Me miró en silencio por un momento.
– ¿Lo sabe Ellis? -preguntó.
– ¿Le serviría de algo saberlo?
– No, no lo creo. Como le he dicho, no es rencoroso.
Vi un destello en sus ojos, y muy dentro de ella se desenroscó algo y se desplegó sinuosamente, algo de boca blanda y roja.
– Pero usted sí lo es, ¿verdad? -dijo.
Encontramos a la chica en Independence, al este de Kansas City, en un cuchitril con pretensiones y a corta distancia de un pequeño aeropuerto. Nos habían informado bien. La chica no abrió la puerta cuando llamamos. Ángel, bajo y en apariencia inofensivo, estaba a mi lado, y Louis, alto, de piel oscura y muy, muy amenazador, se había apostado en la parte de atrás de la casa por si ella intentaba escapar. Oímos movimiento en el interior. Volví a llamar.
– ¿Quién es? -preguntó con voz quebrada y tensa.
– ¿Mia?-dije.
– Aquí no hay nadie que se llame así.
– Queremos ayudarte.
– Ya se lo he dicho: aquí no hay ninguna Mia. Se ha equivocado de dirección.
– Viene a por ti, Mia. No puedes llevarle la delantera eternamente.
– No sé de qué me habla.
– De Donnie, Mia. Se acerca y tú lo sabes.
– ¿Quiénes son? ¿Polis?
– ¿Conoces a un tal Neil Chambers?
– No. ¿Por qué tendría que conocerlo?
– Donnie lo mató por una deuda.
– ¿Y?
– Lo dejó tirado en una zanja. Lo torturó y luego le pegó un tiro. Hará lo mismo contigo, sólo que en tu caso nadie irá después de puerta en puerta para ajustar cuentas. Aunque eso a ti te dará lo mismo. Estarás muerta. Si nosotros te hemos encontrado, él también te encontrará. No te queda mucho tiempo.
Guardó silencio durante tanto rato que pensé que quizá se había alejado de la puerta. Finalmente se oyó cómo desprendía la cadena de seguridad y abría. Entramos en la penumbra. Tenía todas las cortinas echadas y las luces apagadas. La muchacha, Mia, cerró de un portazo detrás de nosotros y retrocedió hacia las sombras para que no le viéramos la cara, la cara que Donnie P. había golpeado por alguna afrenta, real o imaginada.
– ¿Podemos sentarnos? -pregunté.
– Ustedes pueden sentarse si quieren -contestó-. Yo me quedaré aquí.
– ¿Te duele?
– No mucho, pero estoy horrible. -Se le quebró aún más la voz-. ¿Quién les ha dicho que estaba aquí?
– Eso da igual.
– A mí no.
– Alguien que se preocupa por ti. Es lo único que necesitas saber.
– ¿Qué quieren?
– Queremos que nos digas por qué te hizo Donnie esto. Queremos que nos cuentes lo que sabes de él.
– ¿Por qué creen que sé algo?
– Porque te escondes de él, porque corre el rumor de que quiere encontrarte antes de que hables.
La vista se me fue acostumbrando a la oscuridad. Empezaba a distinguir sus facciones. Las tenía desdibujadas, la nariz deforme y las mejillas hinchadas. Un haz de luz que entraba por debajo de la puerta iluminó las puntas de sus pies descalzos y el dobladillo de una bata larga de color rojo. También la laca de las uñas de los pies era roja. Parecían recién pintadas. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la bata, hizo asomar un cigarrillo dando unos golpecitos en la base y lo encendió con un mechero. Mantenía la cabeza gacha, y aunque el pelo le caía ante el rostro, alcancé a ver las cicatrices que le atravesaban el mentón y la mejilla izquierda.
– Debería haber mantenido la boca cerrada -susurró.
– ¿Por qué?
– Se presentó y me tiró dos de los grandes a la cara. Después de todo lo que me había hecho, dos míseros billetes. Estaba que me subía por las paredes. Le dije a una de las chicas que sabía cómo desquitarme de él. Le conté que había visto algo que no debía. Y al poco tiempo me entero de que ella se acuesta con Donnie. Donnie tenía razón. No soy más que una puta estúpida.