Salí de la interestatal por la Carretera 1, un tramo de urbanismo comercial incontrolado tan feo como el que más en la zona nordeste; luego seguí por la 107 en dirección norte, que no era mucho mejor, y atravesé Revere y Saugus hacia Lynn. Pasé por delante de la gran planta de tratamiento de residuos Wheelabrator, a mi derecha, y luego por GE-Aviation, la fábrica que creaba más puestos de trabajo en la región. Cuando entré en Lynn, el paisaje estaba salpicado de concesionarios de coches de segunda mano y solares vacíos. Farolas adornadas con banderas nacionales daban la bienvenida a los recién llegados, cada una patrocinada por un comercio local. Eldritch y Asociados no se contaba entre ellos y, cuando llegué a sus oficinas, me fue fácil entender la razón. No parecía una empresa especialmente próspera. Ocupaba las dos plantas superiores de un edificio gris y feo, desafiante como un perro callejero en medio de la manzana. Tenía las ventanas mugrientas y desde hacía mucho, mucho tiempo, nadie había renovado el letrero dorado que anunciaba que allí había un abogado. Estaba encajonado entre el bar de Tulley, a la derecha -un establecimiento bastante austero ya de por sí, que parecía construido para repeler un asedio-, y un bloque de apartamentos gris verdoso con locales comerciales en los bajos: un salón de manicura, una tienda llamada Multiservicios Angkor con carteles en camboyano y un restaurante mexicano que anunciaba pupusas, tortas y tacos. En la esquina había otro bar al lado del cual el Tulley parecía diseñado por Gaudí. Era poco más que una puerta y un par de ventanas; encima de la entrada aparecía el nombre en letras blancas y desiguales, que habría escrito alguien que posiblemente padecía en ese momento un grave acceso de delirium tremens y se había ofrecido a hacer la tarea a cambio de una copa con la que quitarse el temblor de las manos. Se llamaba Eddys, sin apóstrofe. Tal vez si lo hubiesen llamado Eddys «el Sereno», el cartel habría podido salir del paso aduciéndose una intención irónica.
Cuando aparqué delante del Tulley, no era muy optimista respecto a Eldritch y Asociados. Según mi experiencia, los abogados tendían a ser más bien reservados con los investigadores privados, y la conversación del día anterior con Stark había contribuido poco a hacerme cambiar de opinión. De hecho, si me paraba a pensar, mis encuentros con abogados habían sido casi todos igual de negativos. Tal vez no había conocido a suficientes. O también podía ser que estuviese conociendo a demasiados.
La puerta de la planta baja del edificio de Eldritch no estaba cerrada, y una estrecha escalera de desportillados peldaños llevaba a los pisos superiores. La pared amarilla a la derecha de la escalera tenía una amplia mancha de grasa a la altura de mi brazo derecho, donde un sinfín de mangas de abrigo la habían rozado a lo largo de los años. Se percibía un olor a moho, cada vez más intenso a medida que subía. Era el olor del viejo papel pintado en lenta descomposición, del polvo apilado sobre el polvo, de la moqueta podrida y de causas legales arrastradas durante décadas. Era material apto para Dickens. Si los problemas de Jarndyce y Jarndyce hubiesen atravesado el Atlántico, habrían encontrado un entorno familiar en el bufete de Eldritch y Asociados.
Llegué a una puerta con el rótulo ASEOS en el primer rellano. Frente a mí, en la segunda planta, apareció una puerta de cristal esmerilado con el nombre del bufete grabado. Seguí subiendo, sin depositar demasiada confianza en la moqueta que pisaba, fatalmente minada por la ausencia de clavos suficientes para mantenerla en su sitio. A mi derecha, otro tramo de escalera ascendía hacia la penumbra de la última planta. Allí la moqueta no estaba tan gastada, lo que no era mucho decir.
Por educación, llamé a la puerta de cristal antes de entrar. Se me antojó lo propio en el Viejo Mundo. Como no contestó nadie, abrí la puerta y entré. A mi izquierda se extendía un mostrador bajo de madera. Más allá había un gran escritorio y, detrás de éste, una mujer corpulenta con una mata de pelo negro en precario equilibrio sobre la cabeza, como un helado sucio en lo alto de un cucurucho. Vestía una blusa de color verde chillón con volantes en el cuello y un amarillento collar de perlas de imitación. Como todo lo demás allí, parecía vieja, pero la edad no había apagado su afición por los cosméticos o el tinte, pese a que sí la había privado de algunas de las aptitudes necesarias para aplicarse lo uno y lo otro sin que el resultado final semejase, más que un acto de vanidad, un acto vandálico. Fumaba. En vista de la cantidad de papel que la rodeaba, eso casi parecía una valentonada suicida, además de indicar una admirable falta de respeto por la ley, incluso para alguien que trabajaba al servicio de un abogado.
– ¿Puedo ayudarle? -preguntó. Tenía una voz aguda y ahogada como la de un cachorro en el momento de estrangularlo.
– Me gustaría ver al señor Eldritch -contesté.
– ¿Padre o hijo?
– Cualquiera.
– El padre está muerto.
– Pues entonces tendrá que ser el hijo.
– Está ocupado. No acepta clientes nuevos. Andamos de cabeza.
Intenté imaginarla no ya andando de cabeza, sino aunque fuese con los pies, y me resultó imposible. Había un cuadro en la pared detrás de ella, pero la luz del sol se había comido el color hasta tal punto que sólo se veía una insinuación de un árbol en una esquina del lienzo. Las paredes eran amarillas, igual que la de la escalera, pero décadas de acumulación de nicotina les habían conferido una inquietante pátina marrón. El techo acaso hubiese sido de color blanco en otro tiempo, pero sólo un necio habría apostado por ello. Y había papel por todas partes: en la moqueta, en la mesa de la mujer, en una segunda mesa desocupada cerca de ella, en el mostrador, en un par de sillas viejas de respaldo recto que posiblemente se ofrecieran en su día a los clientes pero que ahora se asignaban a necesidades de almacenamiento más acuciantes, y en los estantes de pared a pared. Si hubiesen encontrado la manera de amontonar papel en el techo, probablemente también lo habrían cubierto. No parecía que ninguno de los documentos se hubiese movido mucho desde que las plumas de oca pasaron de moda como artículo de escritorio.
– Tiene que ver con alguien que quizás ya es cliente -expliqué-. Se llama Merrick.
Me miró con los ojos entornados a través de un penacho de humo de tabaco.
– ¿Merrick? No me suena de nada.
– Conduce un coche que está a nombre de este bufete.
– ¿Cómo sabe que es uno de los nuestros? -preguntó la mujer.
– Bueno, al principio fue difícil saberlo porque no estaba lleno a rebosar de papeles, pero al final salió a la luz.
Entornó aún más los ojos. Le di la matrícula.
– Merrick -repetí. Señalé el teléfono en la mesa-. Quizá quiera avisar a alguien que no esté muerto.
– Tome asiento -dijo ella.
Miré alrededor.
– No veo dónde.
Estuvo a punto de sonreír, pero cambió de idea por miedo a agrietarse el maquillaje.
– Pues entonces tendrá que esperar de pie.
Dejé escapar un suspiro. Ésa era una prueba más, si hacía falta alguna prueba, de que no todos los gordos eran felices. Papá Noel tenía muchas explicaciones que dar.
Cogió el auricular y pulsó unas teclas en el aparato de color crema.
– ¿Nombre?
– Parker. Charlie Parker.
– ¿Como el cantante?
– El saxofonista.
– Lo que sea. ¿Puede identificarse?
Le enseñé mi carnet. Lo miró con desagrado, como si acabara de sacarme la pilila y hubiera empezado a hacer travesuras con ella.
– La foto es antigua -dijo.
– Muchas cosas son antiguas -repliqué-. Uno no puede permanecer joven y guapo eternamente.
Tamborileó con los dedos en la mesa mientras aguardaba respuesta al otro lado de la línea. Llevaba las uñas pintadas de rosa. Al ver el color me chirriaron los dientes.