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– En fin, es posible, pero no pondría las manos en el fuego. ¿Esa Clay aún vive en la ciudad? -preguntó O'Rourke.

– En South Portland.

– Si quieres, puedo hacer unas llamadas.

– Todo ayudará. No estaría mal tener lista una orden provisional cuando se detenga a Merrick.

O'Rourke dijo que eso seguramente no sería problema. Casi me había olvidado de Jim Poole. Le pregunté por él.

– Recuerdo algo de eso. Era un aficionado. Un detective que había estudiado por correspondencia. Le gustaba la hierba, creo. La policía de Boston pensó que quizá su muerte guardase alguna relación con las drogas, y supongo que para los de aquí fue cómodo suscribir esa teoría.

– Cuando desapareció, trabajaba para Rebecca Clay -dije.

– No lo sabía. Ese caso no lo llevé yo. Por lo que parece, esa mujer trae mala suerte. A su lado la gente desaparece con más facilidad que en el circo mágico.

– Dudo que la gente con suerte atraiga el interés de hombres como Frank Merrick.

– Si lo atraen, la suerte no les dura mucho. Me gustaría estar presente cuando lo encierren. He oído hablar mucho de él, pero nunca lo he tenido cara a cara.

Su jarra de cerveza había dejado un cerco de humedad en la mesa. Trazó formas en él con el dedo índice.

– ¿En qué piensas? -pregunté.

– Pienso que es una lástima que tengas una clienta que se cree en peligro.

– ¿Por qué?

– No me gustan las coincidencias. Algunos de los pacientes de Clay sufrieron abusos deshonestos. La hija de Merrick fue una de sus pacientes.

– ¿Se desprende de ahí que la hija de Merrick sufrió abusos deshonestos? Es posible, pero no tiene por qué ser así necesariamente.

– Y de pronto Clay desaparece y la niña también -continuó diciendo O'Rourke.

– Y no se encuentra a los culpables.

Se encogió de hombros.

– Sólo quiero decir que el hecho de que un hombre como Merrick ande haciendo preguntas sobre viejos delitos podría preocupar a determinadas personas.

– Como, por ejemplo, a los autores de esos viejos delitos.

– Exacto. Tal vez fuese útil. Nunca se sabe quién podría darse por ofendido y, de paso, delatarse.

– El problema es que Merrick no es como un perro sujeto con una correa. Es imposible controlarlo. Así las cosas, tengo a tres hombres vigilando a mi clienta. Para mí, su seguridad es prioritaria.

O'Rourke se puso en pie.

– Bueno, habla con ella. Explícale lo que te propones. Luego solicitemos la detención de Merrick y veamos qué ocurre.

Volvimos a estrecharnos la mano y le di las gracias por su ayuda.

– No te dejes llevar -recomendó-. Yo estoy en esto por los niños. Ah, y perdona que sea así de claro, pero si el barco se va a pique, y me entero de que has sido tú quien ha abierto la vía de agua, te detendré yo mismo.

Era la hora de ir a casa de Joel Harmon. Por el camino llamé a Rebecca y le conté la mayor parte de lo que O'Rourke me había dicho sobre Merrick, así como mis planes para el día siguiente. Si bien parecía haberse calmado un poco desde nuestra última conversación, seguía resuelta a dar por concluido nuestro trato lo antes posible.

– Quedaré en reunirme con él y haré que lo detenga la policía -expliqué-. Según la ley de protección contra el acoso de este estado, si una persona intimida o se enfrenta a otra tres o más veces, la policía debe intervenir. Supongo que el incidente de la ventana puede considerarse un acto intimidatorio, y además lo sorprendí vigilándola aquel día en Longfellow Square, así que también podemos acusarlo de acecho. Cualquiera de los dos delitos nos bastaría para solicitar el amparo de la ley.

– ¿Significa eso que tendré que ir a juicio? -preguntó.

– Debe presentar la denuncia de acoso mañana a primera hora. En cualquier caso, la denuncia es un paso previo para la posterior demanda judicial. A continuación, después de presentar la demanda, podemos acudir al tribunal del distrito y pedir una orden provisional de protección con carácter de urgencia. A este respecto ya he hablado con alguien, y mañana por la tarde deberían tenérselo todo preparado. -Le di el nombre y el número de O'Rourke-. Se fijará fecha y hora para la vista, y habrá que entregar a Merrick las citaciones y la demanda. Puedo ocuparme yo, o si lo prefiere, podemos dejarlo en manos de la oficina del sheriff. Si Merrick volviera a abordarla una vez entregada la orden, cometería un delito de clase D, que conllevaría una pena de hasta un año de prisión y una multa máxima de mil dólares. Con tres condenas a las espaldas, podrían caerle cinco años.

– Aun así, no me quedo del todo tranquila -dijo ella-. ¿No podrían encerrarlo de inmediato?

– Es un equilibrio delicado -contesté-. Se ha pasado de la raya, pero no tanto como para justificar una condena a prisión. La cuestión es que, si no me equivoco, el último de sus deseos es arriesgarse a volver a la cárcel. Es un hombre peligroso, pero ha tenido varios años para pensar en su hija. Le falló a ella, pero quiere culpar a otro, y al parecer ha decidido empezar por su padre, porque ha oído rumores y se pregunta si algo así podría haberle ocurrido a su hija mientras estaba en tratamiento con él.

– Y como mi padre no está, ha acudido a mí. -Suspiró-. De acuerdo. ¿Tendré que estar presente cuando lo detengan?

– No. Pero es posible que la policía quiera hablar con usted después. Por si acaso, Jackie andará cerca.

– ¿Por si acaso las cosas no salen como usted ha planeado?

– Por si acaso -repetí, sin comprometerme a nada. Tenía la sensación de que la había dejado en la estacada, pero no se me ocurría qué más podría haber hecho. Con la ayuda de Jackie Garner y los Fulci podría haber molido a palos a Merrick, pero eso habría sido rebajarnos a su nivel. Y ahora, después de mi conversación con O'Rourke, tenía una razón más para no usar la fuerza contra Merrick.

Extrañamente, lo compadecía.

11

Esa noche se hicieron llamadas. Tal vez fuera eso lo que deseaba Merrick desde el principio. Por eso había dejado notar tanto su presencia en casa de Rebecca Clay, por eso había dejado su sangre en la ventana, y por eso me había puesto a mí sobre el rastro de Jerry Legere. Asimismo, se habían producido otros incidentes que yo todavía ignoraba. La noche anterior alguien había colgado cuatro cuervos muertos, atados juntos, frente a la oficina del antiguo abogado de Rebecca, Elwin Stark. En algún momento de esa misma noche habían allanado el Centro Midlake. No habían robado nada, pero alguien debía de haberse pasado horas revisando todos los expedientes allí guardados, y se tardaría mucho tiempo en averiguar qué documentos se habían llevado, si es que se habían llevado alguno. Cuando el antiguo médico de Clay, el doctor Caussure, iba camino de un torneo de bridge, lo había abordado un individuo que coincidía con la descripción de Merrick. El hombre, tras cortarle el paso al coche de Caussure, había bajado la ventanilla de su Ford rojo y había preguntado al médico si le gustaban los pájaros y si estaba enterado de que su difunto paciente y amigo el doctor Daniel Clay tenía trato con pederastas y desviados.

A Merrick le traía sin cuidado si esa gente estaba implicada o no. Su. propósito era crear un clima de miedo e incertidumbre. Quería entrar y salir de las vidas, propagar rumores y medias verdades, consciente de que, en una ciudad pequeña como Portland, correría la voz y los hombres a quienes buscaba pronto zumbarían como abejas en tomo a su colmena ante el peligro de una amenaza inminente. Merrick pensaba que lo tenía todo bajo control o que podía hacer frente a cualquier situación que surgiera, pero se equivocaba. Lo estaban manipulando, igual que a mí, y en realidad nadie tenía las cosas bajo control, ni siquiera el misterioso cliente de Eldritch.