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– ¿Tienes alguna opinión al respecto?

– Sólo hay dos puntos de vista: o estuvo implicado, o no. Si lo estuvo, no hay más que decir. Si no lo estuvo…, en fin, no soy una experta, pero ya de entrada no debió de ser fácil hacer hablar a esos niños de lo que les pasó. Quizás el hecho de ser víctimas de abusos por segunda vez los llevó sencillamente a replegarse más en su caparazón. La verdad es que no lo sé.

– ¿Llegaste a conocer a Clay?

– Nos veíamos aquí y allá. Intenté hablar con él durante una cena en la que coincidimos los dos, pero no estuvo muy comunicativo. Era un hombre callado y distante, de voz apagada. Parecía abrumado por la vida. Eso debió de ser poco antes de su desaparición, así que, en ese caso, es posible que las apariencias no engañaran.

Interrumpió nuestra conversación para dar instrucciones a una joven que colgaba un lienzo junto a una ventana.

– ¡No, no, está al revés!

Miré el lienzo, que parecía una pintura de barro, y de un barro no muy bonito. La joven miró el lienzo, luego me miró a mí.

– ¿Cómo lo sabes? -pregunté, y oí el eco de mis palabras. La joven y yo hablamos exactamente al mismo tiempo. Me sonrió y le devolví la sonrisa. A continuación hice un cálculo aproximado de la diferencia de edad entre las dos y decidí que debía limitarme a sonreír a personas nacidas antes de 1980.

– Ignorantes -dijo June.

– ¿Qué se supone que es? -le pregunté.

– Un abstracto sin título.

– ¿Significa eso que el artista tampoco sabe qué es?

– Posiblemente -admitió June.

– Volviendo a Daniel Clay, me has dicho que los coleccionistas de su obra casi seguro que lo conocían en persona. ¿Tienes idea de quiénes podrían ser?

Se acercó al rincón y rascó a su perro detrás de la oreja con expresión ausente. El perro volvió a ladrarme, sólo para quitarme de la cabeza cualquier intención de acercarme.

– Joel Harmon es uno de ellos.

– ¿El banquero?

– Sí. ¿Lo conoces?

– De oídas -respondí.

Joel Harmon era el presidente jubilado del BIP, el Banco de Inversión de Portland. A él, entre otros, se atribuía el mérito de haber renovado el Puerto Antiguo durante los ochenta, y su fotografía aparecía aún en los periódicos siempre que la ciudad celebraba algo, normalmente con su mujer del brazo y una muchedumbre de entusiastas admiradores alrededor, excitados todos por el olor residual de los billetes nuevos. Su popularidad podía achacarse sin duda a su riqueza, a su poder, y la atracción que, por lo común, ejercen esos dos elementos en aquellos que tienen considerablemente menos tanto de lo uno como de lo otro. Se rumoreaba que tenía «ojo para las mujeres», pese a que su aspecto físico ocupaba una posición muy baja en su lista de atributos, probablemente en algún punto entre «es capaz de seguir una melodía» y «sabe preparar espaguetis». Yo lo había visto alguna vez, pero nunca nos habían presentado.

– Daniel Clay y él eran amigos. Es posible que se conocieran en la universidad. Sé que Joel compró un par de cuadros de Clay después de su muerte, y recibió otros como regalo en vida de éste. Supongo que pasó la prueba de idoneidad de Clay. Clay era muy puntilloso con las personas a las que vendía o regalaba su obra. No sé por qué.

– No te gustaban nada sus cuadros, ¿verdad?

– Ni él, supongo. Me ponía nerviosa. Se le notaba una especial falta de alegría. Por cierto, esta semana Joel Harmon da una fiesta en su casa. Las organiza con regularidad, y yo siempre estoy invitada. Le he puesto en contacto con varios artistas interesantes. Es un buen cliente.

– ¿Me estás pidiendo que sea tu acompañante?

– No, me ofrezco a ser yo tu acompañante.

– Eso me halaga.

– Como ha de ser. Quizá puedas ver algún cuadro de Clay. Pero sé bueno y procura no ofender mucho a Joel. Tengo que pagar mis facturas.

Le aseguré a June que me comportaría lo mejor posible. No pareció impresionada.

4

Volví a Scarborough y me libré del Saturn. Al volante del Mustang me sentí de inmediato diez años más joven, o diez años menos maduro, que no era lo mismo ni remotamente. Telefoneé a Rebecca para confirmar que saldría a la hora acordada y le pedí que buscara a alguien que la acompañara hasta el coche. Tenía que ver un local vacío en Longfellow Square, de modo que la esperé en el aparcamiento detrás del estanco de Joe. Había allí estacionados otros quince o dieciséis coches, ninguno de ellos ocupado. Encontré un sitio desde donde veía Congress y la plaza, me compré un sándwich de pollo a la plancha con pimiento verde en el mostrador que tenía Joe para bocadillos y me lo comí en el coche mientras esperaba a Rebecca. Un par de mendigos con carritos de supermercado fumaban en el callejón junto al aparcamiento. Ninguno de los dos coincidía con la descripción del hombre que seguía a Rebecca.

Ella me llamó cuando pasaba por delante de la estación de autobuses de St. John, y le dije que aparcara frente al edificio que iba a visitar. La mujer que se proponía alquilar el local esperaba en la puerta cuando ella llegó. Las dos entraron juntas y cerraron sin percances. Las cristaleras del escaparate eran amplias y estaban limpias, y yo veía a las dos mujeres claramente desde donde me encontraba.

No me fijé en el hombre bajo y robusto hasta que, con gestos extraños, encendió un cigarrillo. Como salido de la nada, se había acomodado en una de las vallas metálicas de protección, fuera del aparcamiento. Sosteniendo el cigarrillo verticalmente entre el pulgar y el índice de la mano derecha, lo hacía girar con delicadeza, tal vez para aspirar luego el humo con más facilidad, y tenía la atención puesta en las mujeres al otro lado de la calle. Aun así, se advertía cierta sensualidad en el movimiento de sus dedos, fruto, quizá, de la forma en que miraba a Rebecca Clay a través del escaparate de la tienda. Al cabo de un rato se llevó el cigarrillo a la boca lentamente y lo humedeció con los labios un momento antes de acercar la cerilla a la punta. Después, en lugar de tirar la cerilla sin más o apagarla de un soplido, la mantuvo entre el pulgar y el índice y dejó que la llama descendiera hacia las yemas de los dedos. Esperé a que la soltara en cuanto sintiera con mayor intensidad el dolor, pero no lo hizo. Cuando ya no se veía el extremo inferior de la cerilla, la dejó caer en la palma de su mano, donde ardió sobre la piel hasta ennegrecerse. Volvió la mano y la madera chamuscada fue a parar al suelo. Le saqué una foto con la pequeña cámara digital que llevaba en el coche. En ese mismo instante se dio la vuelta, como si hubiera percibido que otro, a su vez, tenía la atención puesta en él. Me hundí más en el asiento, pero alcancé a vislumbrar su rostro, y en concreto las tres cicatrices paralelas en la frente que había mencionado Rebecca. Cuando volví a mirar, me dio la impresión de que se había esfumado, pero intuí que sencillamente había retrocedido para quedar al amparo de la sombra proyectada por el estanco, ya que un soplo de brisa arrastró una voluta de humo hacia la calle.

Rebecca salió de la tienda con unos papeles en las manos. La otra mujer, a su lado, hablaba y sonreía. Llamé a Rebecca al móvil y le dije que siguiera sonriendo mientras me escuchaba.

– Póngase de espaldas al estanco de Joe -indiqué. No quería que el hombre viera su reacción cuando le dijera que lo había localizado-. Su admirador está delante del estanco. No mire en esa dirección. Quiero que cruce la calle y entre en la librería Cunningham. Actúe con naturalidad, como si tuviera un rato libre y quisiera matar el tiempo. Quédese allí hasta que yo vaya a buscarla, ¿de acuerdo?