Выбрать главу

No había vuelto a mirarme. Tenía la vista fija en una pequeña fotografía colgada del espejo retrovisor, protegida con una funda de plástico. Era el retrato de una niña de pelo moreno, de la edad de Jenna Clay o un poco mayor. Un crucifijo barato pendía al lado.

– ¿Quién es esa niña? -pregunté.

– Eso no le incumbe.

– Es una monada. ¿Qué edad tiene?

No contestó, pero era evidente que yo había puesto el dedo en la llaga. Sin embargo, esa vez no reaccionó con ira, sino con cierto distanciamiento.

– Si me explicara mínimamente el motivo que lo ha traído hasta aquí, quizás yo podría ayudarlo -insistí.

– Oiga, como ya le he dicho, es un asunto personal.

– Si es así, supongo que ya no tenemos nada más de que hablar -dije-. Pero no se acerque a mi cliente. -La advertencia sonaba vacía e innecesaria. De algún modo, la balanza se había inclinado del otro lado.

– No volveré a causar ninguna molestia a esa mujer, ninguna en absoluto, no hasta que vuelva usted a hablar conmigo. -Bajó la mano e hizo girar la llave de contacto, sin dejarse ya intimidar por la pistola, si es que realmente lo había intimidado en algún momento-. Pero a cambio le haré dos advertencias. La primera es que, cuando empiece a preguntar por el Proyecto, más vale que se ande con ojo, porque los demás se enterarán y no les gustará saber que hay alguien husmeando por ahí. No les gustará ni un pelo.

– ¿Los demás?

El motor rugió cuando apretó el acelerador.

– Pronto lo averiguará -contestó.

– ¿Y la segunda advertencia?

Levantó la mano izquierda y cerró el puño, de tal forma que el tatuaje contrastó marcadamente con la palidez del nudillo.

– No se entrometa. Hágalo, y será hombre muerto. Tome buena nota, muchacho.

Se apartó del bordillo, y el tubo de escape expulsó una espesa nube de humo azul en el aire transparente de otoño. Antes de que desapareciera por completo entre los gases alcancé a ver la matrícula.

«Merrick. Ahora veamos», pensé, «qué puedo averiguar de ti en los próximos dos días.»

Volví a la librería. Rebecca Clay, sentada en un rincón, hojeaba una revista vieja.

– ¿Lo ha encontrado? -preguntó ella.

– Sí.

Rebecca dio un respingo.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Hemos hablado y se ha ido. De momento.

– ¿Qué significa «de momento»? Le he contratado para librarme de él, para que me deje en paz de una vez por todas -dijo levantando la voz gradualmente, aunque en segundo plano se percibía un temblor.

La acompañé a la calle.

– Señorita Clay, ya le dije que quizá no bastaría con una advertencia. Ese hombre ha accedido a mantenerse alejado de usted hasta que yo haga ciertas averiguaciones. No lo conozco tanto como para confiar plenamente en él, así que le sugiero que, por ahora, sigamos extremando las precauciones. Si ha de quedarse más tranquila, dispongo de personas dispuestas a colaborar para tenerla bajo vigilancia las veinticuatro horas del día mientras intento indagar sobre él.

– Bien. Pero creo que voy a mandar a Jenna fuera durante un tiempo, hasta que todo esto acabe.

– Me parece buena idea. ¿Le suena de algo el nombre de Merrick, señorita Clay?

Habíamos llegado a su coche.

– No, no lo creo -contestó.

– Así es como se llama nuestro amigo, o al menos eso me ha dicho. Tenía en el coche una fotografía de una niña, tal vez su hija. Me pregunto si no sería paciente de su padre, y si hay alguna manera de saberlo, en el supuesto de que la niña llevase el apellido de Merrick.

– Mi padre no hablaba de sus pacientes conmigo. O al menos no por su nombre. Si se la mandó una institución estatal, podría haber un historial suyo en algún sitio, supongo, pero no le resultará fácil conseguir que alguien lo confirme. Sería una violación del secreto profesional.

– ¿Y los archivos de los pacientes de su padre?

– Los archivos de mi padre pasaron a disposición judicial tras su desaparición. Recuerdo que alguien intentó solicitar autorización para que algunos de sus colegas los examinasen, pero la denegaron. Sólo se puede tener acceso mediante una inspección a puerta cerrada, y eso es poco habitual. Los jueces son reacios a concederla para proteger la intimidad de los pacientes.

Consideré que había llegado el momento de abordar la cuestión de su padre y las acusaciones presentadas contra él.

– Tengo que hacerle una pregunta delicada, señorita Clay -empecé a decir.

Esperó. Sabía lo que se avecinaba, pero quería oírmelo decir.

– ¿Cree que su padre abusó de los niños a los que atendía?

– No -contestó con firmeza-. Mi padre no abusó de ninguno de esos niños.

– ¿Piensa usted que facilitó las cosas a los autores de los abusos, quizá proporcionándoles información sobre la identidad y el paradero de pacientes vulnerables?

– Mi padre vivía entregado a su trabajo. Cuando dejaron de encargarle peritajes, fue porque empezaron a dudar de su objetividad. Él tendía a creer a los niños desde el principio, y ésa fue la causa de sus problemas. Sabía lo que eran capaces de hacer los adultos.

– ¿Tenía su padre muchos amigos íntimos?

Arrugó la frente.

– Unos cuantos. También trataba con algunos colegas, aunque perdí el contacto con casi todos después de su desaparición. Querían distanciarse al máximo de él. No me extrañó.

– Me gustaría que hiciera una lista: relaciones profesionales, compañeros de estudios, personas de su antiguo barrio. Cualquiera con quien mantuviese un trato regular.

– La haré en cuanto llegue a casa.

– Por cierto, no me había contado que estuvo usted casada.

Se sorprendió.

– ¿Cómo se ha enterado?

– Me lo ha dicho Merrick.

– Dios santo. No me pareció un dato importante. El matrimonio no duró mucho. Ahora ya nunca nos vemos.

– ¿Cómo se llama?

– Jerry. Jerry Legere.

– ¿Y no es el padre de Jenna?

– No.

– ¿Dónde puedo encontrarlo?

– Es electricista. Trabaja por todas partes. ¿Por qué quiere hablar con él?

– Voy a hablar con mucha gente. Así es como funcionan estas cosas.

– Pero así no conseguirá que ese hombre, ese tal Merrick, se marche. -Volvió a levantar la voz-. Yo no le he contratado para eso.

– Él no va a marcharse, señorita Clay, todavía no. Está furioso, y esa ira tiene algo que ver con su padre. Necesito averiguar qué relación existe entre su padre y Merrick. Para eso tendré que hacer muchas preguntas.

Cruzó los brazos sobre el techo del coche y apoyó la frente en ellos.

– No quiero que esto se alargue -dijo con la voz ahogada a causa de la postura-. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Haga lo que tenga que hacer, hable con quien sea, pero acabe con esto. Por favor. Ya ni siquiera sé dónde vive mi ex marido, pero antes trabajaba a veces para una empresa llamada A-Secure y quizá todavía colabore con ellos. Instalan sistemas de seguridad en oficinas, tiendas y viviendas. Un amigo de Jerry, Raymon Lang, se dedica al mantenimiento de los sistemas y le pasaba mucho trabajo a Jerry. Seguramente lo encontrará a través de A-Secure.

– Merrick piensa que tal vez usted y su ex marido hablaron de su padre en alguna ocasión.

– Pues claro que sí, pero Jerry no sabe nada de lo que le pasó a mi padre, eso se lo aseguro. Jerry Legere sólo piensa en sí mismo, en nadie más. Esperaba que mi padre apareciese muerto en algún sitio para empezar a gastar el dinero que yo recibiese en herencia.

– ¿Su padre era rico?

– Todavía hay inmovilizada una suma considerable de dinero, pendiente del fallo de validación del testamento, de modo que sí, podría decirse que vivía con holgura. Por otra parte, está la casa. Jerry quería que la vendiese, pero no me era posible, obviamente, porque no era mía. Al final, Jerry se cansó de esperar, y de mí. Aunque el desencanto fue mutuo. No era lo que se dice un marido ideal.