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»De modo que el peritaje debe llevarse a cabo con todos estos factores en mente. Mi postura es que no creo a nadie. Sólo creo en los datos. Eso es lo que presento a la policía, a los fiscales y a los jueces si el caso llega a los tribunales. ¿Y sabe qué? Se sienten frustrados conmigo. Como he dicho, quieren respuestas concretas, pero muchas veces no puedo dárselas.

»Es ahí donde Daniel Clay y yo discrepábamos. Algunos peritos adoptan una postura casi política respecto a los abusos deshonestos. Creen que están proliferando, y entrevistan a los niños partiendo del supuesto de que ha habido abusos. Eso influye en todo lo que sucede a continuación. Clay se convirtió en el hombre al que acudir para confirmar acusaciones de abusos deshonestos, ya fuera en primera instancia, o cuando un abogado decidía buscar una segunda opinión en un caso de abusos. Ésa fue la raíz de sus problemas.

– Bien, ¿podemos volver un momento al caso Muller?

– Claro. Erik Muller. Está todo documentado. En su día la prensa informó detalladamente. Fue un divorcio conflictivo, y la mujer quería la custodia. Cabe pensar que, mediante presiones, indujo al hijo, que entonces tenía doce años, a presentar acusaciones contra su padre. El padre las negó, pero Clay hizo un peritaje muy condenatorio. Como eso no bastaba para que el fiscal lo llevara ante los tribunales, el caso fue al Juzgado de Familia, donde el peso de las pruebas es menor que en las causas penales. El padre perdió la custodia y se suicidó al cabo de un mes. Entonces el niño se retractó ante un sacerdote, y todo salió a la luz. Clay fue emplazado por el colegio de médicos. Al final no fue sancionado, pero su imagen se deterioró mucho como consecuencia de todo lo sucedido, y poco después dejó de hacer peritajes judiciales.

– ¿Eso fue decisión de Clay o se vio obligado?

– Las dos cosas. Decidió no hacer más peritajes, pero si hubiese optado por continuar, tampoco se los habrían ofrecido. Por entonces, este centro ya llevaba un tiempo en activo, así que empezó a recaer en nosotros el peso de la mayor parte de los peritajes. Bueno, digo «peso», pero estábamos más que dispuestos a asumirlo. Nos hemos comprometido con el bienestar infantil tanto como Daniel Clay, pero nunca hemos perdido de vista nuestras responsabilidades para con todas las partes implicadas, y en particular para con la verdad.

– ¿Sabe qué fue del niño, el hijo de Muller?

– Murió.

– ¿Cómo?

– Era drogadicto y murió de una sobredosis de heroína, en Fort Kent. De eso hace…, mmm…, unos tres años. No sé cómo acabó la madre. La última vez que supe de ella vivía en Oregón. Volvió a casarse, y creo que ahora tiene otro hijo. Espero que con éste haga mejor papel que con el primero.

Al parecer el enfoque Muller no iba a llevarme a ninguna parte. Pasé al tema de los abusos deshonestos padecidos por algunos de los pacientes de Clay. Por lo visto, Christian conocía los detalles al dedillo. Quizás había repasado el caso antes de mi llegada, o tal vez fuera simplemente uno de esos casos que nadie podía olvidar.

– Nos presentaron dos casos de supuestos abusos deshonestos en un periodo de tres meses -explicó Christian-, ambos con elementos parecidos: supuestos abusos cometidos por un desconocido, o por alguien a quien el niño en principio no conocía, y la utilización de máscaras.

– ¿Máscaras?

– Máscaras de ave. Los autores de los abusos, tres en un caso y cuatro en el otro, ocultaron sus rostros con máscaras de ave. Los niños, el primero una niña de doce años, el segundo un niño de catorce, fueron secuestrados, una camino de su casa al salir de la escuela, el otro mientras bebía cerveza junto a una vía de ferrocarril abandonada. Luego los llevaron a un lugar desconocido, los sometieron a abusos sistemáticamente durante horas y al final los dejaron cerca de donde los habían secuestrado. Los supuestos abusos se habían producido unos años antes, uno a mediados de los ochenta y el otro a principios de los noventa. El primer caso salió a la luz cuando la niña intentó suicidarse poco antes de su inminente boda a la tierna edad de dieciocho años. El segundo se descubrió cuando el chico compareció ante el juez por diversos delitos menores y el abogado decidió utilizar los supuestos abusos como atenuante. El juez se mostró poco predispuesto a creerlo, pero cuando nos llegaron los dos casos, fue imposible pasar por alto las similitudes. Esos dos chicos no se conocían; vivían en pueblos distintos, a ochenta kilómetros de distancia. Sin embargo, los detalles de sus historias coincidían plenamente, incluso los detalles de las máscaras empleadas.

»¿Y sabe qué más tenían en común? Los dos habían sido tratados por Daniel Clay. La chica había presentado una acusación de abusos contra un profesor y resultó ser falsa, motivada por la convicción de que el profesor se sentía atraído en secreto por una de sus amigas. Fue uno de los raros casos en que Clay, en su peritaje, consideró infundadas las acusaciones. El chico fue remitido a Clay después de mantener contactos sexuales indebidos con una niña de diez años de su clase. En su peritaje, Clay apuntaba posibles indicios de abusos en el pasado del chico, pero ahí quedó todo. Desde entonces hemos descubierto otros seis casos en los que está presente el elemento de las aves: tres fueron antiguos pacientes de Daniel Clay, pero ninguno de los casos tuvo lugar después de su desaparición. En otras palabras, no se ha conocido ningún incidente análogo desde finales de 1999. Eso no excluye la posibilidad de que hayan ocurrido y nosotros no nos hayamos enterado. La mayoría de los chicos implicados eran…, mmm…, un poco conflictivos en ciertos sentidos, y por eso las acusaciones tardaron tanto en salir a la luz.

– ¿Conflictivos?

– Tenían una conducta antisocial. Algunos ya habían presentado antes acusaciones de abusos, que podían ser ciertas o no. Otros habían delinquido, o sencillamente tenían progenitores o padres adoptivos negligentes que no los controlaban. Por la imagen que daban en conjunto, es posible que las autoridades tendieran a no creerles, aunque hubieran hecho el esfuerzo de hablar de lo ocurrido; y en cualquier caso, los agentes de policía, en especial los hombres, son reacios en general a creer las acusaciones de abusos deshonestos presentadas por chicas adolescentes. Por esa misma razón, porque nadie se interesaba por ellos, eran chicos más vulnerables.

– Por tanto, Clay desapareció antes de que pudieran interrogarlo detenidamente sobre esos hechos, ¿no es así?

– Bueno, la mayoría de los casos se dieron a conocer después de su desaparición, pero más o menos sí, así es -respondió Christian-. Para nosotros el problema es que, como no estamos capacitados para salir a buscar a las posibles víctimas, hemos tenido que esperar a que surgieran indicios de abusos similares. Están en juego cuestiones como el secreto profesional, historiales cerrados, incluso la dispersión natural de las familias y los hijos que se produce con el paso del tiempo. Todos los niños que padecieron abusos semejantes a los que le he descrito rondarán ahora los veinte años como mínimo, dado que las víctimas que conocemos oscilaban entre los nueve y quince años cuando presuntamente se produjeron los abusos. En otras palabras, no podemos publicar un anuncio en los periódicos preguntando por personas que hayan sufrido abusos a manos de hombres con máscaras de ave. Las cosas no se hacen así.

– ¿Existe algún motivo para pensar que Clay pudo ser uno de los autores de los abusos?

Christian dejó escapar un largo suspiro.

– Ésa es la pregunta clave, ¿no? Corrieron rumores, eso por descontado, pero ¿llegó usted a conocer a Daniel Clay?

– No.

– Era un hombre alto, muy alto, de un metro noventa y cinco por lo menos. Y muy delgado. En conjunto tenía un aspecto muy característico. Cuando volvimos a repasar esos casos, las descripciones de los supuestos autores ofrecidas por los chicos implicados no correspondían a Daniel Clay.