– ¿Por qué no le has contado a la policía lo que sabes?
Dio una calada. Ya no tenía la cabeza baja. Absorta en los detalles de su historia, se olvidó por un momento de ocultar el rostro. A mi lado, oí cómo Ángel ahogaba un silbido de compasión al ver su cara destrozada.
– Porque no habrían hecho nada.
– Eso no lo sabes.
– Claro que lo sé-contestó. Dio otra calada al cigarrillo y jugueteó con su pelo. Nadie habló. Al final, ella misma rompió el silencio-: Y ahora dicen que me ayudarán.
– Así es.
– ¿Cómo?
– Mira afuera. Por la ventana de atrás.
Se llevó la mano a la caray, por un momento, me miró con asombro; luego se dirigió a la cocina. Oí un suave roce cuando separó las cortinas. Al regresar, había cambiado de actitud. Louis ejercía ese efecto en las personas, sobre todo si uno tenía la impresión de que podía estar de su lado.
– ¿Quién es?
– Un amigo.
– Tiene un aspecto… -Buscó la palabra exacta. Por fin dijo-: Intimidador.
– Es intimidador.
Tamborileó en el suelo con el pie.
– ¿Va a matar a Donnie?
– Esperábamos encontrar otra manera de tratar con él. Hemos pensado que podrías ayudarnos.
Esperamos a que se decidiera. Había un televisor en otra habitación, probablemente su dormitorio. De pronto pensé que quizá no estaba sola, y que deberíamos haber registrado la casa nada más llegar, pero ya era tarde. Al final, Mia se llevó la mano al bolsillo de la bata y sacó el teléfono móvil. Me lo lanzó. Lo cogí.
– Abra el archivo de imágenes -dijo-. A usted le interesarán varias fotos a partir de la quinta o la sexta.
Pasé sucesivas imágenes de jóvenes sonrientes en torno a una mesa de comedor, un perro negro en un jardín y un bebé en una sillita, hasta que llegué a las fotos de Donnie. En la primera aparecía de pie en un aparcamiento con otro hombre, más alto que él y con traje gris. La segunda y la tercera eran instantáneas de la misma escena, pero en éstas las caras de los dos hombres se veían con mayor nitidez. Las fotos debían de haberse tomado desde dentro de un coche, porque en dos de ellas se veían el marco de una puerta y un retrovisor lateral.
– ¿Quién es el otro hombre? -pregunté.
– No lo sé -respondió Mia-. Seguí a Donnie porque pensé que me engañaba. ¡Qué digo! No, no lo pensé: lo sabía. Es un canalla. Sólo quería averiguar con quién me engañaba.
Sonrió, y el dolor se reflejó en su rostro a causa del esfuerzo.
– Entiéndalo, creía que lo amaba. ¿Le parece muy estúpido?
Cabeceó. Me di cuenta de que lloraba.
– ¿Y esto es lo que tienes de él? ¿Por esto quiere encontrarte? ¿Porque tienes en el móvil unas fotos de él con un hombre cuyo nombre no conoces?