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No sabía muy bien en qué medida eso era asunto mío, pero las explicaciones de Rebecca Clay sobre sus dificultades conyugales eran muy distintas de las de su ex marido. Ahora Legere afirmaba que él era la parte agraviada, y si bien la versión de Rebecca sonaba más verosímil, quizás eso se debía sencillamente a que Jerry Legere me ponía los pelos de punta. Pero yo no veía qué razón podía tener para mentir. Su propia imagen no quedaba muy bien parada, y el resentimiento de fondo era inconfundible. Había algo de verdad en su historia, por muy distorsionada que estuviera al contarla.

– ¿Ha oído hablar alguna vez de un tal Frank Merrick? -pregunté.

– No, yo diría que no -contestó-. ¿Merrick? No, no me suena. ¿Es el hombre que la ha estado molestando?

– Sí.

Legere volvió a desviar la mirada. No le veía la cara, pero había cambiado de postura, como si de pronto se hubiese puesto tenso para esquivar un golpe.

– No -repitió-. No sé de quién me habla.

– Es curioso -comenté.

– ¿Qué?

– Según parece, él lo conoce a usted.

En ese momento me concedió toda su atención. Ni siquiera se molestó en ocultar la alarma que aquello le causaba.

– ¿Qué quiere decir?

– Fue él quien me aconsejó que hablase con usted. Dijo que quizás usted sabía por qué él andaba buscando a Daniel Clay.

– Eso es falso. Ya se lo he dicho: Clay está muerto. Los hombres como él no se esfuman de la faz de la tierra para volver a aparecer más tarde en otro sitio con un nombre distinto. Está muerto. Aunque no lo estuviera, nunca se pondría en contacto conmigo. Yo ni siquiera lo conocí.

– En opinión de ese Merrick, su ex mujer pudo contarle a usted cosas que les escondió a las autoridades.

– Se equivoca -se apresuró a decir-. No me contó nada. Ni siquiera hablaba mucho de él.

– ¿Eso no le extrañó?

– No. ¿Qué iba a decir? Ella lo que quería era olvidarlo. No servía de nada hablar de él.

– ¿Habría podido estar en contacto con él sin que usted se enterara, en el supuesto de que siguiera vivo?

– Mire, no creo que sea tan lista -respondió Legere-. Si ve a ese hombre otra vez, dígaselo.

– Por cómo habló de usted, no me extrañaría que tuviese ocasión de decírselo usted mismo.

La perspectiva no pareció agradarle mucho. Escupió al suelo y luego restregó el salivazo en la tierra con la suela del zapato sólo por hacer algo.

– Una última pregunta, señor Legere: ¿qué era el Proyecto?

Si se podía paralizar a un hombre con una palabra, eso fue lo que le sucedió a Jerry Legere.

– ¿Y eso de dónde lo ha sacado?

Pronunció la frase casi antes de tomar conciencia de ello, y al instante vi que se arrepentía. Ya no se percibía ira en su voz. Había desaparecido por completo, barrida por lo que quizá fuese asombro. Movía la cabeza en un gesto de aparente incredulidad.

– Da igual de dónde lo haya sacado. Sólo me gustaría saber qué es, o era.

– Se ha enterado por ese fulano, ¿no? Por ese Merrick. -Estaba recobrando en parte la hostilidad-. Se presenta aquí lanzando acusaciones, hablándome de gente que no conozco, dando crédito a las mentiras de un desconocido y a las de esa cabrona con la que me casé. Hace falta valor.

Me empujó bruscamente en el pecho con la mano derecha. Di un paso atrás y él avanzó hacia mí. Vi que se preparaba para asestarme otro golpe, más fuerte y a más altura que el primero. Levanté las manos en un gesto apaciguador y fijé los pies en el suelo, el derecho un poco por delante del izquierdo.

– Te voy a enseñar yo… -dijo.

Impulsándome con todo el peso del cuerpo lancé el pie izquierdo al frente y le golpeé en el estómago como quien intenta abrir una puerta de una patada. Con la respiración cortada por el impacto cayó de espaldas al suelo. Sin aliento, se llevó las manos al vientre. Tenía el rostro contraído de dolor.

– Hijo de puta -exclamó-. Te mataré por esto.

Me planté ante él.

– El Proyecto, señor Legere. ¿Qué era?

– Vete a la mierda. No tengo ni idea de qué me hablas.

Pronunció aquellas palabras apretando los dientes. Saqué una tarjeta de mi cartera y la dejé caer sobre él. El otro hombre apareció en la puerta del almacén. Tenía una palanca en la mano. Levanté un dedo en señal de advertencia, y se detuvo.

– Volveremos a hablar. Quizá quiera reflexionar un poco sobre Merrick y lo que dijo. Le guste o no, acabará tratando este asunto con uno de nosotros dos.

Me dirigí hacia el coche. Oí cómo se ponía en pie. Reclamó mi atención. Me volví. Lang, aún en la entrada del almacén, le preguntó a Legere si estaba bien, pero Legere no le hizo caso. La expresión de su rostro había vuelto a cambiar. Seguía enrojecido y le costaba respirar, pero ahora se advertía malevolencia en su semblante.

– ¿Te crees muy listo? -preguntó-. ¿Te crees muy duro? Tal vez te convenga hacer unas cuantas averiguaciones para saber qué le pasó al último que empezó a preguntar sobre Daniel Clay. También era detective, como tú. -Puso especial énfasis en la palabra «detective»-. ¿Y sabes dónde está? -prosiguió Legere-. En el mismo sitio que Daniel Clay, ni más ni menos. En algún lugar hay un hoyo en la puta tierra, y dentro está Daniel Clay, y justo al lado hay otro hoyo con un puto fisgón pudriéndose dentro. Así que adelante, sigue preguntando sobre Daniel Clay y los «proyectos». Siempre queda sitio para otro más. No cuesta mucho cavar un hoyo, y cuesta aún menos llenarlo cuando dentro hay un cadáver.

Me acerqué a él, satisfecho de ver que daba un paso atrás.

– Ahí tiene otra vez -dije-. Habla convencido de que Daniel Clay ha muerto.

– No tengo nada más que hablar.

– ¿Quién era el detective? -pregunté-. ¿Quién lo contrató?

– Vete a la mierda -contestó Legere, pero de pronto cambió de idea. Su rostro se contrajo en una amplia y rencorosa sonrisa-. ¿Quieres saber quién lo contrató? Fue esa cabrona, igual que te contrató a ti. También se lo follaba. Yo me di cuenta. Ella olía a él. Seguro que también a ti te paga así, pero no te creas que eres el primero.

»E hizo las mismas preguntas que tú, sobre Clay y los "proyectos" y lo que ella me dijo o dejó de decirme, y tú vas a seguir sus pasos. Porque así terminan quienes andan preguntando por Daniel Clay. -Chasqueó los dedos -. Desaparecen.

Se sacudió el polvo de los vaqueros. Parte de su falso valor empezó a disiparse a medida que la adrenalina lo abandonaba, y por un momento parecía que acababa de entrever su propio futuro, y que lo que veía lo asustaba.

– Desaparecen.

10

Cuando llegué a casa, me puse en contacto con Jackie Garner. Me dijo que seguía todo en orden. Lo noté un tanto decepcionado. Telefoneé luego a Rebecca Clay, y me confirmó que Merrick no había dado señales de vida. Por lo visto mantenía su palabra, y las distancias, salvo por la llamada que me había hecho.

Rebecca estaba trabajando en su despacho, así que me acerqué a hablar con ella; saludé a Jackie con un leve gesto en reconocimiento de su presencia. Pedimos café en un puesto del pequeño mercado contiguo a la inmobiliaria y nos sentamos a tomarlo en la única mesa de la calle. Los automovilistas nos miraban con curiosidad al pasar. Hacía demasiado frío para tomar algo al aire libre, pero yo deseaba hablar con ella mientras tenía aún fresca en la cabeza la conversación con su ex marido. Era hora de aclarar las cosas.

– ¿Eso le ha dicho? -Rebecca Clay pareció sinceramente sorprendida cuando le conté lo sucedido entre Jerry y yo-. ¡Pero si es todo mentira! Yo nunca le fui infiel, jamás. No rompimos por eso.

– No digo que su versión sea verdad, pero sus palabras escondían rencor auténtico.