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Sentada en el lavabo de su oficina, Rebecca Clay se enjugó las lágrimas. Acababa de hablar con su hija por teléfono. Jenna le había dicho que ya la echaba de menos. Rebecca le había contestado que ella también la echaba de menos, pero sabía que había hecho bien en enviarla fuera.

La noche anterior había entrado en la habitación de Jenna para comprobar que llevaba en la maleta todo lo necesario para el viaje. Jenna estaba abajo leyendo. Desde la ventana de la habitación de su hija, Rebecca vio al tal Jackie sentado en su coche, probablemente escuchando la radio, ya que un tenue resplandor procedente del salpicadero le iluminaba el rostro. Teniéndolo allí se sentía un poco mejor. También había visto durante un instante a los otros dos hombres, los descomunales hermanos que miraban a Jackie con cara de adoración, pendientes de cada una de sus palabras. Pese a su corpulencia, no le transmitían la misma tranquilidad que Jackie. Aunque sin duda intimidaban, eso debía reconocerlo. Una vecina, alarmada por su presencia, había avisado a la policía. El agente que pasó por allí en respuesta a la llamada echó un vistazo al par, los reconoció y se marchó de inmediato sin cruzar una sola palabra con ninguno de los dos. Nadie había visto a más policías en las inmediaciones desde entonces.

Jenna, como era propio de ella, tenía la habitación perfectamente ordenada y limpia. Rebecca bajó la vista y miró el pequeño escritorio donde Jenna hacía sus tareas y pintaba y dibujaba. Era obvio que había estado trabajando en algo muy recientemente, algún esbozo, porque continuaba allí la caja de lápices de colores abierta al lado de un par de hojas. Rebecca alcanzó una de las hojas. Era un dibujo de la casa, con dos figuras al lado. Vestían abrigos largos de color tostado y tenían la cara pálida, tan pálida que su hija había usado una cera blanca para realzarla, como si el papel no bastara para transmitir la intensidad de su palidez. Los ojos y la boca, igual que unos círculos negros, absorbían la luz y el aire del mundo. Las mismas figuras aparecían en el otro dibujo. Eran como sombras provistas de forma, y ante el hecho de que su hija imaginara seres así, Rebecca se estremeció. Quizá las acciones de aquel tal Merrick habían perturbado a Jenna más de lo que aparentaba, y los dibujos eran una manifestación de ese miedo.

Rebecca bajó y le enseñó a Jenna los dibujos.

– Cariño, ¿quiénes son éstos? -preguntó.

Jenna se encogió de hombros.

– No lo sé.

– Quiero saber si son fantasmas. Es lo que parecen.

Jenna negó con la cabeza.

– No, los he visto.

– ¿Los has visto? ¿Cómo? ¿Cómo has podido ver algo así?

Muy preocupada por lo que oía, se arrodilló junto a su hija.

– Porque son reales -contestó Jenna. Por un momento pareció desconcertada y luego rectificó-: Mejor dicho, creo que son reales. Es difícil de explicar. Es como cuando hay un poco de niebla y se ve todo borroso pero no sabes por qué se ve borroso, ¿entiendes? Esta tarde, después de preparar la maleta, me he echado la siesta, y me ha dado la impresión de que soñaba con ellos, pero estaba despierta, porque los dibujaba al mismo tiempo que los veía. Ha sido como si, al despertarme, siguieran en mi cabeza y yo tuviera que dibujarlos en el papel, y cuando he mirado por la ventana, estaban allí, salvo que… -Se interrumpió.

– ¿Qué? Dímelo, Jenna.

La niña parecía incómoda.

– Salvo que sólo podía verlos si no los miraba directamente. Ya sé que es absurdo, mamá, pero estaban y no estaban. -Tomó el dibujo de la mano de su madre-. A mí me molan.

– ¿Estaban aquí, Jenna?

Jenna asintió con la cabeza.

– Fuera. ¿A qué crees que me refería?

Rebecca se llevó la mano a la boca. Le asaltó una sensación de vértigo. Jenna se levantó, la abrazó y le dio un beso en la mejilla.

– No te preocupes, mamá. Seguramente ha sido sólo una de esas cosas raras de la cabeza. Por si te sirve de algo, no he tenido miedo ni nada parecido. No quieren hacernos daño.

– ¿Cómo lo sabes?

– Lo sé. Es como si los hubiera oído, dentro de la cabeza, mientras dormía o estaba despierta o lo que sea. No les interesamos.

De pronto Jenna, por primera vez, adoptó un aire pensativo, como si sólo entonces cayera en la cuenta de lo extrañas que sonaban sus palabras.

– Cariño, ¿quiénes son? -dijo Rebecca procurando contener el temblor de la voz.

La pregunta arrancó a Jenna de su ensimismamiento. Se echó a reír.

– Eso es lo más extraño de todo. Al despertarme sabía quiénes eran, igual que a veces tengo un dibujo y un título en la cabeza, los dos al mismo tiempo, y no sé de dónde han salido. Primero he hecho este dibujo, y he sabido quiénes eran esas figuras casi antes de que el lápiz tocara el papel.

Sostuvo el dibujo en alto ante sí, admirándolo y a la vez un tanto preocupada por su creación.

– Son los hombres huecos.

7

Desayuné fresas y café. En el aparato de música tenía puesto un cedé de los Delgados, Universal Audio, y lo dejé sonar un rato. Walter jugueteó en el jardín, orinó entre los arbustos y luego volvió a entrar y se quedó dormido en su canasto.

Cuando acabé de comer, extendí la lista de los antiguos conocidos de Daniel Clay en la mesa de la cocina y añadí «Eldritch» al pie. A continuación establecí un orden aproximado para dirigirme a ellos, empezando por los que, pese a residir en la zona, vivían más lejos de la ciudad. Comencé a hacer llamadas para concertar las entrevistas, pero las tres primeras no me llevaron a ninguna parte. De las personas en cuestión, una se había mudado, otra había muerto, y el tercero, un antiguo profesor de Clay que se había trasladado a Bar Harbor después de jubilarse, sufría de Alzheimer en una fase tan avanzada que, según su nuera, ya no reconocía ni a sus propios hijos.

Tuve más suerte, por así decirlo, con el cuarto nombre, un contable llamado Edward Haver. Había fallecido hacía una década, pero su mujer, Celine, se mostró más que dispuesta a hablar de Clay, aunque fuera por teléfono, en particular cuando le expliqué que me había contratado la hija de éste. Me dijo que Dan siempre le había caído bien y lo había considerado una buena compañía. Su marido y ella habían asistido al funeral de su esposa cuando Rebecca tenía sólo cuatro o cinco años. La mujer de Clay había muerto de cáncer. Veinte años después, el marido de Celine sucumbió también a otra forma de esa misma enfermedad, y Daniel Clay asistió a su vez a ese funeral. Como la propia Celine admitió, durante un tiempo albergó la esperanza de que los dos acabaran juntos, porque tenían gustos parecidos y ella apreciaba a Rebecca, pero por lo visto Clay se había habituado a vivir sin pareja.

– Y de pronto desapareció -concluyó.

Me disponía a interrogarla sobre las circunstancias de su desaparición, pero al final no fue necesario.

– Sé lo que la gente decía de él, pero Dan no era así, no el Dan que yo conocía -declaró-. Le preocupaban los niños que trataba, quizá demasiado. Se le veía en la cara cuando hablaba de ellos.

– ¿Comentaba sus casos con usted?

– Nunca daba nombres, pero a veces me contaba por lo que había pasado algún niño: palizas, abandono y…, en fin, ya sabe, también otras cosas. Era evidente que le importaban. No soportaba ver el sufrimiento de un niño. Creo que eso, a veces, lo ponía en conflicto con la gente.

– ¿Con qué gente?

– Otros profesionales, médicos que no siempre veían las cosas como él. Había un hombre…, ¿cómo se llamaba? He leído su nombre hace poco en algún sitio… ¡Ah, sí! ¡Christian! Eso es: el doctor Robert Christian, del Centro Midlake. Dan y él siempre discrepaban sobre detalles de los artículos que escribían, o en los congresos. Trabajaban en un ámbito reducido, supongo, así que se encontraban a menudo y discutían sobre la mejor manera de tratar a los niños que acudían a ellos.