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Lo pensé. Si decidía ponerse en manos de un abogado, sería Eldritch, en el supuesto de que el viejo tuviese licencia para ejercer en Maine, o conociese a alguien en el estado dispuesto a trabajar quid pro quo cuando fuera necesario. Pero sospechaba que el apoyo de Eldritch siempre había sido condicional, y quizá las recientes acciones de Merrick hubiesen inducido al abogado a reconsiderar su postura.

– De todos modos, no creo que diga gran cosa.

O'Rourke se encogió de hombros.

– Podríamos atizarle con un listín telefónico.

– Podríais, pero yo tendría que denunciarte a Asuntos Internos.

– Sí, ése es uno de los problemas. Tendría que traspapelar la documentación sobre mí mismo. Aun así, es territorio de Scarborough y un problema de South Portland. Podemos mantenernos a distancia y ver cómo lo llevan.

Se subió a su coche. Los coches patrulla de Scarborough ya se estaba poniendo en marcha, seguidos por la policía de Portland.

– ¿Vienes? -preguntó. -Iré detrás de ti.

Se fue, la muchedumbre se dispersó, y de pronto en el aparcamiento sólo quedaba yo. Los coches circulaban por la Carretera 1 y el letrero de neón de la bolera Big 20 iluminaba el aparcamiento, pero a mis espaldas se extendía la oscuridad de las marismas. Me volví para escrutarla y no pude quitarme de encima la sensación de que, desde sus confines más profundos, algo me observaba. Me dirigí a mi coche, arranqué e intenté dejar atrás esa sensación.

Merrick estaba sentado en una sala cuadrada y pequeña. Alrededor de una mesa blanca atornillada al suelo había tres sillas azules, y Merrick ocupaba la que miraba hacia la puerta; tenía enfrente las dos sillas vacías. En una pizarra blanca adosada a una pared se veían unos trazos infantiles. Junto a la puerta colgaba un teléfono y en un rincón, a cierta altura, una cámara de vídeo. La sala estaba equipada asimismo para la grabación de sonido.

Merrick tenía una mano esposada, con una manilla en la muñeca y la otra prendida de una argolla sujeta a la mesa. Le habían dado un refresco de la máquina junto al despacho del responsable de la clasificación de pruebas, pero permanecía intacto a su lado. Aunque la sala carecía de espejo unidireccional, podíamos verlo por el monitor de un ordenador en un despacho dividido con mamparas cerca de la sala de interrogatorios. No estábamos solos. Aunque en el compartimento cabían como mucho cuatro personas, se apiñaban al menos doce en torno al monitor, intentando echar una ojeada al nuevo huésped.

El sargento Wallace MacArthur, de la brigada de investigación, era uno de ellos. Yo lo conocía desde hacía mucho tiempo. Por mediación de Rachel le había presentado a su futura mujer, Mary. En cierto modo, también había sido responsable de su muerte, pero Wallace nunca me lo echó en cara, lo cual fue bastante considerado por su parte dadas las circunstancias.

– No solemos tener leyendas vivas por aquí -observó-. Incluso han venido los federales.

Señaló con el pulgar en dirección a la puerta, donde Pender, el nuevo agente especial al frente de la pequeña delegación del FBI en Portland, hablaba con un hombre a quien no reconocí, aunque supuse que era otro agente. Me habían presentado a Pender en una función benéfica de la policía en Portland. Para lo que corría entre los federales no estaba mal. Pender me saludó con la cabeza. Le devolví el saludo. Al menos no había pedido que me echaran, cosa que le agradecía.

MacArthur movió la cabeza en un gesto que podía interpretarse como admiración.

– Merrick es de la vieja escuela -dijo-. Ya no los hacen como él.

O'Rourke esbozó una sonrisa vacía.

– Ya. ¡Qué bajo hemos caído cuando miramos a alguien cómo él y pensamos: «Venga, tampoco es tan malo»! Sólo los liquidaba, limpiamente y sin dolor. Sin tortura. Sin sadismo. Nunca a niños. Sólo hombres que, en opinión de alguien, se lo tenían merecido.

Merrick mantenía la cabeza gacha. Aunque debía de saber que lo observábamos, no miró a la cámara.

Entraron en la sala dos inspectores de Scarborough, un hombre fornido llamado Conlough y una mujer llamada Frederickson, responsables ambos de la detención formal en la Big 20. Tan pronto como empezaron a interrogarlo, Merrick, contra todo pronóstico, alzó la mirada y les contestó con un tono cordial y correcto. Casi parecía que sentía necesidad de justificarse y defenderse. Quizá no le faltaba razón. Había perdido a su hija. Tenía derecho a preguntar dónde estaba.

CONLOUGH: ¿Cuál es el motivo de su interés por Rebecca Clay?

MERRICK: Ninguno, salvo que es hija de su padre.

CONLOUGH: ¿Cuál es su relación con el padre de ella?

MERRICK: Trató a mi niña. Ahora ella ha desaparecido. Quiero averiguar dónde está.

CONLOUGH: ¿Cree que lo conseguirá amenazando a una mujer? Es usted todo un hombre, eh, acechando a una mujer indefensa.

MERRICK: Yo no he amenazado a nadie. No he acechado a nadie. Sólo quería hacerle unas preguntas.

CONLOUGH: ¿Y decide hacerlo entrando por la fuerza en la casa, rompiendo una ventana?

MERRICK: Yo no pretendía entrar por la fuerza en su casa, y lo de la ventana fue un accidente. Pagaré los daños.

CONLOUGH: ¿Quién lo ha metido en esto?

MERRICK: Nadie. No necesito que nadie me diga que lo sucedido está mal.

CONLOUGH: ¿Qué está mal?

MERRICK: Que mi hija desapareciera y a nadie le importara un carajo encontrarla,

FREDERICKSON: Tal vez su hija se escapó de casa. Por lo que sabemos, tenía problemas.

MERRICK: Yo le dije que cuidaría de ella. No tenía ninguna razón para escaparse.

CONLOUGH: Usted estaba en la cárcel. ¿Cómo iba a cuidar de ella desde una celda?

MERRICK: (Silencio.)

FREDERICKSON: ¿Quién le dio el coche?

MERRICK: Un abogado.

FREDERICKSON: ¿Qué abogado?

MERRICK: El abogado Eldritch. De Massachusetts.

FREDERICKSON: ¿Por qué?

MERRICK: Es un buen hombre. Considera que tengo derecho a hacer preguntas. Me sacó de un aprieto en Virginia, y luego, cuando volví aquí, me ayudó.

CONLOUGH: O sea, que le dio un coche por pura bondad. ¿Qué es? ¿El abogado de san Vicente de Paula?

MERRICK: Quizá deba preguntárselo a él.

CONLOUGH: No se preocupe, lo haremos.

– Hablaremos con el abogado -dijo O'Rourke.

– No le sacaréis gran cosa -contesté.

– ¿Lo conoces?

– Huy, sí. También es de la vieja escuela.

– ¿Muy vieja?

– Tan vieja que la hicieron de adobe y cañas.

– ¿Qué te contó?

– Poco más o menos lo que acaba de decir Merrick.

– ¿Le crees?

– ¿Que es un buen hombre que va repartiendo coches para las buenas causas? No. Aun así, dijo que Merrick había sido cliente suyo, y no hay ninguna ley que prohíba prestar un coche a un cliente.

No le conté a O'Rourke que Eldritch tenía otro cliente, uno que al parecer pagaba la minuta de Merrick. Supuse que ya lo averiguaría por su cuenta.

Llegó una llamada del responsable de pruebas. El coche de Merrick estaba limpio. No contenía armas, ni documentos comprometedores, nada. Frederickson abandonó la sala de interrogatorios para consultar con O'Rourke y el hombre del FBI, Pender. El hombre que había estado hablando con Pender escuchó pero no dijo nada. Dirigió la mirada hacia mí, me observó por un momento y luego se volvió otra vez hacia Frederickson. No me gustó la clase de intercambio que se produjo entre nosotros con esa mirada. O'Rourke me preguntó si había algo que, a mi juicio, debíamos plantear a Merrick. Sugerí que le preguntasen si trabajaba solo o si contaba con la ayuda de otros hombres. O'Rourke pareció desconcertado, pero accedió a proponerle la pregunta a Frederickson.

FREDERICKSON: La señora Clay ha obtenido una orden judicial contra usted. ¿Comprende lo que eso significa?

MERRICK: Lo comprendo. Significa que ya no puedo acercarme a ella, o volverán a meterme en la cárcel.