– ¿Incluso su mujer?
– No se anda con rodeos, ¿eh?
– Compréndalo: estoy sentado a su lado, y si la señora Harmon empieza a lanzar cuchillos después de la segunda copa de vino, me gustaría tener la seguridad de que apunta hacia usted, no hacia mí.
– A ella la trae sin cuidado lo que haga Joel. Ni siquiera sé si se da cuenta.
Como si obedeciese a una señal, Lawrie Harmon miró en dirección a nosotros y consiguió ensanchar cinco milímetros más su sonrisa. Su marido, sentado a la cabecera de la mesa, le dio unas palmadas en la mano izquierda con actitud pensativa, tal como habría podido acariciar a un perro. Pero me pareció advertir que la mortecina expresión desaparecía momentáneamente de los ojos de Lawrie y algo traspasaba la bruma, como si la lente de una cámara se fijara en el instante perfecto de luz previo a la exposición. Por primera vez esa noche su mirada se posó en alguien, pero sólo en Nyoko. A continuación, desdibujándose un poco su sonrisa, centró la atención en otra cosa. Nyoko no se había dado cuenta, distraída como estaba por algo que le había dicho Summer, aunque me pregunté si, en caso de haber estado mirando, habría percibido el cambio.
Harmon le hizo una señal con la cabeza a uno de los camareros, dispuestos en círculo alrededor de la mesa como los puntos cardinales, y los platos comenzaron a aparecer ante nosotros con silenciosa eficiencia. Quedaban dos sillas desocupadas en el extremo de la mesa.
– ¿Falta alguien, Joel? -preguntó Jacobs. Tenía fama de ser un hombre que, a la menor oportunidad, declamaba interminablemente sobre su condición de visionario, un hombre en contacto con la grandeza del ciudadano de a pie y con la naturaleza. Saltaba a la vista que nos había evaluado a los demás y llegado a la conclusión de que, para él, no éramos rivales, pero le preocupaba que pudiesen aparecer aún unos desconocidos y quitarle protagonismo. Le tembló la barba, como si una criatura que habitara dentro de ella hubiese cambiado de postura. Entonces lo distrajo la llegada de su tarrina de pato y, dejando de lado la curiosidad, empezó a comer.
Harmon dirigió la mirada hacia las sillas, como si las viera por primera vez.
– Nuestros hijos -contestó-. Esperábamos que cenaran con nosotros, pero ya sabéis cómo son los chicos. Hay una fiesta en el club náutico. Por lo que se ve, y sin el menor ánimo de ofender a ninguno de los presentes, han decidido que allí tendrían más oportunidades de hacer travesuras que en una cena con sus padres y sus invitados. Y ahora, por favor, podéis empezar a comer.
Sus palabras llegaron un poco tarde para Jacobs, que tenía ya la tarrina a medias. En honor suyo debe decirse que, incómodo, dejó de comer por un momento y, después de un gesto de indiferencia, volvió al ataque. La comida estuvo bien, aunque en general las tarrinas, sean de lo que sean, no me impresionan. El segundo plato, navarin de venado con bayas de enebro, era excelente, eso sí. De postre había mousse de chocolate y lima, y para acabar café con petit fours. El vino era un Duhart-Milon del 98, que Harmon definió como costaud, o con mucho cuerpo, de uno de los viñedos menores de Lafitte. Jacobs asintió con la cabeza sabiamente como si entendiera de qué hablaba Harmon. Tomé un sorbo de mi copa por cortesía. Lo encontré un poco excesivo, en todos los sentidos.
La conversación pasó de la política local al arte e, inevitablemente, a la literatura. Este giro fue fruto en gran medida de la intervención de Jacobs, y a partir de ese momento empezó a desplegar las plumas como un pavo real en espera de que alguien le preguntase por su última obra magna. Por lo visto nadie estaba muy dispuesto a abrir las compuertas, pero al final Harmon preguntó, aparentemente más por obligación que por verdadero interés. A juzgar por el resumen que siguió, Jacobs no se había cansado aún de mitificar al ciudadano de a pie, aun cuando todavía no hubiese conseguido comprenderlo ni apreciarlo.
– Ese hombre es un plasta inaguantable -susurró June mientras recogían los platos y los invitados empezaban a salir por una puerta de dos hojas a un salón provisto de cómodos sofás y sillones.
– Una vez me regalaron uno de sus libros -contesté.
– ¿Lo has leído?
– Lo empecé y luego pensé que en mi lecho de muerte querría recuperar el tiempo perdido y ya no me sería posible. Así que, en lugar de leerlo, me las ingenié para perder el libro. Creo que se me cayó al mar.
– Una sabia decisión.
Harmon apareció a mi lado.
– ¿Le apetece ahora la visita guiada, señor Parker? June, ¿nos acompañas?
June declinó el ofrecimiento.
– Acabaríamos peleándonos, Joel. Dejaré que el nuevo invitado disfrute de tu colección sin importunarlo con mis prejuicios.
Él respondió con una inclinación de cabeza y se volvió otra vez hacia mí.
– ¿Puedo ofrecerle otra copa, señor Parker?
Levanté mi copa a medio acabar.
– Estoy servido, gracias.
– En ese caso, empecemos.
De habitación en habitación, Harmon fue señalándome las piezas de las que se sentía más orgulloso. No reconocí muchos de los nombres, pero probablemente se debía más a mi ignorancia que a otra cosa. En todo caso, no podía decir que la mayor parte de la colección de Harmon fuera de mi agrado, y casi oía las expresiones de consternación de June ante algunas de las obras más estrafalarias.
– He oído decir que tiene varios cuadros de Daniel Clay -comenté mientras contemplábamos algo que habría podido ser una puesta de sol o una sutura.
Harmon sonrió.
– Ya me advirtió June de que posiblemente me preguntaría por ellos -contestó-. Tengo dos en un despacho de la parte de atrás. Varios de los otros están guardados. Ésta es una colección rotatoria, podríamos decir. Demasiadas piezas y poco espacio, incluso para una casa de este tamaño.
– ¿Lo conoció bien?
– Fuimos a la universidad juntos y mantuvimos el contacto después de licenciarnos. Estuvo aquí como invitado muchas veces. Me caía muy bien. Era un hombre sensible. Lo que ocurrió fue espantoso, tanto para él como para los niños afectados.
Me llevó a una habitación situada al fondo de la casa. Con ventanas altas en saliente y vistas al mar, era una combinación de despacho y pequeña biblioteca, provista de estantes de roble desde el suelo hasta el techo y un enorme escritorio a juego. Harmon me explicó que Nyoko lo usaba los días que trabajaba en la casa. Sólo había dos cuadros en las paredes, uno de alrededor de medio metro por uno y medio, y el otro mucho menor. Éste mostraba el campanario de una iglesia recortándose contra un fondo de pinos que se alejaban hacia el horizonte. Era un paisaje brumoso, de contornos desdibujados, como si toda la escena se filtrase a través de una lente impregnada de vaselina. En la pintura de mayor tamaño se veían cuerpos de hombres y mujeres retorcidos y entrelazados, todo el lienzo representaba una masa de carne sombría y contorsionada. Resultaba asombrosamente desagradable, tanto más por el grado de destreza artística desplegado en su creación.
– Creo que prefiero el paisaje -comenté.
– Como casi todo el mundo. El paisaje es una obra posterior, creado dos décadas después de la otra. Ninguno de los dos tiene título, pero el lienzo más grande es característico de la primera etapa de Daniel.
Volví a centrar mi atención en el paisaje. Percibí algo casi familiar en la forma del campanario.
– ¿Existe este lugar? -pregunté.
– Es Galaad -contestó.
– ¿Como en los «hijos de Galaad»?
Harmon asintió.
– Otro de los puntos oscuros de la historia de nuestro estado. Por eso lo tengo aquí. Supongo que lo conservo básicamente como homenaje al recuerdo de Daniel y por el hecho de que me lo regaló, pero no lo expondría en las zonas más públicas de la casa.
La comunidad de Galaad, así llamada por una de las ciudades bíblicas convertidas en refugio, había sido fundada en los años cincuenta por un pequeño magnate de la madera llamado Bennet Lumley. Lumley era un hombre temeroso de Dios y le preocupaba el bienestar espiritual de los hombres que trabajaban en los bosques por debajo de la frontera canadiense. Creyó que si lograba fundar un pueblo donde pudieran vivir con sus familias, un pueblo sin las distracciones del alcohol y las prostitutas, los haría ir por el buen camino. Estableció un programa de desarrollo urbanístico, cuyo elemento más destacado era una descomunal iglesia de piedra concebida como eje central del asentamiento, símbolo de la devoción de sus habitantes al Señor. Poco a poco, las casas construidas por Lumley empezaron a llenarse de leñadores y sus familias, algunos de los cuales quizá se sentían sinceramente comprometidos con aquella comunidad basada en principios cristianos.