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– ¿Acaso tiene usted alma? -susurró-. En cuanto al paradero de su mujer y su hija, están allí donde usted las deja.

Se agachó ante mí y me envolvió con su hedor al pronunciar sus palabras finales.

– Lo eliminé mientras usted estaba en la cena para que tuviese una coartada. Ése es mi último regalo a usted, señor Parker, y mi última indulgencia.

Se levantó y se marchó, y cuando yo me puse en pie, él ya no estaba. Me fui a mi coche y volví a casa, y pensé en lo que había dicho.

Joel Harmon desapareció esa noche. Todd estaba enfermo y Harmon había ido solo en coche a una reunión municipal en Falmouth, donde entregó un talón por veinticinco mil dólares como parte de una campaña destinada a comprar minibuses para una escuela local. Su coche apareció abandonado en Wildwood Park, y nunca se le volvió a ver.

Poco después de las nueve de la mañana del día siguiente recibí una llamada. La persona al otro lado de la línea no se identificó, pero me comunicó que el juez Hight acababa de firmar una orden de registro de mi propiedad, que autorizaba a la policía del estado a buscar cualquier arma de fuego sin licencia. Llegarían a mi casa en menos de una hora.

Cuando llegaron, con Hansen al frente, recorrieron todas las habitaciones. Consiguieron abrir el panel en la pared detrás del que antes guardaba las armas que había conservado a pesar de la retirada del permiso, pero las había envuelto en hule y plástico y echado en el estanque al fondo de mi propiedad, sujetas con una cuerda a una roca de la orilla, así que sólo encontraron polvo. Incluso buscaron en el desván, pero no se quedaron allí mucho rato, y cuando los hombres uniformados descendieron de allí, vi en sus rostros que agradecían abandonar aquel espacio frío y oscuro. Hansen no me dirigió la palabra desde el momento en que me entregó la orden hasta el momento en que el registro se dio por concluido. Sus últimas palabras fueron:

– Esto no ha terminado.

Cuando se marcharon, empecé a vaciar el desván. Retiré cajas y maletas sin mirar siquiera el contenido y las arrojé al rellano antes de bajarlas hasta el trozo de tierra desnuda y piedras en el extremo de mi jardín. Abrí la ventana del desván y dejé entrar a raudales el aire frío, y quité el polvo del cristal eliminando las palabras que seguían allí. Luego continué con el resto de la casa, limpiando todas las superficies, abriendo los armarios y aireando las habitaciones, hasta que todo estuvo en orden y dentro hacía tanto frío como fuera.

Están allí donde usted las deja.

Me pareció sentir su indignación y su rabia, o quizá todo estuviera dentro de mí, e incluso mientras lo purgaba luchaba por sobrevivir. Al ponerse el sol encendí una hoguera, y observé cómo el dolor y los recuerdos se elevaban hacia el cielo formando humo gris y fragmentos carbonizados que se convertían en polvo cuando se los llevaba el viento.

– Lo siento -susurré-. Siento haberos fallado de tantas maneras. Siento no haber estado allí para salvaros, o morir con vosotras. Siento haberos retenido junto a mí durante tanto tiempo, atrapadas en mi corazón, atadas por la pena y el remordimiento. También yo os perdono. Os perdono por abandonarme, y os perdono por volver. Perdono vuestra ira y vuestra aflicción. Que esto sea el final. Que esto sea el final de todo.

»Ahora tenéis que iros -dije en voz alta a las sombras-. Es hora de marcharos.

Y a través de las llamas vi resplandecer la marisma, y el claro de luna iluminó dos siluetas sobre el agua rielando en el calor del fuego. Después se volvieron y otras se unieron a ellas, una hueste viajando hacia delante, un alma tras otra, hasta que se perdieron por fin en el triunfal embate de las olas.

Esa noche, como invocada por el fuego, Rachel llamó a la puerta de la casa que en otro tiempo compartimos, y Walter enloqueció al reconocerla. Dijo que estaba preocupada por mí. Conversamos y comimos, y bebimos un poco demasiado vino. Cuando desperté a la mañana siguiente, ella dormía junto a mí. Yo no sabía si eso era un principio o un final, y el miedo me impedía preguntarlo. Se marchó antes del mediodía, con sólo un beso y palabras sin decir en los labios.

Y lejos de allí, un coche se detuvo frente a una casa anodina en una tranquila carretera comarcal. Se abrió el maletero y de dentro sacaron a un hombre, que cayó al suelo antes de que lo pusieran en pie de un tirón, con los ojos vendados, amordazado, maniatado con un alambre que se le había hincado en las muñecas, con las manos manchadas por la sangre de las heridas, las piernas atadas del mismo modo por encima de los tobillos. Intentó permanecer de pie, pero casi se desplomó cuando la sangre empezó a correr por sus miembros débiles y acalambrados. Notó unas manos en las piernas, y que le cortaban el alambre para permitirle andar. De pronto se echó a correr, pero lo zancadillearon y una voz le dijo al oído una única palabra con olor a nicotina:

– No.

Lo pusieron en pie una vez más y lo llevaron al interior de la casa. Se abrió una puerta y lo hicieron bajar por unos peldaños de madera. Tocó con los pies un suelo de piedra. Caminó un poco, hasta que la misma voz le ordenó que se detuviera y lo obligó a arrodillarse. Oyó que se movía algo, como si levantaran una tabla delante de él. Le quitaron la venda de los ojos, también la mordaza, y vio que estaba en un sótano vacío, salvo por un viejo armario en un rincón, con las dos puertas abiertas para revelar los objetos del interior, aunque estaban demasiado lejos para que él los distinguiera en la penumbra.

En el suelo ante él había un hoyo, y le pareció que olía a sangre y carne pasada. El hoyo no era profundo, quizá de alrededor de dos metros, y el fondo estaba cubierto de piedras y rocas y fragmentos de pizarra. Parpadeó, y por un momento tuvo la impresión de que el hoyo era más profundo, como si el lecho de piedras de algún modo estuviese suspendido encima de un abismo mucho mayor. Notó unas manos en las muñecas, y le quitaron el reloj, su preciado Patek Philippe.

– ¡Ladrón! -gritó-. Usted no es más que un ladrón.

– No -contestó la voz-. Soy un coleccionista.

– Pues quédeselo -dijo Harmon. Tenía la voz ronca por la sed, y se sentía débil y mareado después del largo viaje en el maletero del coche-. Quédeselo y déjeme ir. También tengo dinero. Puedo pedir que le manden una transferencia a donde usted quiera. Puede retenerme hasta que lo tenga en sus manos, y le prometo que recibirá el doble cuando esté en libertad. Por favor, déjeme ir. No sé qué le he hecho, pero perdóneme.

La voz le habló otra vez junto al oído sano. Aún no había visto a aquel hombre. Había recibido el golpe por detrás cuando se dirigía a su coche y se había despertado después en el maletero. Le pareció que habían viajado muchas, muchas horas, y una sola vez se detuvieron para que el hombre llenara el depósito. Y eso ni siquiera lo habían hecho en una gasolinera, ya que no había oído el sonido del surtidor, ni el ruido de otros coches. Supuso que el secuestrador llevaba latas en el asiento trasero del vehículo para no tener que repostar en un lugar público y arriesgarse a que su cautivo alborotara y atrajera la atención.

Ahora estaba arrodillado en un sótano polvoriento, con la mirada fija en un hoyo en el suelo, que era a la vez poco profundo y muy profundo, y una voz le decía:

– Está condenado.

– No -contestó Harmon-. Se equivoca.

– Se le ha declarado en falta, y tendrá que pagarlo con su vida. Tendrá que pagarlo con su alma.

– No -repitió Harmon con voz más aguda-. ¡Es un error! Está cometiendo un error.

– No hay ningún error. Sé lo que ha hecho. Ellos lo saben.

Harmon fijó la vista en el hoyo y vio a cuatro figuras que lo miraban desde el fondo, sus ojos eran agujeros oscuros en contraste con la piel fina y apergaminada que cubría sus cráneos, sus bocas se veían negras y arrugadas y abiertas. Unos dedos fuertes lo agarraron por el pelo y lo obligaron a echar atrás la cabeza dejando el cuello expuesto. Sintió algo frío en la piel, y a continuación la hoja le cortó la garganta y una lluvia de sangre cayó en el suelo y en el hoyo, salpicando los rostros de los hombres abajo.