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– Me llamó usted en muy mal día -dijo-. No fue el momento más oportuno.

– Por lo general, no tengo el don de la oportunidad -contesté-. Y es un don de vital importancia.

– Veo que lo ha entendido. ¿Sigue husmeando en lo de Clay?

Respondí que sí. Hizo una mueca, como si alguien acabara de ofrecerle un trozo de pescado pasado. Fue entonces cuando me contó lo de los cuervos.

– Mi secretaria se llevó un susto de muerte -dijo-. Pensó que era obra de una secta satánica.

– ¿Y usted?

– En fin, fue un suceso atípico, eso debo admitirlo. Hasta ese momento mi peor experiencia había sido un golpe que me dieron en el parabrisas del Lexus con un palo de golf.

– ¿Tiene idea de quién lo hizo?

– Puedo adivinar quién cree usted que lo hizo: el mismo que ha estado haciéndole pasar algún que otro mal rato a Rebecca Clay. Yo ya supe que usted traería mala suerte en cuanto oí su voz. -Intentó reírse de sus propias palabras, pero era obvio que lo pensaba en serio.

– ¿Y por qué lo eligió a usted?

– Porque está desesperado, y mi nombre aparecía por todas partes en la documentación relacionada con el padre de Rebecca. Aunque no quise ocuparme de la validación del testamento. Ya tenía bastante.

– ¿Está preocupado?

– No. Yo ya he nadado otras veces entre tiburones y he sobrevivido. Conozco a gente a la que puedo recurrir si es necesario. Rebecca, en cambio, sólo dispone de gente si paga. Debería dejarlo correr, Parker. Removiendo el lodo del fondo del estanque no consigue más que empeorar las cosas.

– ¿No le interesa la verdad?

– Soy abogado -contestó-. ¿Qué importa la verdad? A mí lo que me preocupa es proteger los intereses de mis clientes. A veces la verdad es un estorbo.

– Tiene usted un punto de vista muy… pragmático.

– Soy realista. No me dedico a lo penal, pero si tuviera que defenderle a usted de una acusación de asesinato y decidiese declararse inocente, ¿qué esperaría de mí? ¿Que en atención a la verdad le dijera al juez que, bien mirado, lo consideraba a usted culpable? Un poco de seriedad. En derecho no es necesario que algo sea verdad, sino sólo que lo parezca. La mayoría de los casos se reduce a encontrar una versión de la verdad aceptable para ambas partes. ¿Quiere saber cuál es la única verdad? Todo el mundo miente. Ésa es. Ésa es la verdad. Eso va a misa.

– Así pues, ¿está protegiendo los intereses de un cliente en relación con el caso de Daniel Clay?

Blandió un dedo en dirección a mí. No me gustó el gesto, como tampoco me había hecho ninguna gracia que me llamara por el apellido.

– Es usted un caso -repuso-. Daniel fue cliente mío. También lo fue, por poco tiempo, su hija. Ahora Daniel está muerto. Eso ya no tiene vuelta de hoja. Descanse en paz, esté donde esté.

Nos dejó para acercarse a hablar con el escritor Jacobs. June imitó el gesto de Stark con el dedo.

– Tiene razón -dijo-. Eres un caso. ¿Alguna de tus conversaciones acaba bien?

– Sólo contigo -contesté.

– Eso es porque no te escucho.

– Será por eso -admití al mismo tiempo que un camarero tocaba una campanilla para llamarnos a la mesa.

En total éramos doce, incluidos Harmon y su mujer. Completaban el grupo una artista de collages a quien June no conocía y tres banqueros, viejos amigos de Harmon. Éste habló con nosotros por primera vez cuando nos dirigíamos al comedor y se disculpó por haber tardado tanto en atendernos.

– Vaya, June -dijo-. Empezaba a pensar que nunca te vería en una de mis veladas. Temía haberte ofendido de alguna manera.

June rechazó la insinuación con una sonrisa.

– Te conozco demasiado bien para ofenderme por algo que venga de ti, salvo tu ocasional mal gusto -respondió ella.

Se apartó para que Harmon y yo pudiéramos estrecharnos la mano. Era un gesto que él había convertido en arte. Podía haber dado clases sobre la duración adecuada, la fuerza del apretón y la amplitud de la sonrisa que lo acompañaba.

– Señor Parker, he oído hablar mucho de usted. Lleva una vida interesante.

– No es tan productiva como la suya. Tiene usted una casa preciosa y una colección fascinante.

Una extraordinaria diversidad de cuadros decoraba las paredes, y la colocación de cada pieza había sido obviamente fruto de profundas reflexiones, de modo que las pinturas y los dibujos parecían complementarse y hacerse eco unos de otros, incluso discordando allí donde su yuxtaposición podía ejercer un especial impacto en el observador. En la pared a nuestra derecha, un desnudo de una joven en una cama, hermoso aunque un poco siniestro, colgaba frente a un cuadro mucho más antiguo de un anciano a punto de expirar en una cama muy parecida y cuyos postreros momentos eran presenciados por un médico y un grupo de parientes y amigos, algunos afligidos, algunos compasivos y otros simplemente avariciosos. Entre ellos se encontraba una joven cuyo rostro presentaba una asombrosa semejanza con la cara del desnudo colocado enfrente. Camas parecidas, mujeres parecidas, separadas por siglos pero ahora parte de la misma narración debido a la proximidad de las dos imágenes.

Harmon desplegó una radiante sonrisa de gratitud.

– Si le apetece, se la enseñaré encantado después de la cena. Una de las ventajas de tener un gusto un tanto ecléctico, sea cual sea la opinión de June respecto a la dirección que éste toma a veces, es que todo aquel que contempla la colección encuentra algo que lo satisface dentro de su amplio espectro. Me interesará mucho ver qué atrae su atención, señor Parker; realmente me interesará mucho. Y ahora vamos, están a punto de servir la cena.

Tomamos asiento en torno a la mesa. Yo me senté entre la amiga de Harmon, que se llamaba Nyoko, y la artista de collages. La artista, con mechas verdes en el pelo rubio, era esbelta y atractiva de un modo vagamente inquietante. Parecía la clase de chica capaz de cortarse las venas, y quizá no sólo las suyas. Me dijo que se llamaba Summer.

– Summer. ¿Así tal cual, como «verano»?

Frunció el entrecejo. Acababa de sentarme y ya había alguien molesto conmigo.

– Es mi verdadero nombre -aclaró-. El nombre que me pusieron al nacer fue una imposición. Desecharlo en favor de mi auténtica identidad me liberó para consagrarme a mi arte.

– Ajá -asentí. Un bicho raro.

Nyoko estaba un poco más en contacto con la realidad objetiva. Era licenciada en historia del arte y había regresado a Maine recientemente después de trabajar dos años en Australia. Al preguntarle desde cuándo conocía a Harmon se sonrojó un poco, demostrando que era consciente de la imagen que ofrecía.

– Nos conocimos en la inauguración de una exposición hace unos meses. Y ya sé qué está pensando.

– ¿Ah, sí?

– Bueno, sé qué pensaría yo si se invirtieran nuestros papeles.

– ¿Se refiere a si yo saliera con Joe Harmon? La verdad es que no es mi tipo.

Ahogó una risa.

– Ya sabe a qué me refiero. Es mayor que yo. Está casado, o algo así. Es rico y mi coche probablemente cuesta menos que el coñac que Joel servirá después de la cena. Pero me cae bien: es divertido, tiene buen gusto y ha vivido lo suyo. Me da igual lo que piense la gente.