– Quería dinero. No lo consiguió.
– ¿Por eso cree que se casó con usted? ¿Por dinero?
– Por amor no fue, desde luego.
– ¿Y usted? ¿Usted por qué se casó?
Cambió de posición en el asiento, y al hacerlo quedó patente el malestar que le causaba hablar del asunto. Se la veía aún más exhausta y demacrada que el día que la conocí. Dudaba que fuese capaz de soportar la tensión durante mucho más tiempo sin venirse abajo de un modo u otro.
– En parte, ya se lo conté -respondió-. Al desaparecer mi padre me sentí muy sola. Me convertí en una especie de paria por los rumores que corrían sobre él. Conocí a Jerry por mediación de Raymon, que instaló el sistema de alarma en casa de mi padre. Vienen una vez al año para comprobar que todo funciona bien, y fue Jerry quien se ocupó del mantenimiento unos meses después de irse mi padre. Supongo que me sentía sola, y una cosa llevó a la otra. Al principio me pareció aceptable. Es decir, nunca fue precisamente un encanto de hombre, pero se portaba bien con Jenna y no era un vago. En ciertos aspectos también me sorprendía. Leía mucho y entendía de música y de cine antiguo. Me enseñó cosas. -Dejó escapar una risa forzada-. Volviendo la vista atrás, supongo que sustituí a una figura paterna por otra.
– ¿Y después?
– Nos casamos un tanto deprisa, y él se instaló conmigo en casa de mi padre. Las cosas fueron bien durante un par de meses. Pero a Jerry la obsesionaba el dinero. Siempre le concedió mucha importancia. Según él, la vida nunca le había dado una oportunidad justa. Tenía grandes planes de todo tipo, y hasta que me conoció a mí nunca dispuso de medios para llevarlos a cabo. Olió la pasta, pero no la había, o si la había, no estaba a su alcance. Empezó a ponerse pesado, y eso provocó discusiones.
»Una noche, al llegar a casa, lo encontré bañando a Jenna. Ella tenía por entonces seis o siete años. Jerry nunca la había bañado. No es que yo le hubiese dicho explícitamente que no debía hacerlo ni nada por el estilo, pero en cierto modo yo había supuesto que no lo haría. La niña estaba desnuda en el agua, y él, de rodillas junto a la bañera. Iba descalzo. Ésa fue la causa de mi sobresalto: los pies descalzos. Absurdo, ¿no? El caso es que le grité. Jenna se echó a llorar, y Jerry se marchó hecho una furia y no volvió hasta muy tarde. Entonces intenté hablar con él de lo ocurrido, pero a esas alturas, estimulado por la bebida, había acumulado dentro de sí tal presión que me abofeteó. No fue una bofetada fuerte ni dolorosa, pero no estaba dispuesta a aguantar que un hombre me pegara. Le pedí que se marchara, y se fue. Regresó al cabo de uno o dos días y se disculpó, e hicimos las paces, supongo. A partir de entonces nos trató a Jenna y a mí con todo el cuidado del mundo, pero yo no pude quitarme de la cabeza la imagen de Jerry con mi hija desnuda a su lado. Él tenía un ordenador que en ocasiones usaba para el trabajo, y yo conocía su contraseña. Una vez que le enseñaba algo a Jenna en Internet vi cómo la introducía. Entré en sus documentos y…, en fin, tenía muchísima pornografía. Sé que los hombres miran esas cosas, e imagino que también algunas mujeres, pero en el ordenador de Jerry había tanta, tanta…
– ¿Con adultos o niños? -pregunté.
– Adultos -contestó-. Todos adultos. Procuré callármelo, pero no pude. Le dije lo que había hecho y lo que había visto. Le pregunté si tenía algún problema. Al principio se avergonzó; luego se enfadó, se puso hecho una fiera. Empezó a tirar cosas. Empezó a insultarme con palabras como las que usted le ha oído decir. Dijo que yo estaba «sucia», que tenía suerte de que alguien quisiera tocarme. Dijo más cosas, cosas sobre Jenna. Que acabaría como yo, que de tal palo, tal astilla. Por lo que a mí se refería, eso fue la gota que colmó el vaso. Se marchó esa misma noche, y todo acabó. Se puso en manos de un abogado durante un tiempo e intentó conseguir una orden para acceder a mis bienes, pero en realidad no había tales bienes. Al final, la cosa quedó en nada, y no volví a saber de él ni del abogado. No se opuso al divorcio. Más bien pareció alegrarse de deshacerse de mí.
Apuré el café. Soplaba el viento, y las hojas secas correteaban como niños huyendo de la lluvia inminente. Me constaba que no me lo había contado todo, que ciertos aspectos de lo sucedido seguirían siendo privados, pero parte de lo que había dicho explicaba la animadversión de Jerry Legere hacia su ex mujer, sobre todo si él no se consideraba del todo culpable de lo ocurrido. Pero había verdades y mentiras que se entrelazaban en las versiones de ambos, y Rebecca Clay no había sido del todo sincera conmigo desde el principio. Insistí:
– He mencionado a su ex marido el Proyecto del que Merrick habló. Por lo visto, no lo ha cogido de nuevas.
– Quizá fuera un asunto privado de mi padre; siempre investigaba y leía revistas especializadas para mantenerse al día en su profesión. Pero no le veo ninguna lógica a que Jerry estuviera al corriente. No se conocían, y Jerry, que yo recuerde, no vino ni una sola vez a revisar el sistema de seguridad antes de la muerte de mi padre. No existió el menor contacto entre ellos.
Pero la mención del Proyecto me llevó a una última pregunta, la que más me inquietaba.
– Jerry me ha contado otra cosa -dije-. Ha afirmado que usted ya había contratado antes a un investigador privado para indagar sobre la desaparición de su padre. Según Jerry, el hombre a quien usted contrató desapareció también. ¿Es eso verdad?
Rebecca Clay se mordió un repelón de piel seca del labio inferior.
– Cree que le he mentido, ¿no?
– Por omisión. No la culpo, pero me gustaría saber la razón.
– Elwin Stark me aconsejó que contratara a alguien. Fue unos dieciocho meses después de marcharse mi padre, y la policía parecía haber decidido que ya no podía hacer nada más. Hablé con Elwin porque el abogado de Jeny me tenía preocupada, y no sabía cómo proteger el patrimonio de mi padre. No había testamento, así que en cualquier caso sería complicado, pero Elwin dijo que un primer paso, si mi padre no volvía, era tramitar la solicitud para declararlo legalmente muerto pasados cinco años. En opinión de Elwin, sería útil contratar a alguien para investigar el asunto, ya que quizás un juez lo tuviese en cuenta llegado el momento de la declaración. Pero a mí no me sobraba el dinero. Justo empezaba a abrirme paso en el negocio inmobiliario. Supongo que eso determinó la clase de persona que podía contratar.
– ¿Quién era? -pregunté.
– Se llamaba Jim Poole. También él estaba empezando. Había trabajado para una conocida mía…, mi amiga April, usted se cruzó con ella en casa. Sospechaba que su marido la engañaba. Resultó que no. En realidad se dedicaba al juego, aunque no sé si eso fue mejor o peor para ella; en cualquier caso, quedó satisfecha con el trabajo de Jim. Así que lo contraté y le pedí que echara un vistazo a los datos que teníamos, e incluso que tratara de descubrir algo nuevo. Habló con algunas de las personas con las que usted ha hablado, pero no averiguó nada que no supiéramos ya. Es posible que Jim hubiera mencionado algo sobre un proyecto en algún momento, pero probablemente no le presté mucha atención. La verdad es que mi padre siempre tenía en preparación algún artículo o ensayo. Nunca le faltaban ideas para temas sobre los que escribir e investigar.
»Al cabo de un par de semanas, Jim me telefoneó para decirme que se marchaba de la ciudad un par de días y que tal vez regresaría con alguna novedad. En fin, esperé su llamada, pero ya no volví a saber de él. Al cabo de una semana vino a verme la policía. La novia de Jim había denunciado su desaparición, y estaban hablando con los amigos y clientes de él, aunque Jim no andaba sobrado de lo uno ni de lo otro. Encontraron mi caso entre las carpetas de su apartamento, pero yo no pude ayudarles. Jim no me había dicho adónde iba. No se quedaron muy satisfechos, pero ¿qué más podía decirles yo? El coche de Jim apareció en Boston poco después, en uno de los aparcamientos para largas estancias cerca de Logan. Encontraron drogas en el coche…, una bolsa de coca, creo…, cantidad suficiente para inducir a pensar que tal vez se dedicaba al trapicheo. Dedujeron, creo, que se había metido en un lío por un asunto de drogas, quizá con un proveedor, y que debido a eso había muerto asesinado o huido. Su novia dijo a la policía que él no era de ésos, y que habría encontrado la manera de ponerse en contacto con ella aunque hubiera tenido que escapar, pero no lo hizo.