clay?

– Ándese con cuidado -advirtió Harmon-. Ándese con mucho cuidado.

– Vi una foto -dije-. Estaba en la caravana de Lang. Era la foto de un hombre abusando de una niña. Sé quién era esa niña. La foto no sirve de mucho, pero basta como punto de partida. Seguro que la policía tiene toda clase de métodos para comparar una foto de un tatuaje con una señal real en la piel.

Harmon sonrió. Era una sonrisa desagradable y malévola, como una herida abriéndose en la cara.

– ¿Ha averiguado lo que le ocurrió a Daniel Clay, señor Parker? Yo siempre he tenido mis sospechas sobre su desaparición, pero nunca las he expresado en voz alta por respeto a su hija. ¡A saber qué aparecería si yo empezase a hurgar en los rincones! Puede que también yo encontrase fotos, y quizá reconociese también a la niña de esas imágenes. Si mirara con la atención suficiente, tal vez incluso reconocería a uno de los autores de los abusos contra ella. Su padre era un hombre de un aspecto muy característico, pura piel y huesos. Si descubriese algo así, tendría que entregárselo a las autoridades correspondientes. Al fin y al cabo, esa niña sería ahora una mujer, una mujer con sus propios problemas y tormentos. Tal vez esa mujer necesitase ayuda, o una terapia. Podrían salir muchas cosas a la luz, muchas cosas. Cuando se empieza a escarbar, señor Parker, nunca se sabe qué esqueletos aparecerán.

Oí unos pasos detrás de mí, y la voz de un joven preguntó:

– ¿Todo en orden, papá?

– Todo en orden, hijo -contestó Harmon-. El señor Parker está a punto de marcharse. Lo invitaría a comer, pero sé que tiene cosas que hacer. Es un hombre ocupado. Tiene mucho en que pensar.

No dije nada más. Me alejé y dejé atrás a Harmon y su hijo. Su hija se había ido, pero una figura nos miraba a todos desde una de las ventanas del piso superior. Era la señora Harmon. Llevaba un vestido verde y el rojo de sus uñas contrastaba con el blanco de la cortina que mantenía apartada del cristal. Todd me siguió por la casa para asegurarse de que me iba. Ya casi estaba en la puerta cuando la señora Harmon apareció en el rellano por encima de su cabeza. Me dirigió una sonrisa vacua, aparentemente extraviada en una bruma farmacológica, pero la sonrisa no fue más allá de sus labios, y en sus ojos se reflejaron cosas inefables.

Séptima parte

y lo que quiero saber es

si le gusta su niño de ojos azules

Señor Muerte

e.e. cummings, El finado Buffalo Bill

Epílogo

Durante unos días no pasó nada más. La vida volvió a ser poco más o menos como antes. Ángel y Louis regresaron a Nueva York. Yo volví a pasear a Walter, y atendí las llamadas de gente que quería contratar mis servicios. Rechacé todos los casos. Estaba cansado, y me había quedado un mal sabor de boca del que no podía librarme. Incluso la casa estaba en silencio, como si aquellas presencias que lo vigilaban todo aguardaran a ver qué ocurría.

La primera carta no me pilló de sorpresa. Me comunicaba que habían retenido mi pistola como prueba de la comisión de un delito y que posiblemente me sería devuelta al cabo de un tiempo. Me dio igual. No quería recuperarla, no en ese momento.

Las siguientes dos cartas llegaron casi simultáneamente por correo urgente. La primera, de la jefatura de policía del estado, me informaba de que se había presentado ante el Tribunal del Distrito una solicitud para retirarme la licencia de investigador privado con efecto inmediato por fraude y engaño en relación con mi trabajo, así como por hacer declaraciones falsas. La solicitud procedía de la policía del estado. El tribunal había concedido una suspensión temporal y a su debido tiempo se celebraría una vista, en la cual tendría ocasión de defenderme.

La segunda carta también era de la jefatura de policía del estado, en ella se me notificaba que me retiraban el permiso de armas en espera del resultado de la vista, y que debía devolverla, junto con cualquier otra documentación pertinente, a la jefatura. Después de todo lo que me había ocurrido, y de todo lo que yo había hecho, mi mundo se iba a pique al finalizar un caso en el que ni siquiera había disparado un arma.

Me pasé los días posteriores a la recepción de las cartas fuera de casa. Viajé a Vermont con Walter y estuve dos días con Rachel y Sam, alojado en un hotel a unos kilómetros de la casa. La visita transcurrió sin incidentes, y sin una palabra áspera entre nosotros. Era como si las palabras pronunciadas por Rachel en nuestro último encuentro hubiesen despejado el aire. Le conté lo sucedido, incluso que me habían retirado la licencia y el permiso. Me preguntó qué iba a hacer y le contesté que no lo sabía. El dinero no era un problema grave, todavía no. Los pagos de la hipoteca eran módicos, ya que la mayor parte del coste de adquisición se había cubierto con el dinero que había pagado el Servicio de Correos estadounidense por las tierras de mi abuelo y la vieja casa que allí se alzaba. Pero tendría facturas que pagar, y quería seguir ayudando a Rachel con la manutención de Sam. Me dijo que no me preocupara mucho por eso, si bien comprendía por qué era importante para mí. Cuando me disponía a marcharme, Rachel me abrazó y me besó con ternura en los labios, y la saboreé y ella me saboreó a mí.