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– ¿Debería estarlo?

– Hubo momentos en que lo habría estrangulado de buena gana. Sabía sacarme de quicio, tanto profesional como personalmente.

– ¿Le importaría explicarse?

– Bueno, supongo que para entenderlo a él, y lo que sucedió antes de su desaparición, conviene que sepa qué hacemos aquí. Llevamos a cabo reconocimientos médicos y peritajes psicológicos de casos donde existen acusaciones de malos tratos a menores, ya sean abusos deshonestos, agresiones físicas o emocionales, o el resultado de un abandono. Llega una llamada al Centro Asistencial de Augusta. El caso se remite a un supervisor, se somete a estudio, y luego se decide si es necesario o no enviar a un asistente social. A veces el aviso procede de la policía local, o de los Servicios de Protección a la Infancia. O proviene de la escuela, de un progenitor, de un vecino, o incluso del propio niño. Luego nos envían al niño para evaluarlo. Nosotros somos el principal proveedor de ese servicio en el estado. Cuando Daniel Clay empezó a realizar peritajes, aún estábamos en mantillas. Bueno, como todo el mundo. Ahora las cosas se han organizado un poco mejor. En este edificio podemos hacerlo todo: el reconocimiento, el peritaje, el tratamiento psicológico inicial, las entrevistas al niño y al supuesto perpetrador. Podemos ocuparnos de todo aquí mismo.

– ¿Y antes de abrirse el centro?

– El niño podía ser examinado por un médico, y luego enviado a otra parte para la entrevista y el peritaje.

– Y ahí intervenía Clay -apunté.

– Sí, pero, insisto, no creo que Daniel Clay actuase con suficiente cautela. Es una cuestión delicada, la actividad que ejercemos, y no hay respuestas fáciles. Todo el mundo quiere un sí o un no rotundo…, los fiscales, los jueces, y también, lógicamente, los implicados directos, como los padres o los custodios… Y como no siempre podemos ofrecérselo, quedan defraudados.

– No sé si he entendido bien -dije-. ¿No están aquí para eso?

Christian se echó adelante en la silla y abrió las manos. Las tenía muy limpias, con las uñas tan cortas que se le veía la carne blanda y pálida de las puntas de los dedos.

– Verá, tenemos entre ochocientos y novecientos casos al año. En cuanto a abusos deshonestos, quizás el cinco por ciento de los niños presenta pruebas físicas concluyentes: por ejemplo, pequeños desgarrones en el himen o el recto. En su mayoría son adolescentes, y aunque haya indicios de actividad sexual, es difícil determinar si ha habido consentimiento o no. Por lo que se refiere a las chicas, en muchos casos, pese a haber sido penetradas, el examen médico puede revelar un himen intacto. Si llega a establecerse que ha habido relación sexual sin consentimiento, a menudo es imposible saber quién lo ha hecho o cuándo. Lo único que podemos decir es que se ha producido contacto sexual. Incluso en un niño de muy corta edad, las pruebas pueden ser pocas o ninguna, sobre todo si tenemos en cuenta las variaciones anatómicas normales en los cuerpos de los niños. Detalles físicos que antes se consideraban anormales ahora se clasifican como no determinantes. La única manera infalible de establecer la existencia de abusos deshonestos es mediante un análisis de enfermedades de transmisión sexual, pero para eso el perpetrador tiene que estar infectado. Si la prueba da positivo, no cabe duda de que ha habido abusos deshonestos. Aun así, no resulta más fácil identificar al culpable, no a menos que dispongamos de muestras de ADN. Si el perpetrador no tenía ninguna enfermedad de transmisión sexual, no hay nada que hacer.

– Pero ¿y el comportamiento del niño? ¿No se vería alterado después de sufrir abusos?

– Los efectos varían, y no hay indicadores de comportamiento específicos que permitan deducir que un niño ha sido víctima de abusos. Pueden detectarse ansiedad, trastornos del sueño, a veces terrores nocturnos tras los que el niño se despierta gritando, inconsolable, y sin embargo no conserva el menor recuerdo del episodio a la mañana siguiente. Pueden morderse las uñas, tirarse del pelo, negarse a ir al colegio, insistir en dormir con un progenitor en quien confían. Los varones tienden a exteriorizar las emociones, se vuelven más agresivos, en tanto que las niñas tienden a la interiorización y se vuelven más retraídas y depresivas. Pero esos tipos de conducta también pueden producirse si, pongamos, los padres atraviesan un divorcio y el niño se ve sometido a tensiones. En sí mismos, no son prueba en ningún caso de abusos deshonestos. Al menos un tercio de los niños que han sufrido abusos no presenta ningún síntoma.

Me quité la chaqueta y seguí tomando notas. Christian sonrió.

– Es más complicado de lo que pensaba, ¿verdad?

– Un poco -contesté.

– Por eso son tan importantes el proceso de peritaje y las técnicas empleadas en la entrevista. El profesional no puede dirigir al niño, cosa que, a mi entender, hizo Clay en varios de sus casos.

– ¿Como el caso Muller?

Christian asintió con la cabeza.

– El caso Muller debería presentarse como ejemplo de manual de todo aquello que puede torcerse durante la investigación de presuntos abusos deshonestos a un menor: un niño manipulado por un progenitor, un profesional que deja de lado la objetividad como parte de una errónea actitud de paladín, un juez que prefiere el blanco y el negro a los distintos tonos de gris. Hay quienes creen que la gran mayoría de las acusaciones de abusos deshonestos surgidas durante los juicios por la custodia de los hijos en los casos de divorcio son inventados. Existe incluso un término para el comportamiento del niño en tales disputas: síndrome de enajenación parental, en que el niño se identifica con el padre o la madre y al hacerlo se enajena del otro progenitor. El comportamiento negativo hacia el progenitor enajenado es un reflejo de los propios sentimientos y percepciones del progenitor enajenador, no del niño. Es una teoría, y no todo el mundo la acepta, pero viendo el caso Muller en retrospectiva, Clay debería haberse dado cuenta de que la madre era hostil, y si hubiese indagado más sobre el historial médico de ella, habría descubierto que existían indicios de trastorno de la personalidad. En lugar de eso, se puso del lado de la madre y pareció aceptar la versión de los hechos del niño sin cuestionar nada. El asunto fue un desastre para todos los involucrados, y un desprestigio para quienes trabajan en este campo. Pero lo peor de todo es que un hombre perdió no sólo a su familia, sino también la vida.

Christian tomó conciencia de su creciente crispación. Se desperezó y dijo:

– Disculpe, me he ido un poco por las ramas.

– Nada de eso -respondí-. He sido yo quien le ha preguntado por los Muller. Antes me hablaba de las técnicas empleadas en las entrevistas.

– Verá, es muy sencillo, en cierto sentido. No pueden hacerse preguntas como: «¿Te ha pasado algo?», o «¿Fulano te ha tocado en algún sitio especial o íntimo?». Y menos aún cuando tratamos a niños de muy corta edad. Es posible que intenten complacer al perito dando la respuesta esperada para poder marcharse. También se da el caso de lo que se conoce como «atribución errónea de las causas», donde un niño puede haber oído algo y aplicárselo a sí mismo, quizá para llamar la atención. A veces uno encuentra al niño muy receptivo en un primer momento, pero luego descubre que se retracta bajo la presión de, pongamos, algún familiar. Ocurre también con los adolescentes, cuando la madre tiene un novio nuevo que empieza a abusar de la hija, pero la madre se niega a creerlo, porque no quiere perder al hombre que la mantiene y prefiere acusar a la niña de mentirosa. En general, los adolescentes traen consigo sus propios desafíos. Pueden mentir en cuanto a los abusos deshonestos para obtener alguna ventaja, pero en general son bastante inmunes a la sugestión. Con ellos el problema es que, si han sufrido abusos, pueden ser necesarias varias sesiones completas sólo para sonsacarles los detalles. No querrán hablar de ello, quizá por sentimiento de culpa o vergüenza, y nada desearán menos que explicar la experiencia a un desconocido si los abusos han incluido prácticas orales o anales.