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– ¿Seguro que no cantaba?

– Casi seguro.

– Ya. ¿Quién era el que cantaba, pues? El que se cayó por una ventana.

– Chet Baker.

– Ya. Siguió tamborileando con las uñas.

– ¿Le gusta Chet Baker? -pregunté. Estábamos entablando una relación.

– No.

O quizá no. Por suerte, en algún lugar por encima de nosotros alguien descolgó el teléfono.

– Señor Eldritch, hay aquí un… -hizo una pausa teatral-, un caballero que desea verlo. Pregunta por un tal señor Merrick.

Escuchó la respuesta asintiendo. Cuando colgó, parecía aún más disgustada que antes. Creo que esperaba orden de echarme los perros.

– Puede subir. La segunda puerta en el último piso.

– Ha sido un grandísimo placer -dije.

– Sí, ya. No tarde en volver.

Allí la dejé, como a una Juana de Arco obesa esperando a que se prendiese la hoguera, y subí al último piso. La segunda puerta ya estaba abierta y un anciano menudo, de setenta o más años, me aguardaba de pie en el umbral. Conservaba aún casi todo el pelo, o casi todo el pelo de alguien. Vestía un pantalón gris milrayas y chaqueta negra encima de una camisa blanca y un chaleco milrayas. La corbata era de seda negra. Se le veía vagamente mohíno, como un empleado de pompas fúnebres al que se le hubiese extraviado un cadáver. Parecía haberse posado sobre él una ligera pátina de polvo, una mezcla de caspa y trocitos de papel, sobre todo papel. Arrugado y marchito como estaba, daba la impresión de que él mismo fuese de papel y se desintegrase lentamente junto con los desechos acumulados de una vida entera al servicio de la ley.

Me tendió la mano para saludarme y evocó una sonrisa. En comparación con el trato dispensado por su secretaria, fue como si me recibieran haciéndome entrega de las llaves de la ciudad.

– Soy Thomas Eldritch -dijo-. Pase, por favor.

Su despacho era pequeño. Allí también había papeles, pero menos. Incluso parecía que habían movido algunos recientemente, y los estantes contenían cajas archivadoras dispuestas en orden cronológico, todas identificadas con sus correspondientes fechas. Se remontaban a un pasado muy lejano. Cerró la puerta a mis espaldas y esperó a que me sentase antes de tomar asiento al otro lado de su mesa.

– Y bien -dijo acodándose en la mesa y juntando las palmas de las manos en alto-. ¿Qué pasa con el señor Merrick?

– ¿Lo conoce?

– Sé de su existencia. Le proporcionamos un coche a petición de uno de nuestros clientes.

– ¿Puedo saber el nombre del cliente?

– Lamentablemente, no puedo decírselo. ¿Se ha metido el señor Merrick en algún lío?

– Va camino de ello. Me ha contratado una mujer que parece haber atraído las atenciones de Merrick. Está acechándola. Rompió una ventana de su casa.

Eldritch chasqueó la lengua en señal de desaprobación y preguntó:

– ¿Ha informado esa mujer a la policía?

– Sí.

– No se han puesto en contacto con nosotros. Sin duda a estas alturas ya habríamos tenido noticia de una denuncia así, ¿no cree?

– La policía no llegó a hablar con él. Yo anoté el número de matrícula de su coche, y es así como he dado con ustedes.

– Muy emprendedor por su parte. Y ahora, en lugar de informar a la policía, ha venido aquí. ¿Puede explicarme por qué?

– La mujer en cuestión no tiene muy claro que la policía pueda ayudarla -respondí.

– Y usted sí puede.

Más que preguntarlo lo afirmó, y me asaltó la inquietante sensación de que Eldritch ya sabía quién era yo antes de que llegara. Aun así, me lo planteé como una pregunta.

– Eso me propongo. Si esta situación se alarga, es posible que tenga que intervenir la policía, lo que, imagino, podría resultar molesto, o algo peor, para ustedes y su cliente.

– Ni nosotros ni nuestro cliente somos responsables del comportamiento del señor Merrick, aun cuando lo que usted dice sea verdad.

– Puede que la policía no opine lo mismo si actúan ustedes como su agencia de alquiler de coches particular.

– Y entonces recibirán la misma respuesta que acabo de darle a usted. Nosotros nos limitamos a proporcionarle un coche a petición de un cliente. Nada más.

– ¿Y no puede decirme nada en absoluto acerca de Merrick?

– No. Como ya le he dicho, sé muy poco sobre él.

– ¿Ni siquiera conoce su nombre de pila?

Eldritch se paró a pensar. Advertí un destello de astucia en sus ojos. Tuve la impresión de que se lo estaba pasando bien.

– Me parece que se llama Frank.

– ¿Considera posible que «Frank» haya cumplido condena en algún momento?

– No sabría decirle.

– Por lo visto, es muy poco lo que puede decir.

– Soy abogado, y por tanto mis clientes esperan de mí cierto grado de discreción. De lo contrario, no habría seguido en esta profesión tanto tiempo. Si lo que usted dice es verdad, las acciones del señor Merrick son muy de lamentar. Quizá si su clienta se sentara a hablar con él, la situación se resolvería a plena satisfacción de todos, ya que, según deduzco, el señor Merrick cree que ella puede serle de ayuda.

– En otras palabras, si ella le dice lo que él quiere saber, se marchará.

– Sería lo lógico. ¿Y ella sabe algo?

La pregunta quedó en el aire. Me estaba poniendo un cebo, y todo cebo suele esconder un anzuelo.

– Eso piensa él, por lo visto.

– Siendo así, ésa parece la solución natural. Estoy seguro de que el señor Merrick es un hombre razonable.

Eldritch permaneció asombrosamente quieto durante toda la conversación. Sólo movía los labios. Incluso los ojos parecían reacios a parpadear. Sin embargo esbozó una sonrisa al pronunciar la palabra «razonable», atribuyéndole una connotación que era todo lo contrario de su significado aparente.

– ¿Conoce personalmente a Merrick, señor Eldritch?

– He tenido el placer, sí.

– Parece un hombre con mucha rabia contenida.

– Es posible que tenga una buena razón para ello.

– No me ha preguntado cómo se llama la mujer para quien trabajo -observé-, lo que me induce a pensar que ya lo sabe, y eso a su vez parecería indicar que el señor Merrick ha estado en contacto con usted.

– He hablado con el señor Merrick, sí.

– ¿También es cliente suyo?

– Digamos que lo fue. Lo representamos en cierto asunto. Ya no es cliente nuestro.

– Y ahora lo ayuda porque se lo ha pedido otro cliente.

– Exacto.

– ¿Qué interés tiene su cliente en Daniel Clay, señor Eldritch?

– Mi cliente no tiene el menor interés en Daniel Clay.

– No le creo.

– No voy a mentirle, señor Parker. Si, por la razón que sea, no puedo contestar a una pregunta, se lo diré, pero no voy a mentirle. Se lo repetiré: por lo que yo sé, mi cliente no tiene el menor interés en Daniel Clay. Las indagaciones del señor Merrick son a título personal.

– ¿Y su hija? ¿Tiene su cliente algún interés en ella?

Eldritch pareció contemplar la posibilidad de admitirlo, y finalmente decidió no hacerlo, pero bastó con su silencio.

– No sabría decir. Eso es algo que tendrá que tratar usted mismo con el señor Merrick.

Me picaba la nariz. Sentía dentro de ella las moléculas de papel y polvo, como si gradualmente yo empezase a formar parte del despacho de Eldritch, hasta que un día, al cabo de unos años, entrase un desconocido y nos encontrase allí, a Eldritch y a mí, intercambiando aún interminables preguntas y respuestas, los dos cubiertos de una fina capa de materia blanca mientras nos reducíamos a polvo.

– ¿Quiere saber lo que pienso, señor Eldritch?

– ¿Qué, señor Parker?

– Pienso que Merrick es un hombre peligroso, y pienso que alguien lo ha contratado para intimidar a mi cliente. Usted sabe quién es esa persona, así que tal vez tenga a bien transmitirle este mensaje: dígale que hago muy bien mi trabajo, y que si le pasa algo a la mujer que está bajo mi protección, volveré aquí y alguien tendrá que rendir cuentas. ¿He hablado claro?