Выбрать главу

– ¿Y usted qué piensa?

Movió la cabeza en un gesto de negación. -Después de eso dejé de buscar a mi padre -se limitó a contestar-. ¿Le basta con esta respuesta?

– ¿Y no me habló de Poole porque temió que me disuadiría de ayudarla?

– Sí.

– ¿Fue su relación con Jim Poole exclusivamente profesional?

Se levantó de inmediato, casi volcando la taza. Parte del café se derramó entre nosotros, se filtró por los agujeros de la mesa y manchó el suelo.

– ¿Eso a qué viene? Seguro que también ha salido de Jerry.

– Sí, pero no es el momento de andarse con moralismos.

– Jim me caía bien -dijo, como si eso respondiese a la pregunta-. Tenía problemas con su novia. Hablamos, salimos un par de veces a tomar una copa. Jerry nos vio en un bar…; a veces, cuando bebía, venía a verme para pedirme otra oportunidad… y decidió que Jim se interponía, pero Jim era más joven y más fuerte que él. Cruzaron unas palabras a gritos y se rompió una botella, pero nadie salió herido. Supongo que Jerry aún se la tiene guardada pese al tiempo que ha pasado. -Se arregló la falda del traje chaqueta-. Mire, le agradezco lo que ha hecho, pero esto no puede alargarse mucho más. -Señaló a Jackie, como si él simbolizara todo lo que iba mal en su vida-. Quiero tener a mi hija en casa, y quiero quitarme a Merrick de encima. Ahora que sabe usted lo de Jim Poole, no sé si quiero que siga haciendo preguntas por ahí sobre mi padre. No necesito sentirme culpable por nadie más, y cada día que pasa tiene un precio, como mínimo el coste de los honorarios. Le agradecería que diéramos esto por concluido lo más pronto posible, aunque eso implique llevar el asunto ante un juez.

Le dije que lo entendía y me comprometí a telefonearla para ponerla al corriente en cuanto hablase con ciertas personas acerca de las opciones que tenía. Volvió a la oficina a recoger sus cosas. Me puse en contacto con Jackie Garner y le conté lo de la llamada de Merrick.

– ¿Qué pasará cuando se nos acabe el tiempo? -preguntó Jackie-. ¿Esperaremos a que actúe y ya está?

Le aseguré que no llegaríamos a ese punto. Añadí que seguramente Rebecca Clay no seguiría pagándonos durante mucho más tiempo y que iba a incorporar un poco más de ayuda.

– ¿La clase de ayuda que viene de Nueva York? -preguntó Jackie.

– Es posible -respondí.

– Si la mujer no quiere pagarte, ¿por qué quieres seguir con el trabajo?

– Porque Merrick no va a marcharse, obtenga lo que quiere de Rebecca o no. Además, en los próximos días voy a hurgar bastante en sus asuntos, y eso a él no va a gustarle.

A Jackie, por lo visto, le divirtió la perspectiva.

– Pues si necesitas una mano, ya avisarás. Sólo tienes que pagar por el trabajo aburrido. Lo interesante lo hago gratis.

Cuando llegué a casa, Walter seguía mojado después de bañarse en el mar mientras le paseaba Bob Jhonson, y se echó a dormir de buena gana en su canasta a resguardo del frío. Como me quedaban un par de horas libres antes de reunirme con June Fitzpatrick para cenar, visité la página web del Press Herald y rastreé la base de datos en busca de información sobre la desaparición de Daniel Clay. Según los archivos, las acusaciones de abusos deshonestos procedían de varios niños que habían sido pacientes del doctor Clay. En ningún momento se insinuaba que él hubiera estado implicado, pero sí se planteaba claramente la duda de cómo había podido pasar por alto el hecho de que los niños a quienes trataba, todos víctimas de abusos deshonestos en el pasado, volvían a serlo en esos momentos. Clay había rehusado hacer comentarios, salvo para decir que se sentía «muy afectado» por las acusaciones, que haría una declaración completa a su debido tiempo y que su máxima prioridad era colaborar con la policía y los servicios sociales en las investigaciones encaminadas a descubrir a los culpables. Un par de expertos habían salido, sin mucha convicción, en defensa de Clay señalando que en ocasiones podían tardarse meses o años en inducir a una víctima de abusos deshonestos a revelar en toda su magnitud lo que había padecido. Incluso la policía se cuidó mucho de atribuir la culpa a Clay, pero, leyendo entre líneas, saltaba a la vista que, a pesar de todo, éste se sentía culpable en cierta medida. Estaba cociéndose tal escándalo que resultaba más que dudoso que Clay, al margen de cuál fuese el resultado de las investigaciones, pudiese continuar ejerciendo. Un artículo lo describía con términos como hombre de «rostro ceniciento», «ojos hundidos», «demacrado» y «al borde del llanto». Junto al texto aparecía una fotografía suya, tomada frente a su casa. Se lo veía flaco y encorvado, como una cigüeña herida.

El inspector citado en los artículos de prensa era Bobby O'Rourke. Seguía en el Departamento de Policía de Portland, aunque actualmente asignado a Asuntos Internos. Cuando lo telefoneé estaba en su escritorio a punto de dar por concluida la jornada, y accedió a tomar una cerveza conmigo en Geary's una hora más tarde. Aparqué en Commercial y lo encontré sentado en un rincón del establecimiento, hojeando unas fotocopias y comiendo una hamburguesa. Ya nos habíamos visto un par de veces, y yo lo había ayudado años atrás a llenar las lagunas de un caso relacionado con un poli de Portland llamado Barron que había muerto en «circunstancias misteriosas», como se describieron eufemísticamente los hechos. Yo no envidiaba a O'Rourke su puesto. Si estaba en Asuntos Internos era porque hacía bien su trabajo. Por desgracia, dada la naturaleza de su cometido, algunos de sus compañeros habrían preferido que lo hiciese peor.

Se limpió con una servilleta y nos dimos la mano.

– ¿Vas a comer? -preguntó.

– No. He quedado para cenar dentro de un par de horas.

– ¿En algún sitio interesante?

– En casa de Joel Harmon.

– Me dejas impresionado. Pronto te veremos en los ecos de sociedad.

Hablamos brevemente sobre el informe anual de Asuntos Internos, a punto de publicarse. Era lo de siempre: en esencia acusaciones de abuso de autoridad y denuncias por utilizar los vehículos de la policía. Las pautas eran siempre las mismas. El denunciante acostumbraba ser un varón joven, y los incidentes de abuso de autoridad se daban sobre todo al disolver reyertas. Los policías sólo habían empleado las manos para reducir a los contendientes, y los implicados eran en su gran mayoría blancos y menores de treinta años, así que no podía decirse que los agentes sacudieran a ancianos o a los Globetrotters de Harlem. Nadie había sido suspendido de empleo y sueldo durante más de dos días como resultado de las denuncias. Así las cosas, en conjunto no había sido un mal año para Asuntos Internos. Entretanto, el Departamento de Policía de Portland tenía un nuevo jefe. El anterior lo había dejado ese mismo año, y el consejo municipal había estudiado las peticiones de dos candidatos: uno blanco y natural de la ciudad; otro negro y de origen sureño. Si el consejo hubiese optado por el candidato negro, habría aumentado en un ciento por ciento el número de policías negros en Portland; sin embargo, se inclinaron por la experiencia local. No fue una mala decisión, pero los líderes de ciertas minorías seguían molestos. Mientras tanto, se rumoreaba que el antiguo jefe se planteaba presentarse a las elecciones para gobernador.

O'Rourke se acabó la hamburguesa y tomó un sorbo de cerveza. Era un hombre delgado y en forma, y no daba la impresión de que las hamburguesas y la cerveza fueran su principal aporte de calorías.