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– Pero ahora ha cambiado de idea.

– No. Parte de mí piensa que no puede salir nada bueno de las indagaciones que está usted realizando en este asunto, pero si revelan la verdad sobre Daniel y ponen fin a las sospechas, y proporcionan de paso cierta paz de espíritu a su hija, quizá me demuestre que estoy equivocado.

Me soltó la mano y el brazo. Al parecer habíamos acabado. Harmon observaba cómo el coche del escritor abandonaba la plaza de aparcamiento y salía al camino. Era una vieja furgoneta Dodge -se decía que en Massachusetts, donde tenía un apartamento cerca de Harvard, conducía un Mercedes-, y Jacobs maniobraba como si estuviera al volante de un Panzer. Harmon cabeceó con una sonrisa de desconcierto.

– Usted ha comentado que tal vez otras personas estén interesadas en lo que le haya podido ocurrir a Clay, otras personas aparte de sus amigos y conocidos.

Harmon no me miró.

– Sí. Es una conclusión lógica. Cierta gente cree que Daniel actuó en complicidad con los culpables de los abusos a menores. Tengo dos hijos. Sé lo que le haría a cualquiera que les causase algún daño, o a cualquiera que permitiese a otros causárselo.

– ¿Y qué haría, señor Harmon?

De repente apartó la atención de los intentos cada vez más desesperados de Jacobs por girar sin dirección asistida.

– Lo mataría -contestó, y lo dijo de una manera tan natural que no dudé de su palabra ni por un instante. En ese momento supe que, pese a toda la cordialidad, a todos los excelentes vinos y los cuadros bonitos, Joel Harmon era un hombre que no vacilaría en aplastar a quienes lo contrariasen, y por un momento me pregunté si acaso Daniel Clay había incurrido en ese error, y si el interés de Joel Harmon por él no era del todo bienintencionado. Apenas había tenido tiempo de analizar esa posibilidad cuando Nyoko se acercó y le susurró algo al oído.

– ¿Estás segura? -preguntó Harmon.

Ella asintió.

Acto seguido, Harmon, levantando la voz, pidió a quienes habían llegado a sus coches que se detuvieran. Russell, el psiquiatra, golpeó con la palma de la mano varias veces en el capó de la furgoneta de Jacobs para indicarle que apagara el motor. Dio la impresión de que Jacobs casi sentía alivio al hacerlo.

– Parece que hay un intruso en el jardín -anunció Harmon-. Quizá convenga que entréis todos en casa un momento, sólo para mayor seguridad.

Todos obedecieron, aunque no sin algún que otro gruñido de protesta por parte de Jacobs, quien obviamente tenía un poema en la punta de la lengua y estaba impaciente por plasmarlo en el papel antes de que se perdiera para la posteridad; eso, o intentaba disimular, sin más, el bochorno por su torpeza para realizar un simple giro. Volvimos todos a la biblioteca. Jacobs y Summer se aproximaron a una de las ventanas y miraron la extensión de césped perfectamente cortado en la parte de atrás de la casa.

– No veo a nadie -dijo Jacobs. -Tal vez no debamos acercarnos a las ventanas -observó Summer.

– Es un intruso, no un francotirador -aclaró Russell.

Summer no pareció muy convencida. Para tranquilizarla, Jacobs le rodeó los hombros con un brazo, y allí lo dejó. Ella no protestó. ¿Qué tenían los poetas?, me pregunté. Por lo visto, ciertas mujeres brincaban ante la sola insinuación de una rima interna.

El chófer, el ama de llaves y la sirvienta de Harmon vivían en un anexo de la casa principal. Los camareros, apiñados como palomas asustadas, habían sido contratados para la cena, y la cocinera vivía en Portland y acudía a la casa a diario. El chófer, llamado Todd, se reunió con nosotros en el vestíbulo. Vestía ropa informal -vaquero, camisa y cazadora de cuero- e iba armado. Era una Smith & Wesson de 9 milímetros con acabado brillante, pero por cómo la empuñaba cabía pensar que sabía utilizarla.

– ¿Le importa que los acompañe? -pregunté.

– No me importa en absoluto -contestó-. No creo que sea nada, pero más vale asegurarse.

Pasamos por la cocina, donde la cocinera y la sirvienta, de pie junto al fregadero, escrutaban el jardín por la pequeña ventana de encima.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Harmon.

– María ha visto a alguien -dijo la cocinera. Era una mujer de cierta edad, atractiva, de cuerpo esbelto y atlético, con el pelo oscuro recogido por detrás bajo un gorro blanco. La sirvienta, también delgada y guapa, era mexicana. Saltaba a la vista que Joel Harmon se dejaba influir por la estética en su selección de personal.

María señaló hacia el jardín.

– Allí, junto a los árboles, en la tapia del lado este -explicó-. Un hombre, creo.

Parecía más asustada aún que Summer. Le temblaban las manos.

– ¿Tú has visto a alguien? -preguntó Harmon a la cocinera.

– No. Yo estaba trabajando. María me ha pedido que me acercara a la ventana. Ese hombre podría haberse marchado antes de llegar yo.

– Si hubiese entrado alguien ahí, se habrían activado los sensores de movimiento -observó Harmon. Se volvió otra vez hacia María-. ¿Se han encendido las luces?

Ella negó con la cabeza.

– Ahí fuera está muy oscuro -intervino Todd-. ¿Seguro que no te has confundido?

– Seguro -contestó-. Lo he visto.

Todd dirigió a Harmon una mirada de resignación más que de inquietud.

– Aquí dentro no vamos a averiguar nada -sugerí.

– Enciende todas las luces -ordenó Harmon a Todd. Éste se acercó a una caja de interruptores en la pared de la cocina y accionó toda una hilera. El jardín se iluminó al instante. Todd salió el primero. Yo lo seguí tras coger una linterna de un estante en la pared. Harmon se quedó dentro. Al fin y al cabo, no iba armado. Lamentablemente, yo tampoco. Me había parecido una grosería acudir a una cena en casa de un desconocido con una pistola.

Las luces disiparon casi todas las sombras del jardín, pero aún quedaban manchas oscuras bajo los árboles cerca de las paredes. Las sondeé con la linterna, pero allí no había nada. El suelo, pese a estar blando, no presentaba el menor indicio de huellas. La tapia exterior, cubierta de hiedra, era más o menos de dos metros de altura. Si alguien hubiera saltado la tapia, habría dañado la hiedra, y sin embargo ésta permanecía intacta. Llevamos a cabo una rápida inspección del resto del jardín, pero era obvio que Todd pensaba que María se había equivocado.

– Es de las que se ponen nerviosas a la que salta -comentó mientras regresábamos a donde nos esperaba Harmon-. Se pasa el día que si «Jesús» y «Madre de Dios». Está de muy buen ver, eso lo reconozco, pero sería más fácil tirarse a un autobús lleno de monjas.

Harmon levantó las manos en un gesto interrogativo.

– Nada -respondió Todd-. Ni la menor señal.

– Tanto jaleo para nada -dijo Harmon. Volvió a la cocina, lanzó una mirada de desaprobación a María y después fue a dejar en libertad a sus invitados. Todd lo siguió. Yo me quedé. María metía los platos en un enorme lavavajillas. Le temblaba un poco el mentón.

– ¿Puedes decirme qué has visto? -pregunté.

Ella se encogió de hombros.

– A lo mejor el señor Harmon tiene razón. A lo mejor no he visto nada -contestó. Aunque por la expresión de su cara supe que no se creía sus propias palabras.

– Prueba conmigo -insistí.

Interrumpió lo que estaba haciendo. Una lágrima quedó prendida en sus pestañas, y se la enjugó.

– Era un hombre. Iba vestido. De color marrón, creo. Muy sucio. ¿Y la cara? Blanca. Pálida, ¿cómo se dice?

– Pálida. -Pues eso, pálida. También…

La noté otra vez asustada. Se llevó las manos a la cara y la boca.

– Aquí y aquí, nada. Vacío. Hueco.

– ¿Hueco? No entiendo.