María miró por encima de mi hombro. Al volverme, vi que la cocinera nos observaba.
– Della, ayúdame a explicarle lo que quiere decir hueco -pidió María en español.
– ¿Habla español? -pregunté.
– Un poco -respondió ella.
– ¿Y sabe qué quiere decir hueco?
– Pues no estoy muy segura. Puedo intentar averiguarlo.
Della cruzó unas palabras con María, que se ayudó con gestos y señas. Al final cogió un huevo de avestruz decorado que se usaba para dejar bolígrafos y tamborileó suavemente en el cascarón con los dedos.
– Hueco -repitió María, y a la cocinera se le iluminó la cara por un instante antes de asomar a su semblante una expresión de inquietud, como si no hubiera entendido bien de qué estaba hablando.
– Significa «hueco» -aclaró en inglés-. María dice que era un hombre hueco.
June me esperaba en el pasillo. Harmon estaba ahí cerca, al parecer impaciente por librarse de todos nosotros. Todd hablaba por teléfono. Le oí dar las gracias a alguien antes de colgar. Era evidente que deseaba decirle algo a Harmon, pero no sabía si debía esperar a que nos fuéramos. Decidí incitarlo.
– ¿Pasa algo?
Pidió permiso a Harmon con la mirada para hablar en presencia de los demás.
– ¿Y bien? -preguntó su jefe-. ¿Qué han dicho?
– He llamado al Departamento de Policía de Falmouth -respondió Todd, dirigiendo su explicación tanto a Harmon como a mí-. He pensado que valía la pena comprobar si habían visto algo fuera de lo común. Por lo general vigilan atentamente las casas de esta zona -continuó. Al oírlo, deduje que quiso decir que vigilaban atentamente la casa de Joel Harmon. Éste habría podido comprar y vender diez veces a la mayoría de sus vecinos-. Alguien ha informado de la presencia de un coche en los alrededores. Incluso puede que haya estado aparcado durante un rato junto a la tapia este de la finca. El caso es que al final el conductor ha sospechado que ocurría algo, porque cuando ha llegado la policía el coche ya había desaparecido. No obstante, podría estar relacionado con lo que ha visto María.
– ¿Tienen la marca del coche, la matrícula? -le pregunté.
Todd negó con la cabeza.
– Sólo saben que es un coche rojo de tamaño medio -respondió.
Harmon debió de ver algo en mi rostro.
– ¿Le suena de algo? -inquirió.
– Es posible -contesté-. Frank Merrick, el hombre que ha estado molestando a Rebecca Clay, lleva un coche rojo. Si yo encontré la conexión entre usted y Clay, también ha podido descubrirla él.
– Conexión no, amistad -corrigió Harmon-. Daniel Clay era mi amigo. Y si ese tal Merrick quiere hablar conmigo de él, puede decirle lo que acabo de contarle a usted.
Me acerqué a la puerta y miré el camino de gravilla, iluminado por las luces de la casa y los focos que lo bordeaban. Era Merrick, por fuerza. Pero el aspecto de Merrick no coincidía con la descripción ofrecida por María del hombre que había alcanzado a ver en el jardín. Merrick había estado allí, pero no solo.
Hueco.
– Yo me andaría con cuidado durante unos días, señor Harmon -aconsejé-. Si sale, que Todd lo acompañe. También pediría una revisión del sistema de seguridad.
– ¿Y todo por ese hombre? -preguntó Harmon con cierta incredulidad.
– Es peligroso, y puede que no esté solo. Como usted mismo ha dicho, mejor andar sobre seguro.
Dicho esto, June y yo nos marchamos. Conducía yo, y la verja electrónica se abrió en silencio ante nosotros cuando dejamos atrás la casa de Harmon.
– En fin, una vida interesante la tuya -comentó June.
La miré.
– ¿Crees que ha sido obra mía?
– Le has dicho a Joel que tal vez el hombre del coche haya hecho la misma conexión que tú…, o, mejor dicho, que yo hice por ti…, pero existe otra posibilidad.
Se advertía apenas un ligero asomo de reproche en su voz. No necesitaba que me dijera por qué. Lo había deducido yo solo, aunque me sentí reacio a expresarlo en voz alta delante de Harmon y, en lugar de eso, lo había retenido como bilis en la garganta. Del mismo modo que yo le había seguido el rastro a Merrick, quizá Merrick me lo seguía a mí, y lo había llevado derecho a Joel Harmon.
Pero también me preocupaba la aparición del hombre en el jardín de Harmon. Al parecer las indagaciones de Merrick sobre Daniel Clay habían atraído a algo más, habían atraído a un hombre -no, a varios hombres, me corregí al recordar aquella sensación que tuve de que una brisa fétida se disgregaba ante mí, y también las letras garabateadas en el polvo por una mano infantil- que le seguía los pasos. ¿Lo sabía él, o guardaba su presencia alguna relación con el cliente de Eldritch? Sin embargo, costaba imaginarse que hombres poco menos que invisibles subían por la escalera destartalada hasta un antiguo bufete de abogado, o se las veían con la bruja que custodiaba la puerta de acceso a los niveles superiores del despacho de Eldritch. Lo que al principio parecía un simple caso de acecho se había convertido en algo infinitamente más raro y complejo, y me alegraba de poder contar, ya pronto, con la compañía de Ángel y Louis. El plazo concedido por Merrick estaba a punto de expirar, y si bien yo había puesto en marcha un plan para hacerle frente, sabía de sobra que, en cierto sentido, él era la menor de mis preocupaciones. Con Merrick podía enfrentarme. Era peligroso pero previsible. Con los Hombres Huecos no.
13
A primera hora de la mañana siguiente, yo estaba de pie en el aparcamiento del mercado público de Portland. La temperatura había caído en picado por la noche y, según los meteorólogos, probablemente se mantendría así durante todo el tiempo que eran capaces de prever, que en Maine significaba que acaso empezara a mejorar alrededor de abril. Era un frío húmedo, de ese que parecía empapar la ropa, y las ventanas de las cafeterías, los restaurantes e incluso los coches en movimiento estaban empañadas porque el calor evaporaba la humedad y creaba un ambiente desagradablemente claustrofóbico en cualquier parte excepto en los lugares menos concurridos.
Mientras que la mayoría de la gente disponía de la opción de refugiarse bajo techo, los había que no tenían tanta suerte. Ya se había formado una cola frente al Centro de Acogida de Preble Street, donde los más pobres de la ciudad se congregaban a diario para que los voluntarios les sirvieran el desayuno. Algunos albergaban la esperanza de ducharse o hacer la colada mientras estaban allí, o de recoger ropa limpia y usar un teléfono. Los trabajadores pobres que no podían volver al mediodía recibían una bolsa con el almuerzo para no pasar hambre más tarde. Así, el centro y sus entidades asociadas -los comedores de beneficencia de Wayside y Saint Luke- servían más de trescientas mil comidas al año a aquellos que de otro modo se habrían muerto de hambre o se habrían visto obligado a desviar dinero del alquiler o de medicamentos esenciales sólo para mantener unidos el cuerpo y el alma.
Los observé desde donde me hallaba: la cola se componía sobre todo de hombres, unos cuantos obviamente veteranos de la calle, con sus capas de ropa mugrienta y el pelo greñudo, mientras que otros todavía estaban a un par de pasos de la indigencia. Algunas de las mujeres dispersas entre ellos eran corpulentas, de semblante encallecido, con las facciones distorsionadas por el alcohol y la vida difícil, hinchados sus cuerpos por los alimentos grasos y baratos y por la bebida, más barata aún. Resultaba fácil distinguir a los recién llegados, a aquellos que no se habían acostumbrado aún a sobrevivir, ellos y sus familias, a base de limosnas. No hablaban ni se mezclaban con los demás, y mantenían la cabeza gacha o permanecían de cara a la pared, temerosos de cruzar la mirada con quienes los rodeaban, como reclusos nuevos en la galería de una cárcel. Quizá también temieran alzar la vista y encontrarse con un amigo o con un vecino, tal vez incluso con un jefe que acaso decidiera que no era bueno para el negocio dar trabajo a alguien que tenía que mendigar el desayuno. Casi todos los que guardaban cola sobrepasaban los treinta años. Eso daba una idea falsa de las características de la población pobre en una ciudad donde uno de cada cinco menores de dieciocho años vivía por debajo del umbral de la pobreza.