– Una última cosa -dije-. ¿Le oyó hablar a su padre alguna vez de un «proyecto», o de algo llamado «el Proyecto»?
– No, nunca.
– ¿Tiene idea de lo que podría ser?
– Ni la más mínima.
Levantó la cabeza y entró en el coche. La seguí de cerca camino de la oficina y me quedé allí hasta la hora de recoger a Jenna. El director acompañó a la niña a la puerta del colegio, y Rebecca habló con él un momento, para explicarle, supuse, el motivo por el que Jenna se ausentaría durante un tiempo. Luego las seguí hasta su casa. Rebecca aparcó en el camino de acceso y se quedó dentro del coche con el seguro puesto, en tanto que yo inspeccionaba todas las habitaciones. Regresé a la puerta de entrada y le indiqué con una seña que todo estaba en orden. Cuando entró, me senté en la cocina y la observé mientras elaboraba una lista de amigos y colegas de su padre. No era muy larga. Algunos, dijo, habían muerto, y de otros no recordaba el nombre. Le pedí que me avisara si se le ocurría alguno más y me aseguró que así lo haría. Me comprometí a dejar resuelto esa misma noche el asunto de la protección añadida y a llamarla para darle los detalles al respecto antes de que se acostara. Dicho esto, me marché. Oí el cerrojo y luego una serie de pitidos electrónicos cuando introdujo el código de la alarma para activar el sistema de seguridad de la casa.
La luz del día se había desvanecido. Las olas rompían en la orilla cuando me encaminé hacia el coche. Normalmente encontraba relajante ese sonido, pero no aquella tarde. Me faltaba un elemento, había algo fuera de sitio, y el aire vespertino traía un tufillo a quemado. Me volví hacia el agua, ya que el olor procedía del mar, como si se hubiera incendiado un barco lejano. Busqué el resplandor en el horizonte, pero sólo vi la rítmica palpitación del faro, el movimiento de un transbordador en la bahía y las ventanas iluminadas en las casas de las islas. Todo reflejaba calma y rutina, y sin embargo, camino de casa, no pude sacudirme de encima la sensación de inquietud.
Segunda parte
Contorno sin forma, matiz sin color fuerza paralizada,
gesto sin movimiento;
quienes han cruzado,
sin desviar la mirada, hasta el otro reino de la muerte
nos recuerdan -si acaso- no como violentas
almas perdidas, sino sólo
como los hombres huecos…
T.S. Eliot, Los hombres huecos
5
Merrick nos había prometido dos días de paz, pero yo no iba a fiarme de la palabra de un hombre semejante cuando estaba en juego la seguridad de Rebecca. Había visto a otros como éclass="underline" Merrick era un barril de pólvora, siempre al borde del estallido. Recordé cómo había reaccionado al comentario que hice sobre la niña de la fotografía, y las advertencias de que aquello era un asunto «personal» suyo. Pese a lo que me había asegurado, siempre existía la posibilidad de que fuese a un bar, se tomase un par de copas y decidiese que era el momento de volver a cruzar unas palabras con la hija de Daniel Clay. Por otra parte, no podía dedicarme todo el tiempo a vigilarla. Necesitaba ayuda y no tenía muchas opciones. Estaba Jackie Garner, que era grande, fuerte y bienintencionado, pero le faltaba algún que otro tornillo. Además, allí adonde iba lo acompañaban dos bloques de carne con piernas, los hermanos Fulci; y los Fulci eran a la sutileza lo que un batidor de huevos a un huevo. No sabía muy bien cómo se lo tomaría Rebecca Clay si se los encontraba en su portal. De hecho, ni siquiera sabía cómo se lo tomaría el portal.
Habría preferido a Louis y Ángel, pero se habían ido un par de días a la Costa Oeste para catar vinos en el valle de Napa. Saltaba a la vista que tenía amigos sofisticados, pero no podía dejar a Rebecca sin protección hasta que regresaran. Al parecer, no me quedaba otra alternativa.
Telefoneé a Jackie Garner de mala gana.
Me reuní con él en Sangillo's Tavern, un local pequeño de Hampshire que por dentro siempre estaba iluminado como si fuera Navidad. Jackie tomaba una Bud Light, pero procuré no tenérselo en cuenta. Me reuní con él en la barra y pedí un Sprite sin azúcar. Nadie se rió, lo que fue todo un detalle.
– ¿Estás a dieta? -preguntó Jackie. Llevaba una camiseta de manga larga con el logotipo de un antiguo bar de Portland cerrado desde hacía tanto tiempo que probablemente sus parroquianos pagaban las copas con abalorios. Se había afeitado el cráneo y tenía una descolorida moradura junto al ojo izquierdo. La camiseta se le ceñía al abdomen de tal modo que un observador poco atento lo habría tomado por un gordo más junto a la barra, pero ése no era el caso de Jackie Garner. Desde que lo conocía, nadie lo había ganado en una pelea, y no quería ni pensar en lo que habría sido del culpable del moretón que Jackie tenía en la cara.
– No estoy de humor para cerveza -contesté.
Levantó la botella, entornó los ojos y anunció con voz grave:
– Esto no es cerveza. Es Bud.
Al parecer quedó muy satisfecho de sí mismo.
– Una frase muy pegadiza -comenté.
Desplegó una amplia sonrisa.
– He participado en algún que otro concurso. De esos en los que hay que inventar un eslogan, ya sabes. Como «Esto no es cerveza. Es Bud». -Tomó mi Sprite-. O «Esto no es un refresco. Es Sprite». «Éstos no son frutos secos. Son…» Bueno, sí son frutos secos, pero ya me entiendes.
– Veo la pauta.
– Diría que puede adaptarse a cualquier producto.
– Salvo a los frutos secos en un cuenco -precisé.
– Salvo eso, sí, y poco más.
– Parece infalible, desde luego. ¿Andas muy ocupado últimamente?
Jackie se encogió de hombros. Por lo que yo sabía, nunca estaba ocupado. Vivía con su madre, trabajaba algún rato de camarero un par de días por semana, y dedicaba el resto del tiempo a manufacturar munición casera en un ruinoso cobertizo en medio del bosque detrás de su casa. De vez en cuando alguien comunicaba a la policía local que había oído una explosión. Y muy de vez en cuando la policía enviaba un coche patrulla con la remota esperanza de que Jackie hubiera volado por los aires. Hasta el momento se habían visto amargamente decepcionados.
– ¿Necesitas algo? -preguntó. El brillo de sus ojos se hizo más intenso ante la perspectiva de una posible trifulca.
– Sólo durante un par de días. Cierto individuo anda acechando a una mujer.
– ¿Quieres que le zurremos?
– ¿«Zurremos»? ¿Tú y quién más?
– Ya lo sabes. -Señaló con el pulgar hacia algún sitio indeterminado fuera de los confines del bar. A pesar del frío, sentí cómo me brotaba el sudor en la frente y envejecí alrededor de un año en un instante.
– ¿Se encuentran aquí? ¿Qué os pasa? ¿Acaso estáis unidos por la cadera?
– Les he dicho que esperen fuera. Sé que te ponen nervioso.
– No me ponen nervioso. Me dan un miedo atroz.
– Bueno, en todo caso ya no les dejan entrar aquí. No les dejan entrar en ninguna parte, supongo, no desde…, mmm…, aquello.
Había un «aquello». Cuando se trataba de los Fulci, siempre había un «aquello».
– ¿Aquello? ¿Qué?
– Aquello en el B-Line.
Podía decirse que el B-Line era el tugurio más peligroso de la ciudad, un antro que servía una copa gratis a todo aquel que enseñase un carnet de Alcohólicos Anónimos con más de un mes de antigüedad. Conseguir que a uno le prohibieran la entrada en el B-Line por alterar el orden era como ser expulsado de los boy scouts por hacer demasiado bien los nudos.