Pronto empezaría a morir gente.
Joel Harmon vivía en una gran casa de Bayshore Drive, en Falmouth, con embarcadero privado y un yate blanco atracado muy cerca de allí. Antiguamente, Portland se llamó Falmouth, desde finales del siglo XVII, cuando el barón De Saint Castin, vascofrancés, capitaneó a los nativos en una serie de ataques contra los asentamientos ingleses que acabaron con la quema de la ciudad, hasta finales del siglo XVIII, cuando la población adquirió rango de urbe. Ahora la zona que antes se llamaba Falmouth es uno de los barrios residenciales más acomodados de Portland y el centro de la actividad náutica. El club de vela de Portland, uno de los más antiguos del país, se encuentra en Falmouth Foreside, al abrigo de la isla de Clapboard, una franja de tierra larga y estrecha dividida en dos fincas privadas, vestigios del siglo XIX, cuando el magnate de los ferrocarriles Henry Houston construyó en la isla una cabaña de veraneo de mil metros cuadrados, su particular aportación a la pérdida de significado de la palabra «cabaña» en esta parte del mundo.
La casa de Harmon se alzaba en lo alto de un promontorio. Una pendiente cubierta de césped descendía hasta la orilla del mar, con tapias a ambos lados para preservar la intimidad y muchos rosales en arriates cuidadosamente ordenados y resguardados. June me había contado que Harmon, fascinado por la hibridación, se dedicaba de manera obsesiva al cultivo de las rosas, y que la tierra de su jardín se supervisaba y reajustaba sin cesar para facilitarle la labor. Se decía que las rosas de sus arriates no existían en ninguna otra parte, y Harmon, a diferencia de otros entusiastas de la jardinería, no veía razón alguna para compartir sus descubrimientos. Las rosas eran para su exclusivo disfrute, y de nadie más.
Hacía una noche anormalmente cálida, una trampa de la estación para inducir al incauto a una falsa sensación de seguridad, y mientras June y yo estábamos en el jardín con los demás invitados, tomando el aperitivo, observé con atención la casa de Harmon, su yate, sus rosas y a su mujer, que nos había recibido al llegar, ya que su marido estaba ocupado en otra parte de la casa. Tenía ya sesenta años cumplidos, poco más o menos la misma edad que Harmon, y en su cabello cano se veían mechas rubias teñidas con esmero. De cerca, su piel parecía plástico moldeado. Por lo visto le costaba desplegarla para formar algo parecido a una expresión, pese a que su cirujano, previendo el problema, le había labrado una media sonrisa permanente en la boca, de modo que uno podía estar hablándole del ahogamiento de las crías de gatos y perros y ella escucharlo todo con semblante vagamente risueño. Se advertían en su rostro vestigios de la belleza que acaso poseyó en otro tiempo, pero degradados por su sombría determinación de aferrarse a ella. Tenía los ojos apagados y vidriosos, y tan escasas dotes para la conversación que a su lado cualquier niño que pasara por allí habría parecido Oscar Wilde.
En contraste, su marido era el perfecto anfitrión, vestido con ropa informal pero cara: una chaqueta blazer de lana azul y pantalón gris, con un fular rojo para añadir al conjunto un toque de excentricidad cultivada a conciencia. Mientras estrechaba manos e intercambiaba chismes, lo eclipsaba una hermosa muchacha de origen asiático, joven y esbelta, con la clase de figura ante la que las mandíbulas de los hombres se desencajan espontáneamente. Aunque, según la versión oficial, era su secretaria particular, June sostenía que era el último lío de Harmon. Éste tenía el hábito de ligarse a jovencitas, a las que deslumbraba con su fortuna y dejaba luego tiradas tan pronto como una nueva candidata asomaba en el horizonte.
– No parece que su mujer ponga demasiados reparos a su presencia -comenté-. Aunque, la verdad, da la impresión de que lo único que sabe es cuándo le toca la próxima dosis de medicación.
La señora Harmon paseaba a intervalos regulares una mirada vacía por los invitados sin posarla en ninguno de ellos, simplemente los bañaba con la luz mortecina de sus ojos, como el haz de un faro al iluminar a los barcos en su recorrido. Ni siquiera cuando nos recibió en la puerta tendiéndonos la mano, que al contacto parecía el cuerpo frío y disecado de un ave muerta hacía mucho tiempo, nos miró apenas a los ojos.
– Me da pena -dijo June-. Lawrie siempre fue la clase de mujer destinada a casarse con un hombre poderoso y darle hijos, pero no tenía vida interior, o si la tenía, pasaba inadvertida. Ahora sus hijos se han hecho mayores y llena el tiempo como puede. De joven era guapísima, pero ahí se acababan sus méritos. Lo único que hace es asistir, como un pasmarote, a las reuniones del consejo de dirección de varias organizaciones benéficas y gastar el dinero de su marido, y él no se opone, a condición de que ella no se entrometa en su vida.
Me pareció adivinar de qué pie calzaba Harmon: un hombre caprichoso, con dinero suficiente para entregarse a sus apetitos y saciarlos, mientras sus necesidades iban a más a cada bocado que daba. Procedía de una familia bien relacionada en el ámbito político y su padre había sido asesor del Partido Demócrata, aunque, debido al fracaso de varios de sus negocios, emanaba un tufo a escándalo que le había impedido acercarse al plato donde comían los perros grandes. El propio Harmon había desarrollado una gran actividad política durante una época colaborando de joven, allá por 1971, en la campaña de Ed Muskie; gracias a los esfuerzos de su padre llegó a viajar con Muskie cuando éste visitó Moscú, hasta que quedó claro que Muskie no sólo no iba a salir nominado, sino que probablemente convenía que McGovern le ganara la partida en las primarias. Muskie perdía los estribos con facilidad. Despotricaba contra los periodistas y sus colaboradores, y lo hacía en público. Si hubiese salido nominado, esa faceta suya no habría tardado en darse a conocer a los votantes. Así que Joel Harmon y su familia abandonaron a Muskie de forma rápida y discreta, y él dejó de lado cualquier forma de idealismo político que pudiera haber albergado para concentrarse en la apremiante tarea de amasar fortuna y compensar los fracasos de su padre en los negocios.
Pero, según June, Harmon era un hombre mucho más complejo de lo que aparentaba: hacía generosas donaciones para obras benéficas, no sólo públicamente, sino también en privado. Sus opiniones acerca de la asistencia y el bienestar sociales lo convertían casi en un socialista para lo que corría por Estados Unidos, y a ese respecto seguía siendo una voz poderosa aunque discreta, y gozaba del crédito de sucesivos gobernadores y representantes del estado. Era un apasionado defensor de la ciudad y el estado donde vivía, y se decía que sus hijos estaban un tanto consternados por la facilidad con que dilapidaba lo que consideraban su herencia, ya que tenían la conciencia social mucho menos desarrollada que su padre.
Como quería mantener la mente despejada, tomé zumo de naranja mientras los otros invitados bebían champán. Reconocí a uno o dos de los presentes. Había un escritor, un tal Jon Lee Jacobs, que publicaba novelas y poemas sobre pescadores de langostas y la llamada del mar. Tenía una gran barba roja y vestía como los hombres de sus libros, sólo que procedía de una familia de contables natural de Massachusetts y, según rumores, se mareaba en cuanto pisaba un charco. La otra cara conocida era el doctor Byron Russell, un joven psiquiatra que salía en la Radio Pública de Maine y en las cadenas de televisión locales cada vez que se necesitaba un busto parlante para abordar temas relacionados con la salud mental. En honor de Russell había que admitir que, cuando participaba, tendía a actuar como la voz de la razón, a menudo a costa de alguna mujer de hablar meloso que tenía un falso título de psicología, emitido por una universidad con sede en una caravana, y que creía en la clase de tópicos sensibleros ante los que la depresión y el suicidio parecían opciones más atractivas que escucharla a ella. Curiosamente, también estaba allí Elwin Stark, el abogado que se había mostrado tan reacio a hablar conmigo esa misma semana. De buena gana le habría mencionado a Eldritch, que me había dedicado mucho más rato, aunque sin decirme en realidad gran cosa más de lo que había averiguado en una milésima parte del tiempo que conversé con Stark. Pero a Stark, al principio, la perspectiva de tener que tratar conmigo en persona no le puso de mejor humor que cuando hablamos por teléfono. No obstante, al final consiguió mostrarse cortés durante un par de minutos. Incluso se disculpó, en cierto modo, por su anterior brusquedad. Pese a que tenía una copa de champán en la mano, el aliento le olía a whisky. Era obvio que había empezado a beber antes que los demás invitados.