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– ¿Podemos ayudarle en algo? -preguntó uno. Tenía unos cinco años más que yo. Grande y de aspecto fuerte, llevaba el pelo muy corto para disimular una avanzada calvicie.

Es ridículo e infantil por mi parte, lo sé, pero siempre siento una breve oleada de calor cuando conozco a alguien aproximadamente de mi edad que ha perdido más pelo que yo. El pobre, aunque sea el rey del mundo y dueño de diez o doce empresas, al mirarse en el espejo por la mañana pensará: «Maldita sea, ojalá conservara el pelo».

– Busco a Jerry Legere -anuncié.

Quien contestó fue el otro, un hombre de pelo blanco y mejillas rubicundas. Rebecca era cinco o seis años más joven que yo, calculaba, y ese hombre me llevaba diez o quince. Le sobraban unos kilos y le colgaba la piel en la papada. Su cabeza, grande y cuadrada, parecía pesar demasiado para el cuerpo, y una mueca crónica se dibujaba en sus labios, como si siempre estuviera a punto de manifestar su irritación por algo: las mujeres, los niños, la música moderna, el tiempo. Vestía una camisa de cuadros de leñador remetida en unos vaqueros viejos y calzaba unas botas de faena llenas de lodo y con un cordón distinto en cada una. Rebecca era una mujer atractiva. Lo cierto es que no siempre podemos elegir a aquellos de quienes nos enamoramos, y yo sabía que la belleza no lo era todo, pero la unión de las casas de Clay y Legere, por temporal que hubiese sido, inducía a pensar que a veces la belleza podía ser en realidad una auténtica desventaja.

– Me llamo Charlie Parker -dije-. Soy investigador privado. Me gustaría hablar con usted si dispone de unos minutos.

– ¿Lo ha contratado ella?

A juzgar por el tono de voz, ese «ella» no hacía referencia a alguien por quien conservara un gran afecto.

– Trabajo para su ex esposa, si se refiere a eso -contesté.

Su expresión se relajó, aunque sólo un poco, o al menos la mueca de irritación se atenuó ligeramente. Por lo visto, Legere tenía problemas con otra que no era Rebecca. Pero el efecto no duró mucho. Si algo podía decirse de Jerry Legere, es que parecía incapaz de poner cara de póquer y mantener ocultos sus pensamientos. Pasó de la preocupación al alivio, y luego se sumió en una inquietud que rayaba en el pánico. Cada transición se traducía con toda nitidez en sus facciones. Era como un personaje de dibujos animados: su rostro perseguía continuamente a sus emociones para no quedarse a la zaga.

– ¿Para qué. necesita mi ex mujer a un detective? -preguntó.

– Por eso he venido a hablar con usted. ¿Podemos salir un momento?

Legere dirigió una mirada al hombre de menor edad, quien asintió con la cabeza y volvió a examinar el plano. En el cielo, despejado y azul, un sol radiante daba luz pero no calor.

– ¿Y bien? -preguntó.

– Su ex mujer me ha contratado porque un hombre ha estado molestándola.

Aguardé a que una expresión de sorpresa asomara como por arte de magia en el semblante de Legere, pero me defraudó. Se contentó con esbozar una sonrisa lasciva propia del villano de un melodrama Victoriano.

– ¿Alguno de sus novios? -inquirió.

– ¿Tiene novios?

Legere se encogió de hombros.

– Es una zorra. No sé cómo los llaman las zorras: polvos, quizá.

– ¿Por qué la considera una zorra?

– Porque lo es. Me engañó cuando estábamos casados, y luego encima me mintió al respecto. Miente en todo. En cuanto al hombre del que me habla, probablemente sea un mamón al que le prometió un buen rato y luego se puso nervioso al ver que no llegaba. Fui un idiota al casarme con una mujer que era mercancía usada, pero me dio pena. No cometeré ese error dos veces. Ahora me las folio pero no me caso con ellas.

En sus labios se dibujó otra sonrisa lasciva. Esperé a que me diera un codazo de complicidad en las costillas, o me saliera con uno de esos guiños que insinúan «¿No somos hombres de mundo?», como en el sketch de Monty Python. «Así que es tu mujer, ¿eh? Es una mentirosa y una zorra, ¿verdad? Todas lo son.» Dicho así, no tenía tanta gracia. Recordé la pregunta anterior de Legere: «¿Lo ha contratado ella?», y el alivio en su cara cuando le dije que trabajaba para su ex mujer. ¿Qué habrás hecho, Jerry? ¿A quién habrás irritado tanto como para que pueda necesitar los servicios de un detective?

– No creo que se trate de un pretendiente rechazado -dije.

Legere parecía a punto de preguntar qué significaba «pretendiente», pero finalmente se tomó la molestia de deducirlo por su cuenta.

– Ha estado preguntando por el padre de Rebecca -proseguí-. Cree que Daniel Clay quizás esté vivo todavía.

Un breve destello apareció en los ojos de Legere. Fue como si un genio intentase escapar del interior de su botella y, en el último momento, viera que alguien encaja el corcho enérgicamente y le corta el paso.

– Eso es una estupidez -respondió Legere-. Su padre ha muerto. Todo el mundo lo sabe.

– ¿Todo el mundo?

Legere desvió la mirada.

– Ya sabe a qué me refiero.

– Está desaparecido, no muerto -recordé.

– Ella solicitó la declaración de defunción. Aunque para mí ya es demasiado tarde. Hay dinero en el banco, pero no veré ni un centavo. Ahora mismo no me vendría mal.

– ¿Corren tiempos difíciles?

– Siempre corren tiempos difíciles para los trabajadores.

– A eso debería ponerle música.

– Imagino que ya se la ha puesto alguien. No es ninguna novedad.

Se dio media vuelta y dirigió la mirada hacia el almacén, a todas luces impaciente por deshacerse de mí y volver a su trabajo. Yo no podía reprochárselo.

– ¿Y por qué está tan seguro de que Daniel Clay ha muerto?

– Me parece que no me gusta ese tono -repuso. Apretó los puños involuntariamente. Tomó conciencia del acto reflejo y los relajó de nuevo. Luego se enjugó las palmas de las manos en las costuras de los vaqueros.

– ¿Qué tono? No hay ningún tono. Sólo quería decir que parece usted muy convencido de que Daniel Clay no va a volver.

– Bueno, lleva desaparecido mucho tiempo, ¿no? Nadie lo ha visto en seis años y, por lo que sé, se marchó con lo puesto. Ni siquiera se llevó una bolsa con una muda.

– ¿Eso se lo contó su ex mujer?

– Si no me lo contó ella, lo leí en los periódicos. No es ningún secreto.

– ¿Ya se conocían cuando desapareció su padre?

– No, nos liamos más tarde, pero no duró más de seis meses. Me enteré de que se veía con otros hombres a mis espaldas, la muy cabrona, y la dejé.

No parecía incomodarle contarme aquello. Por lo general, cuando un hombre habla de las infidelidades de sus mujeres o novias, muestra un mayor grado de vergüenza que Legere, y el recuerdo que se tiene de la relación queda marcado por una permanente sensación de traición. Además, no le cuentan sus secretos a cualquiera, porque lo que más temen es que, por algún motivo, los demás los consideren responsables a ellos y lleguen a pensar que sus propias carencias han obligado a sus mujeres a buscar placer en otra parte, que no han sido capaces de satisfacerlas. Estas cuestiones, los hombres tienden a verlas distorsionadas a través del prisma del sexo. Yo había conocido a mujeres que se descarriaban por el deseo, pero había conocido a muchas más que engañaban porque así recibían el afecto y las atenciones que se les negaban en casa. Los hombres, en su gran mayoría, buscan sexo. Las mujeres lo canjean.

– Supongo que yo tampoco era inocente -dijo-, pero los hombres somos así. A ella no le faltaba de nada. No tenía por qué hacer lo que hizo. Me echó de casa cuando puse reparos a su comportamiento. Ya se lo he dicho: es una puta. En cuanto llegan a determinada edad, ya está. Se convierten en zorras. Pero ella, en lugar de admitirlo, me lo echó a mí en cara. Dijo que el que había actuado mal era yo, no ella. La muy cabrona.