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No eran reales. Eso me dije una vez más. Un fragmento de mi cordura se desgajó la noche en que las encontré, la noche en que me las arrebataron. Mi mente sufrió una sacudida brutal y nunca volvería a ser la misma. No eran reales. Yo las creé. Las evoqué a partir del dolor y la pérdida.

No eran reales.

Pero no podía convencerme, porque no creía que fuera verdad. Sabía que aquél era su lugar, el refugio de la esposa perdida y la hija perdida. Cualquier rastro de ellas que existiera en este mundo se aferraba obstinadamente a las pertenencias guardadas entre el polvo y las telarañas, los fragmentos y las reliquias de vidas que casi habían abandonado este mundo.

El haz de luz de la linterna persiguió las sombras a lo largo de la pared y el suelo. Una fina capa de polvo lo cubría todo: cajones y maletas, cajas de embalaje y libros viejos. Me escocían la nariz y la garganta, y empezaron a llorarme los ojos.

miedo

La pátina de polvo se extendía también por el cristal de la ventana, pero no permanecía intacta. Cuando me acerqué, la linterna iluminó unos trazos en el polvo, un dibujo que, al mirarlo con atención, cobró forma de mensaje, escrito cuidadosamente con lo que podía ser la letra de un niño.

échalas

Toqué el cristal con los dedos, resiguiendo los trazos rectos y curvos, la forma de las letras. Tenía lágrimas en los ojos, pero no supe si era por el polvo o por la posibilidad de que allí, en esa habitación llena de pesar y pérdida, hubiese encontrado el rastro de una niña desaparecida hacía tiempo, de que su dedo hubiese dibujado esas letras y de que yo, al tocarlas, pudiese tocar, a la vez, algo de ella.

por favor, papá

Retrocedí. A la luz de la linterna vi la suciedad en mis dedos, y volvieron a asaltarme todas las dudas. ¿Realmente estaban allí esas letras antes de subir yo, escritas por otro que vivió en ese lugar oscuro? ¿O había atribuido un significado más hondo a unos trazos aleatorios en el polvo, dejados quizá por Rachel o por mí, y, al mover el dedo sobre ellos, hubiese de algún modo encontrado la manera de comunicar algo de lo que temía, de dar forma e identidad a un temor antes innombrable? Mi lado racional se reafirmó, levantó barricadas y aportó explicaciones, por insatisfactorias que fuesen, a todo lo ocurrido: los olores en la brisa, una silueta pálida al borde del bosque, el movimiento en el desván y las palabras escritas en el polvo.

El haz de la linterna se posó en el mensaje, y vi mi cara reflejada en el cristal, flotando en la noche como si yo fuera el elemento irreal, el ser perdido, y las palabras estuvieran trazadas sobre mis facciones.

tanto miedo

Se leía:

HOMBRES HUECOS

6

Esa noche dormí mal, y mis sueños se vieron salpicados de imágenes recurrentes de hombres sin ojos que, a pesar de ello, veían, y una niña sin rostro hecha un ovillo en un desván a oscuras, susurrando para sí sólo la palabra «miedo», una y otra vez. Nada más levantarme, llamé a Jackie Garner. La noche en Willard había transcurrido sin incidentes, y di gracias por ello. Jenna había partido hacia Washington con sus abuelos poco después de las siete, y Jackie los había seguido en su coche hasta Portsmouth, mientras los Fulci se quedaban con Rebecca. Merrick no había dado la menor señal de vida, ni nadie había mostrado un interés malsano en la familia Clay.

Fui a hacer jogging a Prouts Neck, Walter corría veloz delante de mí en el aire quieto de la mañana. Esa zona de Scarborough aún era relativamente rural, gracias a la presencia del club náutico y el club de campo quedaba garantizado cierto aire de exclusividad, pero el resto del pueblo cambiaba deprisa. El proceso se había iniciado allá por 1992, cuando Wal-Mart se estableció cerca del centro comercial Maine Mall, y trajo consigo molestias menores como las caravanas, autorizadas a pasar la noche en el aparcamiento de la tienda. Pronto, otras cadenas de minoristas siguieron los pasos de Wal-Mart, y Scarborough empezó a parecerse a tantas otras poblaciones satélite en la periferia de ciudades más grandes. Ahora los residentes de Eight Corners vendían sus propiedades a Wal-Mart para una nueva ampliación, y pese a las restricciones de permisos para la construcción de viviendas, cada vez se trasladaban más familias a la zona para aprovechar los colegios y las posibilidades recreativas del pueblo, hecho que provocaba la subida de los precios de la propiedad inmobiliaria y aumentaba los impuestos destinados a pagar las infraestructuras necesarias para sostener la incorporación de los recién llegados, que fijaban su residencia allí a un ritmo cuatro veces superior a la media en el resto del condado. En mis momentos de pesimismo, a veces veía lo que en otro tiempo fue un municipio de ciento cuarenta kilómetros cuadrados que abarcaba seis pueblos distintos, cada uno con su propia identidad característica, así como la mayor marisma del estado, convertirse en una única extensión homogénea poblada casi íntegramente por personas sin la menor noción de la historia local ni respeto por su pasado.

Cuando volví, tenía dos mensajes en el contestador. Uno era de un hombre del Departamento de Vehículos Motorizados que me cobraba cincuenta dólares cada vez que le encargaba la búsqueda de una matrícula. Según él, el coche de Merrick era un automóvil de empresa registrado recientemente a nombre de un bufete de Lynn, Massachusetts. No reconocí el nombre del bufete, Eldritch y Asociados. Anoté los detalles en un bloc. Merrick podría haber robado el coche de un abogado -y una llamada al bufete confirmaría de inmediato si se había producido o no un robo-, o podría haber sido contratado por un abogado o abogados, cosa que no parecía muy probable. Existía una tercera opción: que el bufete hubiese proporcionado a Merrick un coche, ya fuera por su propia elección o a instancias de un cliente, lo cual ofrecía cierto grado de protección si se presentaba alguien haciendo preguntas sobre las actividades de Merrick, ya que el bufete podía aducir secreto profesional como defensa. Por desgracia, si ése era el caso, el individuo en cuestión había infravalorado la aptitud de Merrick para crear problemas, o sencillamente no le importaba.

Volví a pensar en la repentina aparición de Merrick tantos años después de que Daniel Clay se esfumara. O bien alguna prueba nueva había persuadido a Merrick de que Clay seguía con vida, o bien Merrick había estado fuera de circulación durante mucho tiempo y acababa de asomar para resolver un asunto pendiente. Cada vez me convencía más la idea de que Merrick pudiera haber estado en la cárcel, pero desconocía su nombre de pila, en el supuesto de que Merrick fuese su verdadero apellido. Si lo hubiese sabido, habría podido buscar en la base de datos de las penitenciarías con la esperanza de encontrar una fecha de puesta en libertad. Aun así, podía hacer unas cuantas llamadas y ver si a alguien le sonaba el nombre, y siempre estaban Eldritch y Asociados, aunque sabía por experiencia que los abogados cooperaban poco en estas situaciones. Ni siquiera tenía muy claro si el hecho de que Merrick siguiera a Rebecca Clay y hubiese roto el cristal de la ventana bastaría para sonsacarles información.

El segundo mensaje era de June Fitzpatrick, confirmaba nuestra cena en casa de Joel Harmon al día siguiente por la noche. Casi me había olvidado de Harmon. Podía ser una noche perdida. Por otro lado, apenas sabía algo de Daniel Clay, a excepción de lo que me había contado su hija y lo poco que yo había averiguado a través de June. Me acercaría a Massachusetts a primera hora de la mañana siguiente para ver qué podía arrancarles a Eldritch y Asociados e intentaría encajar una conversación con el ex marido de Rebecca Clay antes de la cena de Harmon. En todo momento recordaba que un reloj marcaba lentamente los minutos de la cuenta atrás hasta el anunciado retorno de Merrick y lo que con toda seguridad sería una escalada de su campaña intimidatoria con la hija de Daniel Clay.