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Merrick fue dado de alta dos meses después, cuando sus huesos rotos se recuperaron lo suficiente y se consideró que sus órganos internos ya no estaban en peligro inminente de sufrir un fallo o colapso. Apenas habló con su mujer y aún menos con sus amigos, hasta que por fin esos amigos dejaron de importunarle con su presencia. Dormía poco, y rara vez se aventuraba a acostarse en el lecho conyugal, pero cuando lo hacía, se abalanzaba sobre su mujer con tal ferocidad que ella empezó a temer sus acercamientos y el dolor que los acompañaba. Al final, ella huyó de la casa y, pasados uno o dos años, solicitó el divorcio. Merrick firmó todos los papeles sin el menor comentario ni queja, satisfecho al parecer de dejar atrás todos los aspectos de su vida anterior, mientras algo anidaba dentro de él y se metamorfoseaba. Más tarde su mujer cambió de nombre y volvió a casarse en California, y nunca le contó a su nuevo marido la verdad sobre el hombre con quien en otro tiempo había compartido la vida.

¿Y Merrick? Pues se creía que Cash fue la primera víctima del hombre transformado, aunque nunca se encontró prueba alguna que lo vinculase con el crimen. Cash murió apuñalado en su cama, pero Merrick tenía coartada, respaldada por cuatro hombres de Filadelfia que, según se dijo, obtuvieron ciertos servicios de Merrick a cambio. En los años posteriores recibió varios encargos de distintos grupos, sobre todo en la Costa Este, y poco a poco se convirtió en el hombre a quien acudir cuando alguien necesitaba una última y fatídica lección, y cuando la necesidad de negar cualquier participación en el hecho exigía que el trabajo se encargase fuera. La cantidad de cadáveres caídos a manos de él empezó a crecer. Por fin desarrolló su innata aptitud para el asesinato, y para él fue un cambio provechoso.

Mientras tanto, colmó otros apetitos. Le gustaban las mujeres, y una de ellas, una camarera de Pittsfield, Maine, quedó en estado después de una noche en compañía de él. Tenía cerca de cuarenta años y estaba desesperada por encontrar a un hombre, o tener un hijo propio. No contempló siquiera la posibilidad de abortar, pero no tenía forma de ponerse en contacto con el hombre que la había dejado embarazada, y al final dio a luz a una niña aparentemente normal. Frank Merrick volvió después a Maine y buscó a la camarera, y ella temió su reacción cuando le diera la noticia de que era padre, pero él tomó a la niña en brazos y preguntó su nombre («Lucy, como mi madre», le dijo ella), y él, sonriendo, contestó que Lucy era un nombre bonito, y dejó dinero en la cuna de la niña. A partir de entonces llegaba dinero con regularidad, a veces entregado en persona por Merrick, otras veces en forma de giro. La madre de la niña se dio cuenta de que en aquel hombre había algo peligroso, algo que debía quedar inexplorado, y siempre le sorprendió ver la devoción que demostraba hacia la pequeña, pese a que nunca se quedó mucho tiempo con ella. Al hacerse mayor, la niña empezó a tener pesadillas, sólo eso. Pero los sueños de la pequeña empezaron a filtrarse en su vigilia. Se convirtió en una niña difícil, incluso trastornada. Se hacía daño a sí misma e intentaba hacer daño a los demás. Cuando su madre murió -una embolia pulmonar fulminante se la llevó mientras nadaba en el mar, de modo que su cuerpo fue arrastrado mar adentro por la marea y hallado días después en la playa, abotargado y medio devorado por los carroñeros-, Lucy Merrick quedó en manos de la asistencia social. Al cabo de un tiempo la enviaron a Daniel Clay para que la ayudara a refrenar su agresividad y su tendencia a autolesionarse, y ella pareció hacer progresos con él, hasta que ambos desaparecieron.

Por entonces, su padre llevaba cuatro años en la cárcel. Se le acabó la suerte al caerle cinco por conducta temeraria con un arma peligrosa, otros cinco por amenazas con el uso de un arma peligrosa y diez por agresión con agravantes, que debían cumplirse simultáneamente. Todo sucedió cuando una de sus víctimas potenciales escapó repeliéndolo a tiros en su propia casa y Merrick lo acorraló con una navaja; al final la víctima fue atropellada por un coche patrulla mientras huía. Merrick se libró de otra pena de entre cuarenta años y cadena perpetua sólo porque la fiscalía no consiguió demostrar la premeditación del hecho, y porque no tenía antecedentes de delitos con intenciones homicidas. Fue en esa etapa cuando desapareció su hija. No cumplió toda la condena entre la población reclusa corriente. Gran parte, según O'Rourke, la pasó en Supermax, una cárcel de máxima seguridad, y eso no fue coser y cantar.

Tras su puesta en libertad lo enviaron a Virginia para ser juzgado por el asesinato de un contable llamado Barton Riddick, que en 1993 recibió un disparo en la cabeza con una 44 milímetros. A Merrick se le acusó sin más indicio que el análisis balístico, realizado por el FBI, del plomo de unas balas halladas en su coche después de su detención en Maine. No existía la menor prueba de que hubiese estado en el lugar del asesinato en Virginia, ni nada que lo relacionase físicamente con Riddick, pero la composición química del proyectil que había traspasado a la víctima, llevándose consigo una porción de cráneo y masa encefálica, coincidía con la de las balas de la caja de munición descubierta en el maletero de Merrick. Éste se enfrentaba a la posibilidad de pasar el resto de su vida en la cárcel, quizás incluso a la pena de muerte, pero su caso fue uno de los varios elegidos por ciertos bufetes que consideraban que los analistas del FBI habían atribuido en diversas ocasiones un valor excesivo a los resultados de los análisis balísticos del plomo. La acusación contra Merrick se debilitó aún más cuando el arma utilizada en el asesinato se usó también posteriormente para matar a un abogado en Baton Rouge. Muy a su pesar, el fiscal de Virginia decidió no mantener los cargos contra Merrick, y para entonces el FBI ya había anunciado que abandonaba el análisis balístico del plomo. Salió de la cárcel en octubre, y ahora era, a todos los efectos, un hombre libre, ya que había cumplido toda su condena en el estado de Maine, y lo habían puesto en libertad sin condiciones partiendo del supuesto de que los cargos por el asesinato de Riddick bastaban para garantizar que nunca más volvería a pisar la calle como hombre libre.

– Y ahora lo tenemos aquí otra vez -concluyó O'Rourke.

– Preguntando por el médico que trató a su hija -añadí.

– Parece un hombre rencoroso. ¿Qué vas a hacer?

Saqué la cartera y dejé unos billetes en la mesa para pagar la cuenta.

– Voy a hacer que lo detengan -contesté.

– ¿Presentará cargos esa Clay?

– Hablaré con ella. Aunque no lo haga, es posible que la amenaza de prisión baste para quitarle de encima a Merrick. No deseará volver a la cárcel. ¿Quién sabe? Incluso puede que la policía encuentre algo en su coche.

– ¿La ha amenazado de algún modo?

– Sólo de palabra, y muy vagamente. Aunque rompió una ventana de la casa de Rebecca, por lo tanto es capaz de más.

– ¿Alguna señal de que fuera armado?

– Ninguna.

– Frank es la clase de hombre que se sentiría un poco desnudo sin un arma.

– Cuando nos vimos, me dijo que iba desarmado.

– ¿Le creíste?

– Pienso que es demasiado inteligente para ir armado. Como ex presidiario, no pueden sorprenderlo con armas en su poder, y ya está atrayendo atención más que suficiente. Si vuelven a encerrarlo, no podrá averiguar qué le pasó a su hija.