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Merrick dejó escapar un resoplido nasal, como si le hiciera gracia.

– Pues mala suerte. Dile a esa señoritinga que me ha decepcionado. Mejor aún, ya se lo diré yo mismo.

– Un momento. No he dicho que no haya averiguado nada. -Necesitaba decantar la balanza hacia mí, atraerlo de algún modo-. Tengo una copia del expediente policial de Daniel Clay -mentí.

– ¿Y?

– Menciona a tu hija.

Esta vez Merrick calló.

– Hay ciertos datos que no entiendo, y creo que la policía tampoco.

– ¿Qué? -preguntó con voz ronca, como si de pronto se hubiera atragantado.

Debería haberme sentido mal por mentir. Estaba jugando con los sentimientos de Merrick por su hija perdida. Habría consecuencias cuando averiguase la verdad.

– Espera -dije-. Por teléfono no.

– ¿Y qué propones? -preguntó.

– Que nos veamos. Te enseño el expediente. Te cuento lo que he averiguado. Después tú vas y haces lo que tengas que hacer, siempre y cuando no afecte a Rebecca Clay.

– No me fío de ti. He visto a esos cavernícolas que mandaste para proteger a la mujer. ¿Qué te impide echármelos encima? No tendré el menor problema en matarlos si llega el caso, pero entorpecería mi investigación, por así decirlo.

– Tampoco yo quiero la sangre de esos hombres en mis manos. Nos reuniremos en un lugar público, tú leerás el expediente y nos marcharemos cada uno por su lado. Aunque te lo advierto: esta vez lo dejo correr por tu hija. Si vuelves a acercarte a Rebecca Clay, las cosas se complicarán. Te aseguro que no te gustará lo que pasará entonces.

Merrick dejó escapar un suspiro teatral.

– Ahora que ya hemos jugado a ver quién mea más lejos, quizá quieras decirme dónde quedamos.

Le propuse la bolera Big 20 en la Carretera 1. Incluso le indiqué cómo llegar. Acto seguido empecé a hacer llamadas.

Diario se puso en contacto conmigo a las tres de la tarde.

– Te he encontrado a alguien. Tiene un precio.

– ¿Cuánto?

– Una entrada para el partido de hockey de esta noche y cincuenta pavos. Ya os encontraréis allí.

– Hecho.

– Déjale la entrada en la taquilla dentro de un sobre a mi nombre. Ya me ocuparé yo del resto.

– ¿Cuánto te debo?

– ¿Cien dólares te parece razonable?

– Me parece bien.

– Además tengo que devolverte el cambio. Te lo daré cuando me pagues.

– ¿Tiene nombre el tipo?

– Lo tiene, pero tú puedes llamarlo Bill.

– ¿Es de los nerviosos?

– No lo era hasta que le mencioné a Frank Merrick. Hasta luego.

El candlepin, deporte tradicional de Nueva Inglaterra, es una variante del juego de los bolos. Las bolas son más pequeñas y menos pesadas, y los bolos, más delgados: ocho centímetros en el centro y cuatro en la parte de arriba y en la base. Hacer un pleno es cuestión de suerte más que de habilidad, y se dice que nadie en la historia del candlepin ha conseguido un pleno de diez bolos perfecto. La mejor puntuación registrada en Maine es de 231 frente a los 300 puntos posibles. Yo nunca me he anotado más de cien.

La bolera Big 20 de Scarborough existe desde 1950, cuando la fundó Mike Anton, albanés de nacimiento; en ese momento era la mayor y más moderna, y no parece haber cambiado mucho desde entonces. Me senté en una silla rosa de plástico, bebí un refresco y esperé. Eran las cuatro y media de un viernes por la tarde y no quedaba una sola pista libre. Había jugadores de todas las edades, desde adolescentes hasta ancianos. Se oían risas y el sonido característico de las bolas al deslizarse por la madera. El aire olía a cerveza y fritos. Observé a dos viejos que se acercaban a los doscientos puntos cada uno; apenas cruzaron diez palabras, y uno de ellos, al frustrarse el intento de superar las dos centenas, expresó su decepción con un lacónico «Ay». Allí sentado en silencio, yo era el único varón solo entre grupos de hombres y mujeres, y sabía bien que estaba a punto de traspasar una línea con Merrick.

Mi móvil sonó poco antes de las cinco y una voz informó:

– Ya lo tenemos.

Fuera había dos coches patrulla de la policía de Scarborough, y otros tres sin distintivos, uno del Departamento de Policía de Portland, otro del Departamento de Policía de South Portland y un tercero de la policía municipal de Scarborough. Un corrillo de gente se había congregado para presenciar el espectáculo. Merrick estaba tendido boca abajo en el aparcamiento, con las manos esposadas detrás de la espalda. Alzó la vista para mirarme cuando me acerqué. No parecía colérico, sino sólo defraudado. Cerca vi a O'Rourke, apoyado en un coche. Lo saludé con un gesto e hice una llamada. Contestó Rebecca Clay. Estaba en el juzgado, y el juez se disponía a dictar la orden de protección temporal contra Merrick. Le dije que lo teníamos y que yo estaría en la jefatura de policía de Scarborough por si necesitaba ponerse en contacto conmigo cuando acabara en el juzgado.

– ¿Algún problema? -pregunté a O'Rourke.

Negó con la cabeza.

– Ha caído de plano. Ni siquiera ha abierto la boca para preguntar qué pasaba.

Mientras observábamos, pusieron a Merrick en pie y lo metieron en el asiento de atrás de uno de los coches sin distintivos. Cuando el automóvil arrancó, mantuvo la mirada al frente.

– Se le ve mayor -comentó O'Rourke-. Pero tiene algo. No me gustaría disgustarlo. Y lamento tener que decírtelo, pero me temo que eso es lo que acabas de hacer tú.

– No tenía muchas opciones, diría yo.

– Bueno, al menos podemos retenerlo un tiempo y ver qué le sonsacamos.

El tiempo que podían retener a Merrick dependía de los cargos presentados contra él, si es que se presentaba alguno. El acecho, definido como la conducta capaz de causar en otra persona intimidación, enojo o alarma, o temor a daños físicos, ya fuera en su propia persona o en la de un miembro de su familia inmediata, se consideraba un delito de clase D. Análogamente, aterrorizar pertenecía a la clase D, y el acoso a la clase E. Siempre existía la posibilidad de añadir a la lista entrar sin autorización en propiedad ajena y causar daños materiales contra la misma, pero en resumidas cuentas sólo podían retener a Merrick hasta el martes siguiente, y eso si no se ponía en manos de un abogado, ya que las infracciones de las clases D y E permitían privar de libertad a un sospechoso sólo durante cuarenta y ocho horas sin cargos, excluyendo fines de semana y días festivos.

– ¿Crees que tu clienta querrá llegar hasta el final? -preguntó O'Rourke.

– ¿Es lo que quieres que haga?

– Es un hombre peligroso. Parece un poco desconsiderado encerrarlo sesenta días, que es lo que le caerá si el juez se traga todos los argumentos a favor de apartarlo de la circulación. Incluso podría ser contraproducente, aunque si alguien pregunta, yo nunca he dicho eso.

– Nunca se me habría ocurrido que fueras aficionado a los juegos de azar, ¿sabes?

– No es azar. Es un riesgo calculado.

– ¿Basado en qué?

– Basado en la reticencia de Frank a ser encarcelado y en tu capacidad de proteger a tu clienta.

– ¿Cuál es el trato, pues?

– Le advertimos de las posibles consecuencias, nos aseguramos de que la orden está lista y lo dejamos en libertad. Ésta es una ciudad pequeña. No va a desaparecer. Tendremos a alguien siguiéndole los pasos durante un tiempo, y veremos qué ocurre.

No parecía el plan perfecto. En todo caso, acababan de concederme noventa y seis horas más, a lo sumo, sin tener que preocuparme por Merrick. Era mejor que nada.

– Oigamos primero qué tiene que contar -dije-. ¿Has conseguido permiso para que yo esté presente?

– No ha sido muy difícil. Por lo que se ve, aún tienes amigos en Scarborough. Si detectas algo en lo que dice, avisa. ¿Crees que llamará a un abogado?